La Basura

Los siguientes capítulos fueron creados como un conjunto para ser publicado por separado, pero por razones de comodidad, he decidido agruparlos en una sola entrada, pero sin tocar el contenido.

Este texto lo escribo 5 años después, ha sido complicado recuperar los sentimientos de esa época tan oscura. Esto sucedió a finales de enero de 2016. El año anterior había acabado yo solo. Mis últimas experiencias habían sido agotadoras. Un profesor mentiroso y embustero en septiembre, un cocinero con TOC y tendencias mitómanas, además de paranoico. Y un periodista que desapareció en la nada el día después de navidad. Estaba harto de tan mala suerte. Pero ¡cuidado! que no siempre la vida mejora.

CAPÍTULO 1: El Comienzo.

Después de un año bastante asqueroso en lo que a relaciones se refiere, lo de pasar página el día 31 de diciembre, ¿realmente funciona? ¿podemos cambiar nuestro recorrido solamente con desear cambiarlo?

Como no quiero dar nombres, le llamaremos La Basura de aquí en adelante, lo cual os dejará bien claro que esto no es una historia de amor de las bonitas. Le conocí un sábado por la noche. Llevaba detrás de mí varios meses pero debido a mi mala suerte en el amor pues no había querido darle una cita. Y sobre todo, el hecho de tener que hacer una hora de carretera para ir a verle no me motivaba mucho. Pero la final el que la sigue la consigue. Así que decidimos quedar a cenar en su casa y yo me quedaría a dormir. Me llevaría a Phoebe y los gatos se quedarían solos en mi casa, Rubén les daría de comer por la mañana. Hasta ahí, todo bien. Como su trabajo es enfermero en un centro psiquiátrico, y al día siguiente tenia turno, pues yo me volvería tranquilamente a casa.

Quedamos en un punto del pueblo más cercano a su casa, y él me llevaría con el coche hasta ahí. Me equivoqué de sitio y estaba esperándole en otro lugar. Pero muchas veces los malos comienzos no significan que la cosa sea mala. Solo era un retraso.

Nos vimos. El típico francés, alto, con barba y gafas e iba vestido muy elegante. La verdad es que me gustó lo que vi. Mi perra enseguida le cayó bien, y al revés, pero no fue igual en su casa donde ya tenía un labrador de 3 patas y un perrito blanco muy mono. No fue tan fácil entrar todos en su casa. Estaba dejada de la mano de Dios, a 10 o 15 minutos de la salida de la autopista, y a la misma distancia del próximo pueblo. Pero como yo no soy nada desconfiado, pues para mí todo genial.
La cena fue deliciosa, y la conversación muy interesante. Me pareció una persona muy culta, con conversación, e interesante. Además de muy atractivo. Y encima cocina muy bien y le gustan los animales. Después, película, y tema. Nada fuera de lo extraordinario, al contrario, todo parecía demasiado bonito. Pero yo no me di cuenta de eso en ese momento. Pasamos la noche juntos, todo bien.

Al día siguiente, desayuno con croissants y café, casi en la cama, y él insistiendo en que me quedase a dormir una noche más, pero yo no tenia ni ropa de recambio y además tenía que ir a ocuparme de mis gatos. Quedamos en que mientras que él estaría trabajando, yo iría y volvería. Y dejaría la cosas preparadas para poder volver a mi casa el lunes, ya que el martes tenia trabajo por la mañana a primera hora.

Todo fue así. Nos contamos los pros y los contras y la verdad es que me gustaba mucho su compañía, la casa y lo que eso representaba. Además de que SV estaba en pocos días y podría ser guay tener a alguien para pasarlo juntos. Durante la semana no nos vimos, pero me llamaba todos los días diciéndome lo mucho que me echaba de menos y que le gustaría tenerme ahí con él. (¡JA!). A lo que yo le decía que nos podríamos ver el fin de semana, pero él quería más, quería que viviésemos juntos.

Yo tenía alquilado un apartamento de 25m en Annecy, cerca de mi trabajo, lo cual me permitía ir a pie si quería. Era un 4º sin ascensor por lo que nadie lo quería. Le dije que nos podíamos turnar, pero es cierto que con dos perros y un gato en su casa, y además siendo una casa en la montaña, era mucho, más atractivo que mi mini apartamento. En cambio, mis dos gatos podían quedarse un par de días solos, y mi perra no se marea en el coche y se lleva bien con todos. Así que el paso siguiente era que yo pasaría tiempo con él, en su casa, bueno, suya no, alquilada. Y me vendría a la mía cuando tuviese que trabajar.

El fin de semana siguiente quedamos en que sería más sencillo que yo me llevase mis gatos a su casa, que aunque él tuviese uno, se llevarían bien, y sobre todo, porque siempre tendrían compañía, y así yo no me tendría que preocupar por ellos. Lo cual además me vendría bien en unos días porque quería ir a Alicante, a pasar el cumpleaños de mi madre con ella, cosa que ya estaba planeado antes de conocernos. Todos saldríamos ganando.

Nos fuimos mudando allí poco a poco, los gatos fueron los primeros. Luego Phoebe también se quedó a vivir allí con los otros dos perros, con los que se llevaba muy bien, además, de que por su edad, era mejor eso que no tener que subir y bajar 4 pisos cada vez que quería hacer algo. Los gatos sin embargo, no estaba de acuerdo. Fue un infierno. Su gato acosaba a mi gata Kylie, Chini, su hermano se la pasaba peleándose con su gato. Nos tocaba separarlos e incluso tuve que comprarles un arenero distinto para que no se diesen palizas. Pero no me di cuenta de que eso es una señal también.

Yo vivía con él los días que no trabajaba, cuando tenia que madrugar o tenia clases hasta tarde, me quedaba en mi apartamento. Yo sólo. No era muy desagradable, pero echaba de menos a mis animales, y a él.

