Una Noche En El Aeropuerto (2013).

Esto lo escribí en 2013 cuando vivía en Francia. Y os advierto que es largo, iba a ponerlo en dos partes pero al igual que con el de La Basura no veía bien el romper la dinámica del texto.

Este es el caso de lo sucedido el sábado 19 de enero de 2013, en el aeropuerto internacional de Ginebra, Suiza. Después de que pasase el año fatídico en el que supuestas profecías indicaban que todos íbamos a morir, que miles de personas abandonasen sus hogares o los convirtiesen en auténticos refugios, o que muchos de nosotros nos viésemos obligados a emigrar al extranjero en busca de mejores condiciones de vida, parecía que lo peor había pasado. Y así ha sido. La Tierra sigue dando vueltas alrededor del Sol y que se sepa aún no se ha extendido ningún virus mortal de esos que nos convierten en zombis. Con lo cual después de todo ello, el año empezó de buena manera, y más aún cuando por fin conseguí encontrar lo que estaba buscando en el mundo laboral. Por lo que unos días de desconexión no me habrían venido mal para retomar fuerzas para empezar bien el año laboral. Así pues, decidí coger un vuelo hacia Alicante en un fin de semana en el que nada malo debería de suceder y gracias al cual podría recuperar las energías que requiere mi nuevo puesto de trabajo.

Obviamente nada presagiaba lo que iba a suceder ese sábado. Y aún menos al levantarme esa mañana y ver que el tiempo parecía remitir en su esfuerzo por tornar todo paisaje en un doloroso blanco gélido. Pero después de tantas cosas sucedidas y de tantos viajes o de tantas experiencias ¿cómo es posible que aún no me haya dado cuenta de aquella ley de Murphy que dice que cuando algo ha de salir mal, saldrá de la peor manera? Sin querer llegar a ser pesimista o demasiado negativo como podrían pensar algunas personas ¿cómo es posible encontrarle el lado positivo a eventos que de primera mano son nefastos por naturaleza? ¿Cómo  seguir confiando en que todo saldrá bien cuando las circunstancias son extremadamente adversas?

Pues bien, como iba comentando, la presencia de un temporal de nieve durante toda la semana no hacía presagiar en absoluto que un aeropuerto de dichas características pudiese ser cerrado sin previo aviso. Después de que desde el martes estuviésemos padeciendo temperaturas que no llegaban a los positivos, de que las autopistas y las ciudades hayan sido aisladas durante horas y cuando todo parecía recuperar la calma, llega el final apoteósico. Incluso la noche anterior viendo las noticias en las que informaban de que un aeropuerto del nivel del de Paris había tenido que cancelar hasta un 20% de los vuelos, no me podía imaginar que me encontraría en la situación de aquellas personas que salían en la televisión buscando refugio y cobijo como bien podían.

Primero que todo he de decir que en una región del país al pie de las montañas más altas del continente, donde empiezan a cubrirse de nieve las cumbres en el mes de septiembre, y donde todavía quedan glaciares perpetuos, es muy difícil de imaginar que las autoridades no sean lo bastante previsoras como para saber que cuando llegan los temporales de frio y nieve hay que tomar medidas para que la gente no tenga que encontrarse atrapada en mitad de una autopista de pago (insisto en esta redundancia), o directamente en un lugar del que no pueden moverse porque no tienen los medios materiales de hacerlo. Y sin embargo en los pocos meses en los que llevo aquí me he dado cuenta de que a veces nos quejamos por cosas que consideramos absurdas cuando en realidad son puramente normales, es decir que esto sucede en una región que no esté acostumbrada a las nevadas y es comprensible, pero aquí, no tiene perdón.

