“Me he quedado sin fe, así es como me siento, estoy fría y avergonzada, tumbada desnuda en el suelo, la ilusión nunca se convirtió en algo real, estoy completamente despierta y puedo ver que el cielo perfecto está rasgado, llegas un poco tarde ya estoy destrozada.” Así suena el estribillo del éxito de Natalie Imbruglia de 1998 que da título a este artículo.
No es la única canción que trata el tema de la ruptura, no como forma de cortar en una relación, sino de cuando uno se siente completamente roto por dentro, como si fuésemos de vidrio y nos hubiesen destrozado en el interior.
Ya he hablado de corazones rotos, de pérdida de fe, de pérdida de las ganas de seguir luchando por algo que parece que no sale adelante. De saber cuándo hay que parar de pelear y dejarse vencer, pero cuando todo esto sucede a la vez, es mucho más difícil discernir qué es lo correcto que debemos hacer.
Si tomamos la metáfora del río, aquel tan caudaloso en el que vamos, que si luchamos para nadar contracorriente sabemos que nos ahogaremos, ¿Cuándo hemos de dejarnos llevar por la corriente y cuando debemos dejar de nadar y simplemente ahogarnos? ¿Habrá alguien que sepa ver que estamos hundiéndonos? ¿O simplemente somos presa de nuestros propios sentimientos destrozados y nadie sabrá ver que nos van mal las cosas? Si hay cosas que se pueden reparar, ¿Cuándo sabemos que algo esta tan roto que es mejor tirarlo a la basura y conseguir otro nuevo?
Dicen que el amor es la energía que mueve el mundo. Hasta ahí estoy de acuerdo. Pero nadie nos advierte que como cualquier fuerza motriz es tan potente que es capaz de superarnos y desbordarnos. En otras palabras, es como un tsunami. Puede llegar cuando menos lo esperamos, sin dar señales algunas precursoras, y sumergirlo todo con una fuerza incomparable en la naturaleza. Dicho así puede sonar muy fabuloso, pero no nos paramos a pensar en la destrucción que puede sembrar a su paso. Puede acabar con todo lo que encuentre en su camino y no por ello dejar de ser majestuoso. Podemos quedarnos a ver la destrucción tan inconmensurable que deja a su paso, como ha derribado diques, torres y puentes, como una fuerza de la naturaleza es capaz de arrasar con todo lo que tiene por delante sin dejar títere con cabeza.
No creo que haya mucha gente en su sano juicio a la que le gustaría encontrarse en semejante situación. Y sin embargo todos estamos buscando ese amor tan incondicional que romperá con todo. Más o menos como polillas hacia la llama, no nos damos cuenta de que vamos directos a nuestra perdición, y aun así cuando empezamos a arder seguimos nuestra trayectoria hacia nuestro fin como si no pudiésemos evitarlo.
De la misma forma que ante una ola gigante, la mayoría de nosotros no seríamos capaces de huir a ponernos a salvo, sino que nos quedaríamos en la orilla del mar a admirar lo que se nos viene encima. Y luego llega la destrucción y lloramos por los rincones, cuando hemos conseguido sobrevivir, preguntándonos por qué no nos hemos ido a poner a salvo antes. Pero es que somos los que hemos buscado esa situación.
Crecemos rodeados de cuentos de príncipes y princesas y de relatos románticos que nos lo pintan todo como cuentos de hadas con final feliz donde todos comieron perdices y vivieron felices. Pero la realidad está muy lejos de todo esto, y si no pensad en cuantas personas conocéis que sean así de felices. Yo personalmente conozco un par de ellas. Y seguramente sus vidas no sean tan bonitas como parecen. Pero en el fondo no quieren rompernos la ilusión. Al igual que cuando somos pequeños nuestros padres nos engañan para que creamos en los Reyes Magos o en el ratoncito Pérez, no nos dicen la verdad sobre las relaciones y sobre todo no nos dicen que en la gran mayoría de los casos vamos a acabar más rotos y en ruinas que el Partenón. Nos habla de las cosas bonitas de la vida, pero muchas veces se olvidan de advertirnos sobre las realidades más oscuras. Eso sí, de las brujas, los ogros y los monstruos sí que nos hablan. Pero de las cosas que realmente son importantes no hacen comentarios, porque sería como reconocer que el mundo es mucho más tenebroso de lo que parece o de lo que quieren que sepamos. Y por tanto no nos preparan a los dolores que nos esperan, al sufrimiento que la vida nos va a traer y que como tales forman parte de nuestro aprendizaje. No podemos escapar a ellos, no podemos evitarlos ni fingir que no existen. El dolor es algo que es inherente a nuestra naturaleza humana. Pero es como si al intentar ignorarlo, consiguiésemos hacer que no exista. Cuando es simplemente una forma de retrasar lo inevitable. Es tomar la técnica del avestruz.