Una semana antes de irme de viaje, apenas un mes después de haber empezado, sucedió algo de lo que no me di cuenta en su día, pero que ahora veo perfectamente. Muchas veces él trabajaba cuando yo no lo hacía, y me dejaba sólo en su casa, hasta ahí todo normal. Pero un día al regresar del trabajo me preguntó qué había hecho. Era domingo, no había hecho anda, ver la tele y poco más. Estar de relax mientras él estaba en el trabajo. Así se lo dije. Me contestó que si no me parecía una vergüenza estar en una casa sucia, que ya que no tenia nada que hacer podría haber limpiado o pasado el aspirador, o recogido los platos del lavavajillas, ya que, según él, yo también vivía allí, y debería colaborar.

Mi madre siempre me ha dicho y me dice que soy un desordenado, que no limpio nunca las cosas, y que me cuesta horrores pasar el aspirador. Vamos que soy un desastre, no como ella o mi hermana, y que debería ser más limpio. Por eso cuando él me lo dijo entre gritos, no me resultó tan extraño, mi madre suele tener razón, así que supuse que él también. Pero decidí plantarle cara. Aunque no mucho, porque a mi modo de ver, yo estaba equivocado. Su respuesta fue que si tanto me molestaba ser una persona ordenada, que cogiese mis cosas y me fuese, pero que no le extrañaría que yo siguiese estando soltero, ya que cuando tengo la oportunidad de ser feliz con alguien, a cambio de pasar el aspirador, la dejé pasar. Así que pasé por el aro. Además de que me empezaron a doler los riñones del disgusto y me puse a vomitar. No podía discutirle. Pero él tampoco hizo nada por aliviarme.

Me fui a España, dejando mis gatos con él, esperando que todo fuese bien, pero en el fondo sabia que sí. Porque él tenia razón. Había tomado la decisión de ir a terapia a solucionar mis problemas, y lo iba a hacer a mi regreso a Francia. Él, que sabe mucho de psicología y de personas con problemas mentales, y que él mismo fue a terapia para ser mejor persona, me dijo que si no busco ayuda, siempre seré infeliz, y no seré capaz de ver cuando las cosas van bien. Le hice caso.

Empecé a ir a terapia con una mujer genial, que me ayudó mucho más de lo que esperaba y gracias a la cual ahora estoy aquí escribiendo esto.

Mi cumpleaños se acercaba, todo estaba preparado para que lo pasásemos juntos, cena etc. Los vecinos acaban de tener cachorros, y habíamos pensado en coger uno. Entre los dos, pero a mi nombre. Un bicho que llego a los 25 kilos cuando llegó a ser adulto, pero en esos días era un bebé precioso. Comimos con mi hermana y su novio, y todo genial, todo parecía perfecto, quitando algunos comentarios que él hacía respecto a mí. Con mis amigos era igual, bueno, mejor dicho con Rubén y su pareja, porque la demás gente que conocía de allí, según él no eran buenas personas y lo mejor era alejarme de ellos. Total habían pasado de mí, ¿o no?

Según él, le había tocado la lotería, ya que tenía a su disposición una chacha española, y que además estaba bueno. Lo único malo es que yo no sabia cocinar, pero bueno, podría aprender entre las sesiones de la psicóloga, y pasar el aspirador.

Me decía cosas que me dolían, pero según él, estaba todo en mi cabeza. Él solamente lo decía en broma, pero yo me lo tomaba en serio porque tengo problemas de inseguridad y por eso tengo que ir a terapia. Yo no sé reconocer su sentido del humor, tan inglés, pero debería entender que lo dice por mi bien. Y si no lo hago, pues ahí tengo la puerta, porque él no va a cambiar por nadie, ya no a su edad, y después de haber solucionado sus problemas yendo a terapia.

Muchas de las peleas las terminaba yo con dolor de riñones y la cabeza en la taza del inodoro. Hasta que un día el dolor se hizo insoportable. Y me tuvo que llevar a urgencias. Era la víspera de las vacaciones de semana santa. Yo ya prácticamente vivía con él. El primer día me hicieron un radiografía y me mandaron a casa con paracetamol y a ver si se me pasaba. El segundo día mas o menos estuve bien, aunque todo lo que comía lo descomía. Él me decía que bebiese agua y me tomase los analgésicos, que para eso estaban. El tercer día se fue a trabajar, yo no pude ni salir de la cama. Me dolía tanto la espalda que quería morirme. Antes de irse me dijo que bebiese agua. A las 11 ya no podía más del dolor. Me arrastré como pude hasta casa de los vecinos, pensando en que si entraban a asesinarme en ese momento, sería un alivio. La vecina, que era mi medica de cabecera, me metió en su coche, le llamo y me llevó a urgencias, donde me estaba esperando. Me ingresaron ahí mismo. Con morfina para el dolor. Me operaron esa noche, me pusieron una sonda, que me quitarían a los dos días al mismo tiempo que la piedra. Estuve ingresado de domingo a miércoles.

Sus comentarios en FCB eran sobre las “super vacaciones que estaba pasando gracias a mí”, que por suerte no era nada, pero que podría haber elegido un mejor momento y no fastidiándole sus días libres para estar yendo y viniendo entre su casa y le hospital. Pero bueno que tener que ocuparse él solo de los animales tampoco era tanta faena. Seguramente tener metida una sonda que te da calambrazos cada vez que toses, o vas al aseo, es mejor. Sin hablar de que ambas intervenciones fueron con anestesia general. Pero oye, que soy un egoísta. Eso lo tenía muy claro.

Salí del hospital, casi como nuevo, pero determinado a no volver a pasar por ahí nunca más. Puesto que las pruebas medicas no daban ninguna explicación al por qué de los cólicos nefríticos, me decidí a hablarlo con mi terapeuta, ya que igual era psicosomático. Lo cual a ella no le pareció tan descabellado.

Seguí tragando con sus cosas, sus desplantes, y sus insultos. Un día estábamos en LIDL, haciendo la compra como siempre, que luego él dividiría en dos y yo tendría que pagar mi parte. Delante nuestro había un chico con un culo de esos que se marcan y que quedan tan bien, y tan bonitos. Yo intenté no mirar mucho por lo que él me pudiese decir. Pero él no se cortó un pelo y me soltó: “eso sí que es un culo, no como el tuyo.”