Volviendo a la historia, sin tener la menor sospecha me subí al autobús que debía llevarme al aeropuerto, para coger, con el tiempo necesario el vuelo que debía alejarme unos días de las temperaturas bajo cero. Lo que sí que empezó a preocuparme fue cuando a unos 40km del destino el cielo dejo de llover y empezaron a revolotear copos de nieve por la carretera. La segunda señal provenía de los carteles luminosos de la autopista que advertían a los conductores del peligro de lluvias heladas y de las posibles placas de hielo que podrían provocar. La tercera señal, que tampoco pude apreciar fue que en varias curvas el autobús hizo varios amagos de perder el rumbo, seguramente debido a la nieve que se acumulaba en la calzada.

Al llegar al aeropuerto lo primero que constaté fue la abundancia de nieve que había por los alrededores. Una vez más no supe darme cuenta de lo que estaba sucediendo, ya que estaba demasiado preocupado con mi móvil intentando encontrar ancho de banda para poder comunicarme con los míos para decirles que había llegado bien a la primera escala de lo que se suponía que iba a ser un fin de semana especial. Lo segundo que me sorprendió bastante fue la cantidad de gente que había repartida por toda la terminal, con sus maletas y las colas interminables que había en los mostradores de facturación. Parecía ser que mucha gente había escogido ese fin de semana para regresar a sus hogares. Por último, me quedé unos cuantos minutos calculando la cantidad de vuelos que habían sufrido algún tipo de variación durante el día, valorando que la gran mayoría tan solo sufrían una hora de retraso. No me paré a ver que el número de destinos cancelados iba en aumento cada pocos minutos.

Tras pasar las formalidades de turno, fue cuando las cosas empezaron a cantar, puesto que pude ver el estado de las aeronaves delante de las puertas de embarque, y por consecuente pude apreciar que la pequeña nevada se había convertido en una ventisca que no permitía ver la pista de aterrizaje. Pensé en lo curioso que es que los aviones pudiesen despegar con esa cantidad de nieve, tanto en el suelo como encima de ellos. Pero la preocupación llegó cuando pasó la hora en la que debían de informar sobre la puerta de embarque de mi vuelo y simplemente indicaban que darían nueva información a la hora en la que se suponía que iba a despegar el avión.

Ahí fue cuando empezó todo. Al poco tiempo megafonía anunciaba la cancelación de 3 vuelos seguidos a distintas partes de Europa, sin dar mayor explicación, pero lo más preocupante es que no se trataba de compañías de bajo coste sino todo lo contrario. Después de dicha información que generó una cierta incertidumbre entre los pasajeros esta vez fue una voz masculina que informaba que debido a las condiciones meteorológicas adversas el aeropuerto estaba cerrado hasta pasada una hora, es decir que no habría ningún despegue ni aterrizaje hasta nueva orden. No llegaré a decir que el pánico se instaló en la gente, pero sí la perplejidad y más cuando alrededor nuestro había personas que llevaban todo el día esperando a que su vuelo pudiese salir o simplemente que llevaban ahí desde por la mañana cuando habían anulado sin previo aviso el suyo por razones que nunca se supieron.

Pasado el tiempo de espera que habían indicado, megafonía anunció la salida de un avión con destino Alemania, tras lo cual volvieron a sucederse 3 cancelaciones más, de nuevo pospusieron la información acerca de mi vuelo, y anunciaron una vez más la clausura del aeropuerto. Esta segunda vez la gente empezó a preocuparse más de lo normal, ya que corrían rumores de que uno de los vuelos cancelados lo había sido con los pasajeros dentro de la aeronave, con el consecuente mal estar de tener que abandonarla e ir a recuperar sus pertenencias y la consiguiente reclamación ante la aerolínea.

Al final, supimos 30 minutos antes de que megafonía lo anunciara que todos los vuelos previstos entre las 16:00 y las 20:30 quedaban anulados. Cuando el comunicado fue realizado la lista de destinos, compañías y números de vuelo no bajaba de 5 por tanda. Tuvimos que ir a recuperar las maletas a razón de compañía aérea por cinta, salir del terminal como si acabásemos de llegar de viaje y dirigirnos a los mostradores de facturación de nuestra compañía para reclamar o bien el cambio de vuelo o bien la devolución del importe del viaje. La verdad es que a pesar de que las colas para que nos atendiesen eran interminables, y que el tiempo de espera superaba las dos horas, el personal del aeropuerto fue muy amable y considerado. Pero lo peor estaba por llegar.

