Muchas veces nos dejamos llevar por lo que vemos en el cine o en la televisión y en cómo nos lo retratan en esos medios. De ahí que todas esas veces intentemos darle una banda sonora a lo que nos sucede. Es el caso de mis relaciones, a las que siempre he intentado darles una canción que las defina, aún sabiendo que muchas veces me voy a quedar corto, puesto que una sola canción no es suficiente. Y sin embargo en algunos casos sí.
Ciertas relaciones se pueden enmarcar en una sola canción. Y es cuando me quedo pensando que igual es que esa “relación” no ha merecido tanto la pena como pensaba, ya que ha sido tan breve y tan simple que con una sola pieza la puedo definir. ¿Acaso son tan pobres que con 5 minutos de letra ya se ha dicho todo? ¿Podemos considerar en tal caso que han merecido la pena? ¿O son simplemente una lección para que en el futuro podamos sacar un disco entero que se ajuste a una sola de ellas?
Vuelvo a Madonna como siempre, a pesar de todo lo que puedan decir de ella, con mis 27 años, siempre ha estado ahí, todo lo lejos que recuerde, con lo cual mi vida ha estado ambientada con sus canciones, y siempre he terminado recurriendo a ellas para consuelo o para buscar ánimos. No será la mejor cantante del mundo, ni la mejor bailarina, pero en mis momentos de desesperación, en su música he encontrado la fuerza de seguir adelante, y por ello siempre relaciono mi vida con la letra de sus canciones, aunque algunas veces esto sea difícil.
Después de dos años y medio de una relación difícil y tormentosa con Mr. C., que me dio casi todo el repertorio de esta artista y de muchas más puesto que ha sido demasiado compleja para poder resumirla a una sola canción; he llegado al punto sin retorno de la ruptura definitiva. (Esto siempre viene con reservas, porque el tiempo es quien realmente sabrá lo que nos sucederá, y este puente lo he cruzado ya demasiadas veces como para pensar que esta es la definitiva).
En un intento, muy injusto hacia él, voy a ponerle letra a nuestra relación. La llamaré Forbidden Love, del disco Confessions On A Dancefloor. No es la mejor definición, porque me dejo muchas cosas en el tintero, pero es el mejor resumen que le puedo dar. Porque nuestro amor estuvo prohibido desde el principio. Si bien me bastó con un beso suyo, con una mirada suya y con una palabra suya para saber que me perdería en él. También estaba claro que lo nuestro era imposible. Con lo cual, me quedo con el dulce recuerdo de que efectivamente hubo amor. Aunque fuese prohibido.
No puedo decir lo mismo de quien vino justo después. Y, de hecho, puedo incluso darle una sola canción que lo define a la perfección, sin por ello llegar a ser injusto.
Se llama Miles Away, y es de su último LP, Hard Candy. Nos conocimos una noche, nos quisimos a nuestra manera, y ahí empezó el torbellino, porque no se le puede llamar de otra forma. Él vive a 450 km de distancia. Lo cual no es mucho, pero lo suficiente para que lo nuestro hubiese sido una relación a distancia. Sin ánimos de plagiar toda la canción, diré que el estribillo es lo que mejor entra dentro de lo que nos pasó: “siempre me quieres más a millas de distancia / lo oigo en tu voz a millas de distancia / no tienes miedo de decírmelo a millas de distancia / supongo que estamos en lo mejor cuando estamos a millas de distancia / tan lejos […] siempre tienes el corazón más grande cuando estamos a 6.000 millas de distancia”.
Porque es exactamente lo que nos ha pasado. Cuando hablábamos por teléfono, largas conversaciones de por lo menos una hora (y que se han resentido en mi cuenta corriente), siempre eran todo sentimientos muy bonitos. Me hablaba de lo especial que él era, y de lo especial que yo era, de que si esto salía bien seríamos una pareja casi perfecta, incluso llegando a decirme en una ocasión de que estaba empezando a quererme.
Mis amigos me dicen que tengo el don de ilusionarme con gente ausente, con cosas que me dicen cuando no están presentes y que me baso más en sus palabras que en sus actos. Pero hay cosas que no se deberían decir a no ser que no fuesen ciertas. Yo no soy una persona a la que se le pueda decir que vas a luchar por mí contra quien sea y que te importa un comino si estoy con alguien, porque si te enamoras de mí iras a por todas, y esperar que me queda igual que antes. Si dijese lo contrario sería reconocer que no tengo sentimientos. Y los tengo.
