The Day The Music Died

«There was a time I was happy in my life / There was a time I believed I’d live forever / There was a time that I prayed to Jesus Christ / There was a time I had a sister it was nice ¹» and one day her light was gone. El 23 de febrero de 2017 falleció mi hermana. En circunstancias que siguen sin ser aclaradas y con movidas de las que no voy a hablar. Pero sí quiero tratar el tema de lo que significa que tú hermana menor sea asesinada así sin más.

En un mundo donde Facebook nos tiene que recordar los cumpleaños de la gente, Instagram nos valora en cantidad de likes o twitter evalúa si somos lo bastante modernos o no, no puedo evitar preguntarme ¿como se sobrevive a la muerte de un ser querido a manos de otra persona? Y más cuando las redes nos lo están recordando constantemente ¿Tenemos realmente que superarla?

Creces pensando que eres inmortal. Pero un día descubres que no es así. Que tu perrito se fue al cielo de los perros. O que a tu gato lo ha atropellado un conductor de esos que va con prisas a todas partes y no mira si lo que cruza es un animal o un niño. Un día tu tía se muere de cáncer y te quedas tonto porque no sabes cómo gestionar su defunción. Se te quedan cosas por decirle. Tus actores preferidos tienen un infarto y fallecen o tus artistas favoritos se ahogan en la bañera o sufren una sobredosis o combinaciones varias con funesto final. Y sus canciones siguen sonando. Pero no habrá nuevas. Ni más películas. Ni nuevos libros de la saga que tanto te gusta.

Hay casos que se esperan. Te preparas a ellos. A mi perra Phoebe la había «matado» muchas veces antes de que llegase el momento de tomar la decisión de que pudiese descansar en paz. Cuando se ponía enferma, con 11, 12 años, ya me hacía a la idea de que igual era la última vez, y luego se ponía bien. Sobre todo porque se ponía muy mal. Con 15 años para 16, y te dicen que está ya muy malita y que su vida nunca más será igual, pues es menos doloroso dejarla irse. Tuvo muy larga y provechosa vida. Y seguir manteniéndola con vida iba a ser egoísta por mi parte. Ella se merecía irse ahora que estaba aún un poco bien. Y así se fue. En mis brazos. Estuve hasta el final con ella.

Cuando mis padres llamaron a decirme que mi abuela había fallecido, después de casi dos semanas yéndose cada noche y por la mañana ahí seguía, supuso un alivio, y es algo que te esperas. Llevaba muchos años enferma y cada vez estaba peor de todo. Era cada vez más difícil ir a verla, ya de por sí no era un gustazo pero con la enfermedad se ponía insoportable. Esto suele pasar con gente que está enferma muchos años y a la que vez que su estado va desmejorando día tras día. Al final es un descanso.

Pero también piensas, cuando ya has perdido a algunos seres queridos, que es ley de vida y que se irán primero los mayores. Los padres por ejemplo. Mi hermana y yo siempre habíamos hablado de eso. Teníamos claro que un día, ellos ya no estarían, pero nosotros sí. Así que teníamos que cuidarnos entre los dos. Y duele la idea, pero es inevitable. En mi caso al ser el mayor, y llevar una vida que puede o podría acarrear más riesgos, yo pensaba que siempre la tendría conmigo. Ella nos sobreviviría a todos. Y eso es un alivio. Porque los que se van no sienten nada, los que se quedan son los que sufren.

Y sin embargo, no fue así. Ella no se fue,se la llevaron. Y cuando me lo dijeron se paró algo, algo dentro de mi murió con ella. Y nunca más volverá. Me quedé sin voz, literalmente. Porque de todas las cosas que puedes imaginar, esa es una que no. Ella era la única seguridad que yo tenía, lo único que sabía que siempre iba a estar conmigo, el absoluto, era un ancla con la realidad que siempre tendría. Y de repente esa mitad mía desapareció. De repente tu mundo grita, se hace ensordecedor, y se calla sin más. Te has quedado ciego, sordo.

Ese día, se acabó la música, de repente, así sin más. No recuerdo cuanto tiempo estuve sin poder escuchar la radio, sobretodo las emisoras musicales, ni ponerme música en el móvil. Todo fue silencio. Todas las canciones me dolían. Tuve que callarlas. No sé por cuanto tiempo. Pero al final la música regresó. Aunque nunca volvió a ser igual. Suena de nuevo pero tiene un tono distinto. A veces descafeinada y a veces tan intensa que duele.

«And the three men I admire the most, the Father, Son and the Holy Ghost, they caught the last train for the coast, the day the music died ²«. Ese día dejé de creer en ellos. En que algo más grande estaba ahí arriba escuchando y ayudando cuando lo pides. Que si rezas y eres buena persona te van a proteger de los malos del mundo. Que los talismanes y amuletos funcionan y te evitan accidentes. Los crucifijos y los rosarios se convirtieron en bisuteria barata. Ya no había nadie. Nadie escuchaba, se habían ido. Nos habían abandonado. Y si en algún momento llegaron a existir, no les importamos.