Efectivamente, lo chungo no fue reclamar los billetes, sino darte cuenta de que el tiempo había pasado y que no tenía forma de regresar a mi casa a 90 km del aeropuerto. Los últimos trenes ya habían salido de la estación del centro, los autobuses también, y teniendo en cuenta que el aeropuerto había sido cerrado por culpa del temporal de nieve, todo hacía pensar que las autopistas iban por el mismo camino, si es que no habían sido ya bastante perjudicadas por la nieve. Con lo cual la previsión era que iba a tener que pasar la noche allí sin saber realmente como ni donde dormiría.

Lo primero en lo que pensé después de haber estado haciendo cola durante casi dos horas y de ver que el tiempo se me había agotado para poder volver cómodamente a mi casa, fue que si tenía que quedarme a dormir allí al menos que no fuese con el estómago vacío. Así que como me había prometido a mí mismo, fui a cenar esa noche en un conocido local de comida rápida que no hay en Francia, pero que sí que tiene varias sedes en Suiza. Aunque el precio de los menús está por encima de lo que debería, de vez en cuando merece la pena darse un capricho y más después del estrés pasado antes en la terminal. Porque seamos sinceros, si a las cuatro de la tarde nos hubiesen informado de que el vuelo estaba cancelado, pues vale, te cabreas, pataleas, pero puedes hacer algo, pero que vayan posponiendo la información acerca de tu viaje durante más de hora y media, y luego terminen por admitirte que vas a quedarte en tierra sin otra solución, es bastante agotador. Y más cuando muchos de los que íbamos en ese avión estábamos de acuerdo en que se retrasase lo indecible, con tal de llegar, incluso de madrugada a nuestro destino. Pero no fue así.

Una de las cosas que lamento fue perder la pista de las personas que iban a viajar conmigo y con las que durante esa espera pude relacionarme ya que igual ellos tenían alguna opción diferente a la mía para pasar la noche en Ginebra. Los del vuelo a Barcelona que fue cancelado a las 10 de la mañana y que tenían posibilidad de salir en el de las cinco de la tarde, al tener contratado un seguro y viajar en una compañía de las caras tuvieron derecho a irse a un hotel.

Lo mismo sucedió con los que pudieron apuntarse en uno de los que salían al día siguiente y que la compañía aérea decidió premiarles con alojamiento en uno de los hoteles de las cercanías. El problema fue que, debido a la cantidad de salidas canceladas, muchos de ellos se quedaron sin habitaciones libres en la hora siguiente al anuncio. Con lo cual los que no llegamos los primeros a reclamar nos encontrábamos ante la incertidumbre acerca del lugar donde pasaríamos la noche.

Una de las cosas más difíciles que sucedieron fue la poca posibilidad de comunicar con mis seres queridos, ya sea porque no había cobertura en la terminal, o bien porque no podía darles ninguna novedad cuando ellos la necesitaban. Eso de “ya te aviso cuando tenga noticias” y no poder llamar en más de 30 minutos porque no tenía nada nuevo que decir es muy duro. Porque sabes que esas personas están preocupadas por ti y tú no puedes hacer nada por ellas. Y ellas tampoco pueden hacer nada por ti. Y entiendo que esa impotencia que debieron de sentir no tuvo que ser un trago fácil para ellos.

Entre las cosas que más me sorprendieron fue el trato que tuvieron los agentes de las aerolíneas con las personas que venían con hijos, de la gente mayor y de aquellos para los que la situación rozaba lo insoportable. Supongo que mi plaza de hotel se fue para alguno de ellos, y no me arrepiento de que haya sido así. Aunque no haya dormido en toda la noche, pero pensar que igual alguien ha disfrutado de la habitación que me estaba destinada pues me alivia bastante.