Supongo que como seres sociales que somos, lo que buscamos es esa “media naranja” legendaria de la que todo el mundo habla, sin darnos cuenta de que, si eso fuese verdad, estaríamos podridos por dentro de tanto tiempo que llevamos partidos en dos. Y si no probad a coger una naranja a cortarla en dos y a ver cuánto tiempo tarda en secarse, ponerse fea, y en llenarse de bichos voladores. Sinceramente no me apetece mucho seguir ese camino. Sobre todo, que luego se llena la casa de moscas de la fruta y todo para darse cuenta de que es más fácil encontrar una alternativa ecológica a los combustibles fósiles que deshacerse de esos bichejos.
Dicen que Dios es amor, al menos eso es en el Nuevo Testamento, porque en el Antiguo era más bien castigo, destrucción y venganza. Así que supongo que, si seguimos esa misma línea, el amor no es tan bonito como lo pintan. De hecho, la mayoría de la gente considera que, sin celos y violencia, los cuales disfrazan de pasión, una relación no está viva. Esas personas creen que una forma de reconocer que alguien te quiere es que se ponga hecho una furia, arrebatado por unos celos absurdos. Lo que no saben es que esa actitud es como un cáncer, que te come por dentro, te tortura, que generalmente no tiene solución y que acabas tan “enfermo” que decides recurrir a la amputación, la cirugía o los tratamientos invasivos que harán que el mal y su responsable desaparezcan. Básicamente es el anuncio de la muerte anunciada de la relación. Así que no, tener celos no es síntoma de querer a alguien. Por mucho que nos lo quieran hacer creer. Al revés, es un problema en sí mismo que hay que sanar a no ser que queramos acabar con esa relación. Se olvidan de pensar en que con esa actitud en lugar de que nos demos cuenta de lo que nos quieren, lo que consiguen es hacernos sufrir hasta el punto en el que pensamos que lo mejor es cortar por lo sano, y quedarnos con nuestro muñón de vida.
Otra versión del amor es la de creer que es como una droga, que nos llega sin darnos cuenta y nos convierte en alguien, supuestamente mejor, que no somos ya nosotros mismos. Biológicamente es así, o al menos es lo que la mayoría de teorías neurológicas han intentado descubrir, ya que se trata de una respuesta química de nuestro cerebro a ciertas substancias psicotrópicas que nos dan esa sensación de felicidad y euforia, pero como dichos fármacos, cuando su efecto se acaba nos producen las sensaciones contrarias. El problema es que al revés de lo que puede pasar con las drogas, no hay centros de desintoxicación a los que acudir cuando nos quitan el aporte de “felicidad” que nos daban. Y no tenemos otra opción que padecerlo en silencio como unos apestados.
Porque si tenemos la mala idea de quejarnos siempre habrá algún listillo que nos venga a decir que deberíamos estar agradecidos por haber vivido aquello. Me gustaría ver a alguien decirlo lo mismo a un alcohólico o a un drogadicto: “chico, no pasa nada, ahora tienes el mono y alucinaciones, pero al menos lo disfrutaste mientras duró.” O si no, la clásica de “hay muchos peces en el mar, o sea búscate una nueva adicción o una nueva forma de sufrir.» Obviamente no es exactamente igual, pero si lo tomamos como lo que fisiológicamente es, entonces deberíamos de poder acudir a por ayuda al perder a la persona querida.
Si sacásemos el balance de las canciones de amor, y de las de desamor, seguramente llegásemos a la conclusión de que hay mucha más gente afectada por las rupturas o por los amores no correspondidos, más gente infeliz y miserable, que gente que realmente puede decir que son felices y que tienen lo que quieren.
Que se trate de una ola gigante, de una droga, de una fuente de energía o de cómo lo queramos ver, lo que queda claro es que se trata de algo que nos supera, que no podemos controlar y que es tan grande e intenso que querer abarcarlo en su totalidad sería absurdo. Es algo que debemos asumir como imposible de controlar, por lo que a veces, como cuando estas bajando un rio caudaloso, lo mejor es dejarse llevar por la corriente y esperar a que las aguas se calmen, y nos lleven adonde debemos acabar por llegar. Porque no podemos decidir a quién queremos, ni a quien no queremos, porque no depende de nosotros el elegir a la persona que tendremos a nuestro lado, e intentar hacerlo sería como nadar contra la corriente. Es algo agotador y que no lleva a ninguna parte.
Enero 2014
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