Todo el camino de vuelta a casa estuve callado, sin saber exactamente como contestarle. Él siempre ha negado que lo haya dicho, diciéndome cada vez que se lo recordaba que eso eran imaginaciones mías. Él nunca diría algo así.

A los pocos días, seria su cumpleaños. Pensé en hacerle de comer algo que se me daba bien en la cocina, ya que, según él, mi tortilla de patatas no le gustaba para comer fría, ya que se debe comer caliente, y que mi ensalada de pasta no estaba buena tampoco. Pues preparé fajitas, toda la mañana preparando el guacamole, las tortitas, la carne y las especias, le tuve que ir a comprar flores, ya que si no es que soy un descuidado, y , claro, sus regalos.

Cuando fue la hora de cenar, la mesa estaba preparada, con la comida bien dispuesta, 4 tortitas para cada uno. Probó una y me dijo que ya no quería más, pero que se iba a hacer una tortilla porque tenia hambre. Que lo mejor que podía yo hacer en una cocina es limpiarla. Porque cocinar se me daba fatal.

No quiero entrar demasiado en el tema de la cama, porque ahí era un horror. Si las primera veces era todo fogoso y divertido. Al final me sentía en la obligación de complacerle, lo mejor que podía, y una vez que él había terminado, yo tenia que irme a lavar porque le “daba asco” y estaba sucio.

Un día tuvimos esa pelea que ya era habitual. Por llegar tarde, o pronto, o por no haber limpiado la escalera, o no haber puesto la lavadora. No recuerdo el por qué de dicha bronca. Lo único que recuerdo es que me dijo que esa noche era mejor que durmiese en la habitación de invitados, que le había desilusionado mucho y que no soportaba dormir conmigo.

Cogí mis cosas, y me fui. Metí a mi perra en el coche y a los gatos en su trasportín, hice una mochila con las cosas que necesitaba y le dije que si lo que quería es que me fuese que lo dijeses. Según él, estaba loco, y necesitaba ayuda que él no me podía dar, y que obviamente mi terapia no estaba funcionando porque ese tipo de reacciones son de un psicópata. Que él no me echaba pero que ahí tenia la puerta y que si quería irme que él no me iba a detener. Me fui. Escapé de mi captor. Me sentía triste, pero liberado. Y culpable de abandonar mi perro, el que habíamos cogido entre los dos, con él. Pero tuve que irme, se lo debía a mis gatos pero sobre todo, estaba hasta las narices de él. Adiós para siempre.

CAPÍTULO 2: Lunas de Hiel.

Me fui, regresamos a mi mini apartamento, ahí arriba, con tantas escaleras, sin sótano, sin habitaciones, sin jardín. Pero con paz. Volver a ese espacio tan reducido no fue fácil, pero era la solución a mis problemas, no mentales, sino de relaciones.

En un mundo donde es tan difícil encontrar a alguien afín, ¿Cuándo es demasiado aguantar por amor? ¿Hasta dónde se puede estirar una goma hasta que se rompe?

Pues yo pensaba haber llegado al punto de ruptura. Mis psicóloga me escuchaba hablar de él y de las cosas que me hacía. Aunque en realidad yo iba a terapia por otras razones, él terminaba acaparando la conversación. Hasta que llego el día en la que ella me dijo que no me daba cuenta de que estaba buscándole excusas a él para todo. Lo cual es el discurso típico de una mujer maltratada. Eso me dejo pensando varios días. Tenía razón. Por eso también decidí irme. Y no fue fácil. Él me estuvo llamando durante varios días, intentando convencerme de que volviese. Cuando veía que no llegaba a buen puerto, me echaba la culpa a mí, por no haberme esforzado lo suficiente, por haberle abandonado, por ser un cobarde que huye. Etc.

Pero yo lo tenía muy claro. Me gustaba la vida en el campo, con jardín, donde mis gatos eran libres, aunque podían correr peligro. Donde Phoebe podía pasar sus últimos años, más cerca de la naturaleza. Pero le precio a pagar se había puesto por las nubes.

El verano había llegado. Yo tenía prohibido ir a las playas nudistas, las vacaciones serían en el campo porque él no tenía dinero. Y claro yo no me iba a ir solo a España. Quedamos en que el dinero que yo le había prestado serviría para pagar las compras que no había hecho, y la comida del perro que él se había quedado. Tuve que volver un día a cuidar de los animales, lo cual aproveché para recuperar todo los que se me había quedado en su casa. Y fue cuando realmente se dio cuenta de que me había perdido para siempre. El último golpe se lo di cuando puse el perro a su nombre. Y así me evitaba tener que volver a por él y confrontarle. No fue fácil, me hizo responsable de que había vuelto a fumar, de que se encontraba mal con sus tratamientos, y de que nadie le quería porque tenía una enfermedad crónica que se le disparaba en momentos de estrés como ese. Todo seguía siendo culpa mía, in absentia.

Retomé mi vida sin él, pero con todo lo que había aprendido de él, como en el tema de las compras o de la comida. Quería sacar lo mejor de ese desastre y poder mejorar para el futuro, para mí. Toda experiencia, buena o mala, es como su nombre indica. De todo se aprende y de todo se puede sacar su lado positivo. Y así lo hice. Estuve casi dos meses sin él. Mejorado. Preparé mis vacaciones en España, todo el mes de agosto. El trabajo me iba bien, así que todo genial.

Poco a poco, sus conversaciones se hicieron menos dolorosas, más sensatas, más adultas. Ya no era todo mi culpa, sino que él se había equivocado. Poco a poco volvimos a hablar, igual es verdad que la gente cambia. Igual se había dado cuenta de lo que me había hecho sufrir, y se podría ver si hay futuro. Pero yo me iba a ir a los pocos días de vacaciones, así que las cosas iban a tener que esperar.

