Este es uno de los primeros artículos que escribí en su día. Hace ya casi 20 años. Lo he dejado tal cual, aunque igual en un futuro le haga un lifting o algún que otro retoque.
La semana pasada era la ceremonia de entrega de diplomas del liceo francés para todos los alumnos del último curso. (2005).La verdad es que fue un acto bastante cutrecillo, a pesar del renombre que tiene ese instituto. Si nos dejamos de lado la parte de protocolo, que por cierto fue un fracaso, esa sesión me dio qué pensar acerca de los cambios que hacemos en la vida y de cómo los celebramos.
En un mundo en el que las apariencias son lo que importa, en donde un trozo de papel vale más que todo lo que puedas saber sin poder demostrar gráficamente, ¿qué valor tienen las fiestas de fin de curso? ¿Debemos realmente darle tanta importancia a un evento puramente social? ¿Dónde está la ilusión original de estos eventos?
Lo primero que me gustaría transmitir es como se desarrolló el evento, porque no tiene desperdicio. Para empezar, se prendió fuego el contenedor de la basura que había al lado del recinto, otra vez por culpa de los fumadores, y no solo hacía calor, sino que además nos dejaron ahumados. Menos mal que gente del personal estuvo atenta de apagar el mini incendio antes de que derivara a cosas peores. Luego la verdad es que se pasaron con los discursos. Participaron 5 ponentes para un acto en el que solo la charla del director duró más tiempo que la entrega de los “diplomas” que testifican que han acabado los estudios secundarios, discurso, que por cierto, fue en francés y en español, lo cual resultó por lo menos cómico.
Ahí hay dos puntos en los que me gustaría incidir que nos muestran lo irónico de la situación. Lo primero es lo más evidente, y es que nadie de los presentes está completamente seguro de que va a acabar ese año, más que nada porque aún no tienen las notas de selectividad. Lo cual demuestra un gran cinismo por parte de los organizadores a la hora de ponerle una fecha a una entrega de diplomas, cuando aún no se sabe quién los merece realmente y quién va a volver el año siguiente a la misma ceremonia, pero con otra promoción. Como dice mi madre, es realmente cruel restregarles a los chicos que igual no han acabado todavía con el suplicio.
Recuerdo que cuando mis compañeros de promoción dieron la cena de fin de carrera no entendían porque había un grupito de radicales que no queríamos asistir a la cena. He de señalar que los radicales éramos aquellos que no acabábamos la carrera ese año. Así que fieles a nuestro pensamiento, no acudimos a una ceremonia en la que nos iban a entregar diplomas que no nos correspondían. Pero una vez más ser consecuentes con nuestras opiniones nos trajo algún que otro rechazo. Porque está visto que en este mundo no se trata de ser consecuente con lo que uno cree, sino que hay que amoldarse a lo que los demás quieren de uno y entregarlo todo. Si no eres flexible y sacrificado te marginan.
Así pues una vez más se demuestra que lo importante es fingir, porque en ambos casos se le pide a uno que finja toda la ceremonia, pero en realidad lo que importa es como iban ellas vestidas, que peinado era el mejor, o que vestido el más caro, o incluso cual era la peor maquillada. Para los chicos lo importante era ver quien se ligaba a más tías esa noche. Porque esto ocurre con 18 años o con 22 cuando acabas tu carrera. En el proceso se olvidaron que se celebra el cambio de vida, no el vestuario. Y en eso poco importa tu opinión o si tienes ganas de asistir a un evento fantasma, si los demás lo hacen tú también tienes que hacerlo por guardar las apariencias.
Lo segundo que me pareció por lo menos curioso, son los discursos. Por un lado están los del personal docente, que se supone que es el que le enseña a los alumnos como hacer textos perfectos. Pues una vez más fallan en el intento, ya que el único discurso realmente agradable fue el de uno de los chicos. Porque los profesores de lengua pecaron en su énfasis retórico, que al final los hacia muy largos y a veces incluso incomprensibles, mientras que los de los homenajeados resultaban frescos y más naturales. Y no propios de un meeting político.
Luego viene el rollo que contienen la mayoría de ellos. Los de los docentes son siempre iguales, que si van a entrar en un mundo diferente, que si son adultos, y todo eso. Los de los chicos eran más inocentes y cándidos. Y realmente es cuando uno se da cuenta de lo que una carrera entera puede hacernos. Recuerdo que cuando yo tenía su edad también era como ellos, pensaba con ilusión a los años que vendrían, de universidad, nuevas amistades, etc. Pero lo cierto es que es un periodo en el que la mayoría de las ilusiones que tenemos son destruidas una por una, tanto por profesores desgraciados, como por compañeros de clase con síndrome de piraña, como por lo que la vida misma nos enseña. Al final resulta triste que toda esa inocencia se pierda machacada por la sociedad universitaria.
Es cierto aquello que dicen, que la vida del universitario no tiene nada que ver con la del alumno de instituto. Las responsabilidades ya no son las mismas, los horarios tampoco, ni siquiera el trato al profesor. Es muy difícil que alguno de ellos sepa quién eres cuando tiene un aula de 200 alumnos a su cargo. Por su puesto hay cosas que no cambian, como los pelotas de turno, que siempre se hacen notar, tanto que a veces terminan por hacerse odiar incluso por los profesores. Otras cosas que no cambian son las injusticias derivadas del método de evaluación, el ejercicio de poder (que siempre lo tienen los mismos) o simplemente la discriminación entre los propios alumnos, cuando por ejemplo se niegan a prestarte apuntes, mientras que ellos se la pasan mangando los de los demás, el egoísmo sigue presente.
Pero en el fondo es un proceso que debemos celebrar, porque poco a poco nos hacemos mayores, vamos creciendo, perdiendo la molla blanda y la grasilla de bebé, y haciéndonos más duros, el problema es cuando la coraza que llevamos nos ahoga o nos convierte en seres sin corazón. Mucha gente se monta su armadura tan potente que al final ya no recuerda que solo es un medio de protección no su verdadera personalidad. Y pasa lo que antes he señalado, que se nos olvida sentir más y pensar menos. Pero ante todo ser consecuente con uno mismo, y sobre todo con las decisiones que tomamos, no por los demás sino por nosotros mismos. La parafernalia sólo es un estorbo que nos impide la movilidad.