Cuando ya eran las nueve, las anulaciones de los vuelos de las compañías low cost, que utilizan la aeronave proveniente de otra ciudad para ir a un destino en particular, eran las únicas que seguían sonando por megafonía. El aeropuerto había sido reabierto al tráfico, con tan solo algunas decenas de minutos de retraso, en los peores casos. Cuando pasé por el terminal de llegadas pude comprobar que al igual que con mi aerolínea, algunas más habían tenido que desviar los vuelos hacía otros aeródromos con menos problemas meteorológicos. Y daba la coincidencia que se trataba de aquellos que habían sido cancelados en la parte de salidas. Con lo cual la explicación quedo clara.

Pregunté al chico que me atendió en el fast food si por las noches cerraban las terminales, porque ya me estaba haciendo a la idea de tener que pernoctar en alguna zona de las mismas. Pero no supo contestarme, la única cosa que me dijo, como alivio fue que me encontraba en una situación bastante molesta (creo que dijo que “vaya putada”). Efectivamente podía pensar que el destino se cebaba conmigo o verlo como una experiencia de supervivencia.

He de confesar que pensando que iba a pasar la noche en mi casa de Alicante, no llevaba en la maleta más que un queso para un amigo, y los cargadores de los móviles. Una bufanda y unos guantes eran lo único que me iba a proteger de las temperaturas bajo cero, ya que confiando en que podría recuperar unas de mis chaquetas, y no queriendo llevar exceso de ropa me deje la mía en Francia.  Después de todo el aeropuerto tiene calefacción, al igual que el autobús o que el avión, y la previsión eran unos 15º en destino. Por lo que la lógica y el sentido práctico me indicaron que mejor dejar las prendas de más y llevarme lo necesario para el viaje.

No tenía intención de pasar mucho tiempo en la calle. Pero debido a la carencia de cobertura en el interior de la terminal, tuve que aventurarme más de una vez entre la nieve, con el móvil en la mano, y el brazo extendido al cielo, buscando la dichosa 3G para poder comunicarme con mis amigos, mi familia y demás seres queridos que se estaban preocupando por mí. Visto desde fuera la imagen tuvo que ser bastante cómica: un chico con un jersey y una bufanda como únicos medios para protegerse de la nieve, buscando cobertura para poder mandar un mensaje a alguien querido.

Lo realmente irónico fue que la batería iba acabándose a ojos vista, y al igual que la mayoría de los que quedaron abandonados en tierra, nos convertimos en merodeadores en busca de enchufes disponibles para poder cargar los aparatos electrónicos. Algunos se encontraban al lado de sillones, estos fueron los más preciados, y dar con ellos libres era como encontrar una pepita de oro del tamaño de un coco. Otros estaban en los aseos, pero cantaba mucho estar metido ahí durante media hora mirando como subía el porcentaje de carga de la batería. Otros directamente desenchufaron algunos aparatos para aprovecharse de los enchufes.

Pasadas las diez de la noche, la situación ya se hizo ineludible: iba a pasar la noche en la terminal, los hoteles estando ocupados, sin conocer a nadie cerca, y los transportes colectivos habiendo terminado su jornada. Realmente asumí lo que iba a pasar cuando vi que varias familias estaban apilando maletas, carritos, o sillas para formar “nidos” donde pasar la noche sin ser molestados. Al igual que ellos me resigne a buscar un lugar cerca de un enchufe, donde no molestase a los transeúntes o demás viajeros, y como si de un tesoro se tratase me aseguré de que nadie viniese a expulsarme de “mi cama”.