Me pidió por favor, verme una semana antes de irme, para despedirse. Vino a mi casa. Lo cual fue todo un milagro, ya que él no se iba de la suya nunca, no le gustaba ir a verme, pero ese día sí. Vino con flores, lavanda, porque sabía que me gustan. Estaba muy guapo. No iba elegante, pero moderno y sí, guapo. Me trajo de cenar. Era después del trabajo, pero como ya era verano, a finales de julio, era aún de día. Me dijo que no podía pedirme disculpas, porque lo que me había hecho y la forma en la que me había tratado no tenían excusas, que era imperdonable. Pero que si le daba una segunda oportunidad, me prometía no volver a tratarme mal nunca más. Me echaba mucho de menos, y se daba cuenta que en lugar de tratarme como su igual, me había querido apartar del estrés de su trabajo y eso hacía que me contestase mal. Lo sentía mucho.

Mis billetes de avión estaban comprados y no iba a perderlos. Pero como me llegó a convencer, le dije que si quería venir conmigo, que estaba invitado. Al día siguiente, él ya tenía todo organizado, me llevaría al aeropuerto, yo iría una semana antes que él, luego él vendría en coche, estaría conmigo 3 semanas y regresaría 5 días antes que yo. Y me iría a recoger de vuelta al aeropuerto. Pasaríamos las vacaciones juntos. Y así fue.

Pensé en que sería genial poder enseñarle mi vida, donde he crecido, pasar tiempo juntos. Y como me dijo él, tener vacaciones fuera de Francia, para los dos.

Estuvo en mi casa, aquí mismo, donde estoy escribiendo estas líneas. Enseguida le gustó. Fue un viaje largo, pero ese mismo día fuimos a la playa, luego a comer helado, y pudimos hacer lo que hacen todos los turistas. Me ayudó a visualizar mi apartamento como un sitio acogedor para pasar las vacaciones. Podríamos venir más a menudo. Organizó la cocina, para poder usarla mejor. La casa también. Visitamos la región. Fue muy divertido. Creamos un vocabulario entre los dos, con el que nos hablábamos en broma, pero esta vez nada iba contra mí. Ni contra él. Pero no todo era como en las fotos. No todo eran risas y diversión. Sí me pidió que me casase con él. Y sí acepté, pero su pedida fue la más cutre que os podáis imaginar.

No le gustaban mis amigos. Porque ninguno hablaba francés. No le gustaban los sitios donde le llevaba donde había estado con otras parejas. No quería saber ese tipo de cosas. La comida es lo que más le molestaba. No le gustaba la carne ni el pan. Y las verduras de aquí no eran bio. Cuando fuimos al restaurante chino, intentó gastarme una mala broma pidiéndole a la camarera que me trajese palillos. En Francia su rollo era que si yo no conseguía comer con los palillos, sin cubiertos, no comía. Aquí probó a hacer lo mismo, pero le salió rana. La camarera me conoce de hace años y le dijo que nadie está obligado a usar los palillos y que si quiero comer con cubiertos normales, está bien. Aquí no tenía el poder.

A Carlos le cayó fatal, le pareció un borde y un soberbio que se quejaba de la comida. Es verdad que fuimos a un restaurante de polígono, pero ni C ni yo habíamos pensado en llevarlo a un sitio pijo donde comer arroces. Muy mal. No tuve reproches, pero tenía muy claro que no le había gustado. Tampoco le gustaba que yo no estuviese a su disposición, y que cuando yo le decía que intentase pedir un helado él solo, su respuesta era siempre una negativa.

Ir a la playa nudista era un problema. Primero, porque las horas centrales del día estaban prohibidas, había que ir antes de las 12 o después de las 5. Nada de ir a pasar el día. Aunque hubiésemos comprado una sombrilla y una pequeña tienda de campaña para que no le diese el sol. Luego la gente que había le parecía fatal. Eso de que hubiese mujeres desnudas en una playa nudista no era correcto. Ya ni os digo si había niños o gente que no fuese guapísima. También le parecía cutre que la mayoría de hombres tuviesen barba pero estuviesen depilados. No le quito la razón.

En cuanto a mí, digamos que no le gustaba que estuviese desnudo, ya que según él la gente estaba ahí para mirarme en bolas. La mayoría lo único que esperaban era que yo llegase y me quitase la ropa para mirar. Lo de estar desnudo en le agua lo probó una vez, pero nada más, y aunque le gustó, me dijo que él no se desnudaba delante de esos pervertidos. Sin embargo, eran las mejores vacaciones de su vida. Aunque de comer en España me estaba poniendo fondón. Y esos michelines no los tenía cuando me conoció. Pero no le preocupaban porque pronto volveríamos a Francia, donde él cocinaría comida sana y buena para mí, y yo volvería a trabajar y ponerme delgado de nuevo.

Se acabaron las vacaciones y regresamos a Francia. Primero él, luego yo. No me fue a recoger al aeropuerto porque no tenía ese día libre. Pero me esperaba en su casa. Los primeros días de regreso a Francia fueron buenos. Lo pasamos con mi familia, con su hermana, aprovechando los últimos días de verano en los Alpes. Y recordando los buenos momentos que vivimos en España.

Nos pusimos de acuerdo en que si queríamos tener un futuro juntos, había cosas que tenían que cambia. Yo no podía estar viviendo la mitad de la semana en su casa sin contribuir a pagar el alquiler. Y por ello, tener un apartamento alquilado en Annecy no era una buena idea. Mis animales eran bienvenidos en su casa, y podríamos volver a ser una familia. Mi trabajo estaba bien, pero necesitaba ganar más dinero, debería buscar trabajo al lado, ya fuese aunque sea de camarero. O algo así.