Probablemente por eso siempre acabo con la cabeza contra el pavimento, porque me creo las cosas que me dicen, y cuando la verdad sale a la luz, me hacen daño, porque sólo son palabras. Nada más. Hay quien no sabe decir que te quiere pero te lo demuestra, y hay quien sabe decirlo demasiado bien, pero que cuando llega la hora de la acción, no son capaces de demostrarlo.
Y este fue el caso. Cuando nos vimos cara a cara, 3 semanas después de nuestro primer encuentro, todo aquello que habíamos hablado y nos habíamos dicho se esfumó. En su caso ya no estaba seguro de que sintiese algo por mí. Ni siquiera creo que estuviese ilusionado por conocerme. Porque había estado viviendo una fantasía y era hora de despertarse.
La excusa es que pasaba un mal momento laboral, y no podría estar con nadie seriamente sin antes haberlo solucionado. Es la razón que me dio para que me volviese a mi casa, a 450 km soltero y entero. Por lo visto yo ya había hecho planes en los que le había incluido sin que él hubiese tenido elección y eso no le gustaba. Mi opinión es más bien que como los demás que he conocido este verano y que me comieron también la oreja en su día, una vez que tienes la realidad ante ti, te da miedo es más fácil huir que afrontar algo que podría salir bien.
Es la historia de siempre, el miedo, el temor a que nos hagan daño, y el preferir estar sólo ante la adversidad porque acostumbrarse a alguien y sentir algo por esa persona nos hace vulnerables y podemos sentir dolor si la cosa no sale bien.
Parte de la culpa es mía por haberme tragado sus palabrerías, por haber creído que era diferente, que esta vez iba a funcionar, que iba a ser feliz y que había encontrado a alguien especial. Resultó que el príncipe azul ha desteñido en el primer lavado y es chapado en oro y del malo.
Pero no me arrepiento. De nada. Yo soy así, tengo sentimientos, soy vulnerable, me creo cuando me dicen que me quieren, creo a la gente cuando dice las cosas, y cuando me demuestran lo contrario, me duele, sufro y siento dolor. Pero soy humano y es lo que me hace diferente de ellos. No voy con una coraza haciéndole daño a la gente que me importa porque no tengo el valor de sentir las cosas.
Con él hice cosas especiales que no había hecho con nadie más. Porque sentía la necesidad de hacerlas, hemos bailado juntos, le he mandado poemas. YO he sido capaz de escribir un poema, cuando pensaba que eso era de película cutre de quinceañeros. Pero no me importa, ahí está plasmado lo que sentía en ese momento, y yo puedo al menos decir que tengo sentimientos. Tengo un corazón que late dentro de mi pecho, y que me hace ser feliz o estar triste, sentir cosas muy bonitas y dolor a la vez. Y dudo que mucha de la gente que conozco pueda decir lo mismo. Ellos han sacrificado su corazón para poder seguir existiendo. Yo no lo haré.
Ayer mismo estaba hablando con mi amigo C. Y me decía que no entiende cómo puedo seguir dándome contra la misma piedra una y otra vez, y que lo siente mucho porque como no cambie mi forma de actuar y de sentir, voy a pasarlo muy mal. Pues no puedo, yo soy como soy. Si llevase una coraza como hizo él, probablemente me habría perdido muchas cosas bonitas en mi vida. Aquello que me hace especial, es justamente esa vulnerabilidad que hará que me rompan el corazón un millón de veces, y sin embargo yo siga estando al pie del cañón, pensando que un día voy a encontrar al amor de mi vida y tendremos una vida feliz juntos. De lo contrario no sería yo mismo. Me habría convertido en todos aquellos hombres que me han hecho daño, y que me han demostrado lo tristes que son sus vidas sin amor.
Por eso, a pesar de todo el dolor, y de todas las lágrimas que han corrido por mis mejillas, sigo pensando que he actuado consecuentemente a conforme soy. No me arrepiento de nada, no cambiaría nada, lo he intentado y no ha salido bien, y tengo la conciencia tranquila de que hice todo lo que estaba en mi mano para que la cosa funcionase, puedo dormir apaciblemente por las noches, porque no depende de mí. Además, siempre tengo en mente lo siguiente: “Estoy bien, no lo lamentes, pero es cierto, cuando me haya ido, te darás cuenta de que he sido lo mejor que te ha pasado.”
Septiembre 2008.