A las doce apagaron las luces de fuera de la terminal, la calefacción de las puertas, y la mitad del alumbrado de las distintas salas de dentro del aeropuerto. La gente ya estaba casi toda en sus hogares provisionales, con sus pertenencias bien aseguradas o bien abrigados. Muchos de ellos ya durmiendo. Yo no tenía sueño. Sobre las 3 de la mañana me arriesgue a alejarme de mi enchufe para comprobar el estado de la situación. Recorrí los mostradores de facturación, la terminal de salida, la de llegada, las escaleras, la entrada al control de pasaportes, todas tenían un elemento común: la gente las había reclamado como sus camas. Daba igual donde, pero todos estaban más o menos confortablemente aposentados. Ya fuera en las cintas de recogida del equipaje, en las de los mostradores de facturación, en las rampas de acceso al área de salidas, todo lugar era ocupado. Los más afortunados consiguieron apoderarse de las sillas de los restaurantes y montar un campamento improvisado. Otros directamente recuperaron los vagones donde se cargan las maletas para utilizarlos como camas. Muchos aprovecharon sus ropas de abrigo para hacerlo algo menos duro. Mirase donde mirase había gente durmiendo. No dos o tres, sino que se podían contar por decenas.

La imagen que proyectaba la situación era tan surrealista, como sacada de una película apocalíptica, que muchos nos pusimos a tomar fotos para inmortalizar el momento. Si mis propios ojos no lo hubiesen visto, no me lo habría creído. Al igual que muchos pensareis que soy un exagerado. A las pruebas me remito. Las fotos hablan por sí solas, aunque me arrepiento de no haber hecho más, pero no me quería alejar mucho de mi enchufe.

Sobre las 4 de la mañana, poco antes de que la vida volviese a la terminal, debido a los vuelos que tendrían su salida de madrugada, pensé en lo afortunado que era de haber podido vivir una experiencia así, sabiendo que no corría ningún peligro, pero encontrándome en una situación incómoda. No es necesario padecer un terremoto, una erupción volcánica o cualquier otra catástrofe natural para darte cuenta de la suerte que tenemos de poseer todas las comodidades que nos rodean. A veces una simple noche en un aeropuerto, con otros cientos de personas más te sirven para darte cuenta de lo que pueden sufrir tus seres queridos por estar impotentes ante tu “desgracia”, para darte cuenta de que todavía hay gente buena en el mundo, de que hay que estar agradecido todos los días por lo que tenemos. Tal vez fuese la falta de sueño, o el agotamiento debido al estrés, pero llegó el momento en el que me sentí agradecido de haber vivido esa experiencia, porque me permitió reconocer lo afortunado que soy, valorar lo que poseo y sobre todo alegrarme de la oportunidad que se me ha brindado y la posibilidad de superar esa situación.

No se me olvida tampoco, que en pleno apogeo de las aplicaciones de encuentros, una vez más, me decepcionaron, ya que a la mayoría de gente que encontraba cerca y con la que hablaba, les daba igual la situación en la que me encontraba. Muchos me daba como respuesta a mi petición de alojamiento y/o ducha, que es que pilla lejos o tarde o ya no recuerdo. No me hubiese importado pagar en carne una cama caliente, pero no.

Es curioso tener que admitir que la única persona que me contesto de forma humana, fue un español afincado en Ginebra. Que sin problema podía venir a recogerme y que me diese una ducha. Según me pudo contar después mientras desayunaba, es que los suizos no suelen ser muy solidarios en ese tipo de situaciones. Pues ya vi yo que no. Total, que una ducha me vino de fábula, al igual que algo de comida y charla. Me trajo de vuelta a la terminal, después de eso.

Las horas siguientes pasaron con tranquilidad, todo volvió a la normalidad, volví a ver a uno de los pasajeros del vuelo a BCN que al parecer por fin iba a conseguir llegar a su destino; y cuando llegué a mi casa a las 12:30 los sucesos de la noche anterior parecían difuminarse en un sueño que se apoderó de mí en cuanto toqué la cama. Fue un fin de semana inolvidable por el que me siento agradecido.

Enero 2013

Un comentario sobre “Una Noche En El Aeropuerto (2013).

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