Eso de estar separados media semana no le gustaba, y admito que a mí tampoco me gustaba. Lo pasaba muy mal sin mis animales. Y me resultaba complicado cumplir con los gastos de dos viviendas, y la gasolina de ir y venir. Estaba dispuesto a mudarme con él. Aunque eso significaba que perdería mi apartamento, en una ciudad donde es un milagro encontrar algo como lo que tenía. Pero pensaba que en el peor de los casos, que me encontrase sin casa, me podría regresar a España. Era un movimiento arriesgado, pero merecía la pena. Él me había prometido no volver a tratarme mal nunca más. Aunque las vacaciones no habían sido las mejores del mundo, y habíamos tenido nuestras broncas, más que nada por culpa mía. Yo era el que no quería aceptarle como es, yo era el que necesitaba deshacerme de los pájaros en mi cabeza. Y yo era el que no quería invertir en esa relación. En el fondo era mi culpa si él me trataba mal. Y me merecía cuando me llamaba la atención, o cuando se portaba mal conmigo.

España estaba bien, pero incluso de vacaciones yo tenía problemas mentales que tenía que tratar y que no eran culpa suya. Y vivir juntos seguramente me ayudaría a dejar de ser tan inseguro y mejorar, pero sobre todo dejar de creer en esos supuestos amigos que no me querían. También era el momento de alejarme un poco de mi familia, ya que con 30 y tantos años no puedo estar dependiendo de ellos siempre que necesito algo, o alguien que me cuide los animales o me pague los billetes de avión para ir a España. La gente adulta y bien mentalmente no es dependiente de las relaciones familiares, consigue una pareja y crea su propia unidad familiar lejos de ellos. Así es como funcionan las cosas en el mundo de los adultos, y era hora de que yo también me comportase como un adulto.

CAPÍTULO 3: El Apocalipsis.

No fue nada difícil devolver el apartamento. En cuestión de días ya tenía gente interesada en él. Mis cosas, ya habían sido reubicadas en su casa, o puestas en venta para hacer espacio y de paso sacarme un dinero extra para pagar la mitad del alquiler de la casa en la que vivíamos. He de decir que él ganaba 3 veces más que yo, pero todo estaba pagado a medias.

Después de todo lo sucedido con esta persona, ¿Cómo es posible que haya vuelto a caer en la trampa? ¿Hay alguna forma de romper con esta espiral de maltrato psicológico? ¿Por qué somos incapaces de reconocer y denunciar el maltrato?

Porque es lo que era. Fui tonto de volver a caer en sus redes. Fue paulatino, pero hay un antes y un después. En España las cosas no pintaban bien, pero en Francia, fue una caída hacia el dolor y la humillación.

Si alguien ha visto la película Gone Girl, entenderá que el día que la vimos juntos, ya en diciembre cuando su hermana estaba con nosotros, pasando las navidades, algo en mí se encendió. De repente todas las conversaciones con mi terapeuta se volvieron claras y me di cuenta de la verdad. Yo no quería estar ahí, yo quería huir, estaba en una cárcel.

Pero me estoy adelantando. Sí me sentía atrapado, pero la cárcel en la que estaba se fue cerrando alrededor de mí, poco a poco, como ya había sucedido en el pasado.

Una de las cosas que solía decirme, que empezaron en España, era “señora, usted está loca”. Todo comenzó como una broma, pero era de esas bromas recurrentes que ya no tienen final. Según él mi terapia no funcionaba, porque yo seguía estando mal de la cabeza, porque mi psicóloga no me había recetado pastillas para la neurosis, y sobre todo porque iba a verla y regresaba feliz, en lugar de llegar roto y desolado por estar abriendo melones en la sesión. Eso se lo dije a ella, y me contestó que la profesional era ella, y que no todas las terapias son iguales. Algunas personas sufren porque les duele, y otras no, otras van para escapar de una realidad que no soportan y lo que duele es salir de la sesión, no ir a ella. Y, por último, que los antidepresivos no son para casos como el mío. Del que no quiso hablar hasta el final de mi tratamiento, unos meses después.

Según él, aparte de estar mal de la cabeza, de ser sucio, y desordenado, era un loro. No paraba de hablar, y era aburrido. Me decía que soy insoportable hablando y que muchas veces desearía que me quedase mudo, en lugar de rebatirle todo, incluso cuando yo tenía razón. Mis amigos o mi familia me soportan porque no tienen que lidiar conmigo todo el día, pero que soy un cansino.

Tenía prohibido colgar fotos mías en Facebook o en Instagram, porque según él esos solo es un objeto de vanidad y para calentar a los salidos que me siguen pero que no debería de darles ese gusto. Total, yo ya tengo a alguien y no debería ser una z*rra.

También me dijo que esperaba que haya disfrutado de las vacaciones en España porque el año siguiente no íbamos a poder ir. Él no podía permitirse gastarse 500 euros o más solo en la estancia, en los restaurantes y las salidas en España. No ganaba bastante para eso. Y yo tampoco tenía dinero, porque pedirles a mis padres es algo que los adultos no hacen, y por lo tanto yo tampoco debería. Es una lástima porque España mola, pero no es para nosotros, no todos los años. Y ya de paso podría alquilar ese apartamento y así sacarme un dinero extra para poder pagar el alquiler a media con él o los gastos compartidos que teníamos. Adiós España.

He de decir que me sorprendía y nunca llegué a entender por qué una persona que gana más de 2700 euros al mes, está en números rojos a día 5 de cada mes, y tenía que ser yo le que le prestase dinero, del poco que yo ganaba. Y claro está que según él yo debería esforzarme más en conseguir dinero.

Una de las cosas que también me decía siempre, que empezó como una broma, pero se convirtió muy pronto en algo pesadísimo, es que cada vez que yo le preguntaba dónde estaba algo, me contestaba “en tu culo”. Incluso delante de sus amigos. Cuando quedábamos con ellos, era muy complicado fingir que todo iba bien. Sobre todo, porque no quería que pensasen que una vez más yo no había hecho los esfuerzos necesarios para que lo nuestro funcionase. Es que formábamos tan buena pareja. Aunque es verdad que, según ellos, él a veces era algo frío conmigo.