Sin embargo desde su muerte, se ha hecho el silencio. Todo aquello en lo que creía se ha callado. Ya no sólo Dios y la religión, sino todo lo que rodea el misticismo, el esoterismo y la magia, todo eso ha desaparecido. Todo en lo que creía se desvaneció sin más. Y no creo que nadie me pueda culpar de ello. Y menos cuando en varias ocasiones a mis padres les han conseguido engañar falsos videntes, con promesas vacías de alivio. Eran unos embusteros. Sinceramente tampoco me importa no creer en nada. Me siento libre. Ese vacío que sigue siempre ahí es liberador.

Una de las cosas que sientes y que por mucho que pasa el tiempo no cambia, es el vacío, se queda como un hueco en ti que nada termina de llenar. Y al igual que un miembro amputado, al principio duele, duele muchísimo, luego el dolor se vuelve costumbre, y al final es algo que siempre está ahí y te recuerda lo que había que ya no hay. Es como un miembro fantasma. Ese vacío no desaparece, simplemente hace eco con los acontecimientos de tu vida y te recuerda constantemente lo que tenías y ya no hay. Todas las cosas que no has dicho. Todos aquellos «adiós», «hasta pronto», «te quiero», «gracias». Hacen eco en ese vacío que nunca se llenará. La nada se instala en ti.

Nunca fui a su funeral. No pude ir. Algunos amigos en su día me dijeron que craso error, que tenía que despedirme y darme cuenta de que estaba muerta. Como si no lo supiese ya. Pero ella y yo nunca nos despedíamos. Era nuestra tradición. Cuando me fui de Francia y la vi por última vez, nos abrazamos y le dije «hasta dentro de 3 semanas». Y eso fue lo último que le dije. Nunca pude volver a verla. Nunca nos dijimos adiós. Y nunca lo haremos. Es un hecho que se ha quedado fijado en el tiempo para siempre, como un insecto en ámbar. Hermoso pero dramático a la vez.

Sin embargo te acostumbras a vivir con ese dolor. Y un día hablar de ella no es insoportable. Al revés. Te hace sonreír. Agridulce ya que la echas de menos y sabes que nunca volverá. El mundo sigue dando vueltas alrededor del sol. No sé detiene. No puedes parar y a veces sí lo haces te pierdes cosas buenas. Como me pasó con Trevor. (The New Romantics). Esa es la razón que me ha hecho seguir adelante. Sin pararme demasiado tiempo a mirar atrás o a sentir ese agujero negro dentro de mí. Ella hubiese querido que yo sea feliz. Y tengo esa posibilidad. Aunque nunca podré decírselo.

Otra de las cosas que han cambiado es que no he vuelto a ver los dos primeros episodios de la cuarta temporada de Embrujadas. En los que tienen que lidiar con la muerte de la hermana mayor, asesinada al final de la tercera temporada. Ellas consiguen vengar su muerte. Y pueden pasar página. Y a mi modo de ver lo hacen bastante rápido. Nosotros no.

Siempre me preguntan por mis padres. Entiendo que ellos se llevan la peor parte, pero también me resulta doloroso que no se me reconozca que yo también he perdido a alguien. Mi dolor no existe o no merece la pena que se tenga en cuenta. Sólo cuentan ellos. Nadie me pregunta cómo estoy. Nadie se preocupa.

No hablan nunca de las fases de la pérdida de un ser querido ni siquiera se ponen de acuerdo en cuantas son. La negación, esa fue bastante corta. No la recuerdo bien. Solo recuerdo que no podía aceptarlo. Pero enseguida fui a ira, estaba enfadado con ella, con él, con ellos, conmigo mismo. Quería que el dolor fuese leve, no lo fue. Muchas veces sigue sin serlo. Es lo que llaman depresión o tristeza. De ahí se sale y se vuelve de forma periódica. O al menos en mi caso. La aceptación y el restablecimiento (si es que se le puede llamar así) llegaron más tarde. Y aquí es donde quiero llegar con esto. No es fácil. Y nunca volveré a ser igual.

Han pasado cinco años. Y aun sigo sintiendo que estoy roto, que me han quitado una parte de mí. Y seguramente será así para el resto de mi vida. Aunque he aprendido lo del Carpe Diem, y más aún después de la Covid, el tiempo no vuelve atrás, todo lo que no hagamos hoy, lo hemos perdido. Todos los adiós, te quiero, te amo, que no digamos hoy, tal ve nunca los podremos decir. La vida cambia en una fracción de segundo, así que hay que vivir cada minuto como si fuera el último.

And just like that the music died… And came back again.

¹ :Madonna- Mother and Father (American Life)

² :Don McLean – American Pie

Esta escena siempre me la recuerda.

12 comentarios sobre “The Day The Music Died

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