Nunca supe nada de sus ex parejas, que, según él, eran todos unos maltratadores. Jamás entró en detalles, pero por lo que me dijo, le robaban y le hacían creer que él tenía la culpa de todo. Cuando la culpa era de ellos. Eran los malos, no él. Un día se me ocurrió decirle que eso era proyección, y me contestó que no utilice palabras que no conozco, que el que sabe de psicología es él no yo. Además de corregirme constantemente, porque no hablo francés lo bastante bien para su gusto.

Ni siquiera necesito hablar de que, a su parecer, había engordado de forma exagerada en vacaciones, y que tenía que comer ensalada todos los días y hacer más deporte. Que esas lorzas no estaban ahí cuando nos conocimos. Si le contestaba que las suyas tampoco, me respondía que ese no es su problema, que él no es el que tiene que gustar, yo sí. Eso sí, lo del tío del culo en el LIDL, eso siempre fueron imaginaciones mías.

Acostarme con él era casi una tortura, había vuelto a su cosa con que siempre el que acababa sucio era yo. Pero ya no solo eso. Era despectivo. Después del desayuno solía decirme “te dejo recoger las cosas, mientras voy a la cama, si quieres el polvete del finde no tardarás, si no, pero para ti”. Y cuando lo hacía, la verdad es que pensaba en que ojalá acabe pronto, que pueda ir a limpiarme y seguir con mi vida. Eso de besarme después de acabar estaba prohibido. No había besos ni caricias. Muchas veces pensaba que si me hubiese dejado un billete en la mesilla de noche no me hubiese sentido tan mal.

Como le dije a mi terapeuta, cuando él hablaba de lo que haríamos si nos ganábamos la lotería, a la que jugábamos a medias cada semana, yo en lo que pensaba era que si ganábamos, cogía mi mitad y desaparecía con mis gatos y mi perro. Ella me preguntó si no me gustaba la vida en el campo. Le dije que me gustaba y mucho, la casa, el jardín, el futuro para mis animales, pero únicamente cuando estaba solo. Cuando él llegaba, se me quitaban las ganas y no disfrutaba. Yo era feliz en esa casa sin él.

Teníamos gallinas, dos, que ponían huevos y mi deber era ocuparme de ellas, recoger los huevos, darles de comer y de beber y vigilar que estuviesen bien. Él no podía por sus articulaciones, no le permitían entrar en su recinto. Era divertido porque ya me conocían y me dejaban entrar, incluso me llamaban cuando llegaba de trabajar. El trabajo de casa era en parte mío. Yo tenía que ocuparme de apilar la leña, en el aparcamiento, luego de llevarla a la terraza, y de ahí dentro de casa. Era divertido hacerlo, y un trabajo físico. Pero yo era el encargado. En invierno la chimenea tenía que estar encendida todo el día y toda la noche. No se podía apagar, porque, aunque tardase 5 minutos en prenderla de nuevo, eso era un fallo mío. La madera volaba, y aunque le dije más de una vez que si los dos estábamos fuera todo el día, no había necesidad de que la casa estuviese caliente, eso es mi opinión, y no tengo ni idea.

Llegaron las navidades. Su hermana iba a venir a pasarlas con nosotros, la casa tenía que estar perfecta, la cena de navidad igualmente. La decoración era de tienda. El árbol tenía que ser de verdad, había un belén debajo, y en una de las mesas el pueblo de navidad mecánico, con pista de patinaje donde se movían, y los habitantes también. La cena fue super pija, todo comprado en Picard, todo muy rico, pero demasiado a mí gusto. Los gatos se volvieron locos con el árbol y la decoración. Los perros no ayudaban. La situación no era la mejor. Su hermana me llego a decir que sabía que él es difícil de llevar pero buena persona, y que yo tengo carácter suficiente para aguantarle. Era sencillo hay que él se pasaba el día con ella, encima suya, porque al ser diabética, pues tenía problemas a veces, y eso a mí me dejaba tiempo para mí. Total, que al final se cansó y el 26 todos los adornos estaban en sus cajas. No hubo cena de fin de año. Fue todos a ver la tele y a las 12:05 en la cama. Todos los sitios donde íbamos eran donde él consideraba que su hermana debía ir.

Mi hermana me regaló dinero por navidades. No es que le hubiese visto mucho, ya que, según él, ella era muy perezosa y se dejaba influir por su pareja que no quería que nos viésemos. Así que con ese dinero me compré una chaqueta de Sea Shepherd. Por desgracia no quemé el recibo y cuando lo vio, me dijo que le parecía el colmo que yo me haya gastado ese dinero en una chorrada mientras que él no llega a fin de mes, que eso es algo que las parejas deberían compartir. Le dije que con el dinero de MI regalo de navidad que me había dado MI hermana, yo hacía lo que quería. Y que no le había dicho nada justamente porque no quería problemas por cosas de dinero. Una vez más estaba siendo un histérico.

Mi paciencia estaba llegando al límite. Mi abuela se estaba muriendo, su forma de tratarme cuando era un adolescente me generó muchos problemas, y una de las razones por las que decidí ir a terapia era para solucionarlos. Y una de las cosas que aprendí es que por culpa de eso tuve un montón de trabas a la hora de tener relaciones con los hombres. Es un tema mucho más largo, pero según él si se moría, pues adiós, pero eso de ir a España a su funeral era un gasto de dinero inútil, y más por una persona que me hizo la vida imposible.

Yo ya llegué al tope. Cuando su hermana se fue, le dije que iba a dormir en la habitación de invitados, que ya estaba harto de como las cosas se habían vuelto entre nosotros y que ya que no podía irme de ahí, pues eso era lo que íbamos a hacer de momento. No le hizo gracia, pero según él era una de mis paranoias o de mis idas de bola.

Mi abuela murió unos días después. Y como lo había dicho, me vine a España a su funeral. Fue el último viaje que hicimos juntos mi hermana y yo. Y estar con ella esos días me hizo feliz, me di cuenta de que mi tiempo en Francia se había terminado, a la vez que mi relación. No iba a encontrar donde vivir, pero sobre todo, ya estaba cansado de vivir allí, y de estar con él. Yo era la víctima y él el maltratador. Pero se había terminado.

CAPÍTULO 4: Hasta Nunca

Solo estuve un fin de semana en España, en mi casa, con mi familia, con mi hermana, y me había dado cuenta de que mi paso por Francia había tocado a su fin. Sabía que no podría encontrar donde vivir, y mi trabajo en el estudio de pilates había tocado techo. Hablé con Philippe que me dijo que lo lamentaba, pero no me podía dar más clases. Así que tuve que cortar también con él. Y fue más duro que con La Basura. Ya no podía seguir con él. Se había acabado, ya me había maltratado todo lo que podía.

Mi abuela me había enseñado que la gente que te quiere te tratará mal, y te tienes que aguantar, que eso no es maltrato, sino amor. También me hizo sentirme una deshonra para todos, un esperpento y un bicho. He de decir que era la persona más machista y homófoba que te puedas echar a la cara. Y ser educado por alguien así te deja bastante tocado. Pero esto da para otro capítulo. Una vez ella muerta, ya no tenía por qué seguir con esos patrones autodestructivos. Y menos con alguien que yo sabía, perfectamente que no era para mí. Ni para nadie.

Cuando has quemado todos los puentes, y te has arrastrado hasta la sangre, ¿irte del lugar del crimen es huir o salvar la vida? Si quieres cerrar un ciclo que no funciona, pero del que has sacado algunas cosas buenas ¿te vas feliz o triste? ¿por qué nos cuesta tanto romper con el pasado?

Me instalé en la habitación de invitados, primero pesando en encontrar otro lugar donde vivir y así no dejarme el trabajo. Pero hablando con mi asesora y con mi compañero de trabajo, la situación no era de las mejores. No iba a poder progresar mucho más. Y las opciones de trabajo en Ginebra de momento estaban en pausa, y sin saber hasta cuándo. Sin un proyecto laboral favorable, encontrar vivienda de alquiler estaba comprometido. Y mis amigos no podrían alojarme, no con un perro y dos gatos. Así que la decisión de regresar a mi casa era la más obvia de tomar.

Realmente solamente estuve en esa situación 3 semanas. Iba a irme el día 1 de febrero, lo cual me daba tiempo de despedirme de todo lo que tenía que dejar atrás al irme de regreso a España.

En el trabajo fue bastante triste y difícil, porque me gustaba lo que hacía y no quería dejar tirado a mi compañero. Pero no me quedaban muchas más opciones. Y aunque sé que por mi culpa al final tuvo que cerrar el estudio, me entendió. De todos modos, si me hubiese hecho socio como estaba previsto, yo nunca me habría ido, pero le pudo la desconfianza y al final pasó lo que tenía que pasar. Si no cuidas a la gente que tienes a tu alrededor, es muy probable que se vaya.

Fui a hablar con mi terapeuta al regresar del funeral. Le comenté la decisión que había tomado y el por qué, le dije que sentía mucho acabar las sesiones pero que la mejor opción era volver. Me dijo que su trabajo había terminado. Yo era otra persona distinta a la que había entrado el primer día en su consulta. Y estaba muy orgullosa de mí y de mi evolución. A su modo de ver, no necesitaba más terapia, y si llegase el momento en el que no me encontrase bien, poseía las herramientas necesarias para poder salir adelante. Y he de decir con la perspectiva de los años que tuvo razón. Aunque se me olvida a veces.

Hice una ronda de quedadas con mis amigos, que se alargaron 3 semanas, para poder despedirme de todos ellos, y poder dejar las cosas bien. Algunos se quedaron con ropa que no me cabía en las maletas. Mi plan era volver a España con mi coche lleno hasta los topes de todo aquello que podía llevarme, y lo que no se quedaría en Francia. Ya fuese a buen recaudo para recuperarlo en el futuro como llegué a hacer, otras cosas como regalos, otras fueron a la basura y al reciclaje. Y otras se quedaron como rehenes de esa relación que dejé morir, o mejor dicho que rematé por segunda vez.

Entre ellas mi perro, el cachorro que cogimos entre los dos. Lo cual me recuerda a esas parejas que tienen hijos para evitar que le matrimonio se les hunda, y al final acaban divorciados y peleándose por la custodia de ese hijo no deseado, el hijo parche. Pues eso mismo nos pasó. Su problema era que el perro estaba a su nombre, y no iba a pagar los cambios de propietario. Le dije que los pagaba yo. Pero es un perro del tamaño de un pastor alemán, de 25 kg y que no tendría una vida ideal en mi apartamento de Alicante. Le dije que entonces se lo dejaba. ¿y quién va a correr con los gastos de mantenimiento del perro? Porque es un perro caro de alimentar. Lo mismo que pasará con las gallinas. Que por cierto nunca supe si al final se las comió o no. Le dije que si tanto le molestaban los gastos del perro que yo me lo llevaba a España y ya vería como me apañaba con él. Tampoco. Al final le dije que si quería una pensión alimenticia que se olvidase. Que la cobrase de las cosas que yo había dejado en su sótano, las pusiese en venta y sacase de ahí ese dinero. El perro se quedó. Sin embargo, él insistió hasta la última conversación que tuvimos, que mis cosas se quedaban allí y si las quería vender era asunto mío. Y si no, también, pero que él no las tocaba. Una forma más de obligarme a volver a verle. Lo cual nunca llego a suceder.

¿Y qué pasa con mis cosas que me he dejado en España? Que vienen a ser dos camisetas, un par de bermudas y una tienda de campaña. Le dije que se las devolvería cuando regresase en verano a ver a mis amigos. Al final se las dejé a Rubén para que se las devolviese él. Como se odian sabia que no se pondría como hizo con mi amigo Alain.

Cuando este último fue a por la ropa que tuve que dejarle, pero que no iba a desaprovechar, un traje y un abrigo fino, le tiró los trastos a saco. Y luego me llamó diciéndome que mi amigo le tiraba la caña. Lo cual me sorprendió ya que no es su tipo en absoluto, y además de que conozco a Alain de más tiempo que a él. Lo cual obviamente resultó ser una gran mentira, como todo, cuando mi amigo me contó que en realidad fue al revés, la Basura se le arrastro hasta más no poder con tal de tener un rollete. Nada que me sorprendiese la verdad.

Pero me estoy adelantando. Esas 3 semanas fueron raras. Había días que era insoportable, y que lo único que hacía era insultarme y decirme lo cobarde que era, el batacazo que me iba a pegar, y que huir no iba a solucionar mis problemas mentales, que por cierto la terapia no había solventado. Que salir corriendo a las faldas de mi madre no era la solución de nada. Y que al final lo mejor que podía hacer era largarme porque le había fastidiado la vida y le había hecho creer en algo que no era cierto, como sus otros exs (¡aja!)

Otros días, no me hablaba, iba y venía, al igual que yo, les hablaba a mis animales, pero a mí apenas un hola y un adiós. Esos días casi que eran los mejores, porque no tenía que debatir nada ni reafirmarme en mis decisiones. Sin embargo, como no sabía con qué personalidad suya me iba a encontrar, al final opte por evitarle lo máximo posible. Intentaba salir de mi habitación cuando él ya se había ido a trabajar, y al revés. Algunos amigos se preocuparon por si un día se le iba la pinza y me hacía algo o me mataba. Como no eran los que vivían cerca, pues no podían alojarme. De todos modos, ese tipo de cosas no pasan sino en las películas. O al menos eso creía yo, mi hermana no tuvo la misma suerte. Y por eso yo estoy aquí contándolo, pero ella no.

Los días pasaban y le quedaba cada día más claro que me iba. El tema papeleos y cosas legales ya habían sido puestos en orden, porque os recuerdo que en Francia todo es burocracia. Hasta los temas de pandemia.  Y por fin llegó el último fin de semana que pasé allí. Esta vez ya era inevitable. Así que de perdidos al río. Se portó conmigo como lo hizo al principio. Todo muy bonito y educado. Fue como volver al principio, con la única diferencia, que el yo que había caído en su trampa 2 veces, ya no existía, como decía mi psicóloga. Pensé que ya puestos, podría terminar allí con unos buenos recuerdos y no irme de mala hostia. Y eso hice. La verdad es que también me permitió ver hasta qué punto él llegaba a ser manipulador y encantador si se lo proponía. Pero su verdadero yo ya había salido a la luz demasiadas veces como para que me llegase a engañar de nuevo. No esta vez. Terminamos de ver juntos Juego de Tronos, la temporada 5, la seis la vería yo por mi cuenta, y así en adelante.

Llegó el lunes, me fui a despedirme de mi hermana y de su novio, ella tendría que volver a España de vacaciones a finales de febrero, así que nos veríamos en un par de semanas. Pasé el día con ella, pero no me despedí ya que nos íbamos a ver pronto. Nunca llegué a despedirme de ella. Nunca más la volvería a ver. Esa fue la última vez que nos vimos. El último abrazo, y el último “nos vemos pronto”. Si hubiese sabido lo que ahora sé. Yo pude salir de mi relación tóxica, ella no. A ella no le dejaron la opción de vivir.

El martes me fui, primero a trabajar, mi último día de clase, pero con la promesa que nunca llegaría a cumplir de volver en verano o incluso antes a dar clases de reemplazo. A la mayoría no los he vuelto a ver. Ni a saber de ellos. Me despedí de mi amigo Rubén, y me regresé a casa, una última vez, a empaquetar todo. La Basura se despidió de mi por la mañana, porque no quería verme partir, iba a dolerle demasiado. Haberlo pensado antes de ser un psicópata conmigo. Tardé dos horas en llenar el coche. Un auténtico Tetris. Mis animales, menos uno, en sus sitios respectivos. Me despedí con mucho dolor del gato negro, de la perra de 3 patas y del mejor amigo de Phoebe, lloré mucho al decirle adiós a mi perro, pero no podía quedarme. Me fui de allí a las 5 de la tarde. Conduje de tirón, me paré tantas veces como tuve la necesidad, ya fuese para estirar las piernas, o para que Phoebe lo hiciera. Para dormir un ratillo en el coche cuando el sueño apretaba. Fue un viaje lleno de esperanza, dejando atrás gente a la que quería, que iba a volver a ver, otros que nunca tuve la oportunidad de hacerlo. Y algunos que por suerte han desaparecido de mi vida. El día 1 de febrero de 2017, a las 10h30 llegué a mi casa. Reventado pero feliz de empezar una nueva vida en mi hogar.

Post Data.

El pasado siempre está ahí, pero no lo ponemos en su sitio. Escribir estas líneas no ha sido fácil, después de tanto tiempo, no porque me haya olvidado, sino porque el dolor y sobre todo la vergüenza siguen ahí. Poder plasmarlo en letras y palabras es mi forma de cerrar este capítulo de mi vida que tanta miseria me ha traído. He tenido que resumir un año que siempre he querido olvidar o relativizar porque daría para libro y no creo que tenga el valor suficiente de volver a meterme en ello. No por ahora. No todo a la vez. Sin embargo, quiero decir que se puede salir. A veces con ayuda profesional, con amigos o con la familia. Otras veces porque no tenemos más remedio. Pero reconozco que de no haber tomado las decisiones que me han alejado de él. Y en vista de los acontecimientos posteriores. Si yo hubiese seguido cerca de su círculo de influencia, ahora no podría estar contando esto. Tuve suerte, lo reconozco.

Por cierto, esta es la razón por la que le puse ese nombre, mi amigo Rubén me dijo un día «la basura se tira, no se vuelve con ella». Y tiene razón, aunque no sé en qué contenedor va esta porquería.

28 comentarios sobre “La Basura

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