Halloween

Mucha gente se preguntará a qué viene que escriba un artículo sobre una fiesta importada a base de talonarios y de películas de los EE.UU., pero lo que muchos no saben es el trasfondo que lleva esa festividad que la pantalla americana ha publicitado tan bien; hasta el punto de que mucha gente conoce mejor esa celebración que las propias de su entorno natural.

En un mundo hipermediatizado, de la economía global, y de la desaparición de los valores primordiales, ¿realmente existen fiestas que no hayan sido pervertidas por el capitalismo galopante? ¿Qué festividad permanece intacta hoy en día? ¿Realmente podemos asimilar fiestas que supuestamente no son nuestras?

Hace varios años, una amiga mía me invitó a su cumpleaños, que cae por estas fechas. Celebró en su casa una fiesta de disfraces bastante impresionante y divertida. Cuando estaba en la fiesta le pregunté a varios invitados qué pensaban de que se utilizase una fiesta pagana y americana como excusa para esa celebración, cuando perfectamente podría haber hecho un cumpleaños mucho más clásico. Lo cierto es que la puesta en escena estaba muy trabajada, se habían esforzado mucho en la decoración y en la elaboración de los disfraces, por lo que parecía que más que estar en un chalet a las afueras de Alicante, estuviésemos en un episodio de cualquier serie americana. Fue muy divertido. Y lo mejor fueron las respuestas de la gente, que además de haberlo pasado bien, me demostraron tener bastante apertura de mente. Quitando los eruditos que me contaron el verdadero significado de dicha celebración (no me refiero al cumpleaños sino a la Víspera de Todos los Santos), la gran mayoría alegaba que cualquier excusa es buena para poder pasarlo bien y disfrazarse. Pues sí.

Según me han comentado, cosa que pude comprobar, no se trata de una fiesta americana sino de origen celta que festeja el cambio de estación. Es cierto que aunque el día oficial de la entrada del otoño sea en septiembre, es en esta época cuando se hace mucho más palpable que el verano está atrás. Además esto nos lo recuerdan con el cambio de hora que hacen en el último fin de semana de octubre, que viene a trastornarnos la existencia y provocarnos un pequeño desajuste. Ese fin de semana lo celebramos con una hora más de sueño, pero perdiendo ya todo aquello que nos recuerda el verano, incluso el horario. Aún sabiendo que nuestro huso horario debería ser el de invierno. Pero las costumbres son así. Otro día hablaré de esos cambios absurdos.

Dicha fiesta llamada Samhain conmemoraba el Nuevo Año Celta, así como el momento de la cosecha, las provisiones y la previsión de la entrada de los duros inviernos. Esa fiesta se ha celebrado durante más de 3000 años en los pueblos de origen celta. Después los romanos la absorbieron dentro de sus costumbres asimilándola a una fiesta pagana de la cosecha, restándole parte de su importancia. A continuación llegó el cristianismo con el papa Gregorio III, que allá por el siglo VIII en su afán por cristianizar todas las fiestas religiosas anteriores a ellos, la asimiló dentro de su propio calendario. Cambiaron una celebración de fecha y ya está, tenemos lo que llamamos el día de Todos Los Santos a la mañana siguiente de la fiesta de origen celta. Pero para que la gente no se mosquease demasiado con dichos cambios, la noche del 31 de octubre se considera la vigilia por lo que su poder festivo no se ha perdido, hasta hoy.

Luego con el paso del tiempo la festividad ha ido cambiando de matiz, según las invasiones y las migraciones de los pueblos europeos al resto del mundo. Los irlandeses la llevaron a Estados Unidos, los católicos la expandieron por el resto del planeta, algunas veces cambiando su significado y otras intentando disfrazarlo para que encajase mejor en las nuevas culturas o en las que querían someter.

Tengo un amigo que es totalmente ateo que me dice siempre que no entiende cómo es posible que se celebre el día de antes de visitar a los difuntos al cementerio como algo tan frívolo saliendo de fiesta, cuando deberíamos quedarnos en casa para al día siguiente ir a rendir homenaje a nuestros difuntos. Lo curioso del asunto es que para ser una persona no creyente y que cada vez que se le habla de algún tema esotérico o religioso se pone en plan empírico, se lo toma muy a pecho.

Es intrigante que una gran feria medieval de la zona se haga justo en esa fecha tan señalada. En ella se puede encontrar desde material para la cosecha y trabajo en el campo, lo cual nos devuelve a su origen; hasta los típicos puestos medievales que podemos ver en las demás ferias a lo largo del año. Con la única diferencia que se hace todo a lo grande, en tiempos remotos servía como momento de intercambio y venta (volvemos al capitalismo aunque en sus formas primitivas), como una gran celebración del final de algo y del comienzo de otra cosa. Un periodo de transición.

Para los que son un poco más creyentes, se considera que la noche anterior al día de Todos los Santos, que en un país supuestamente laico, donde se están quitando la mayoría de días festivos religiosos, menos este; es la noche en la que la frontera entre los mundos se hace más estrecha. Lo cual tiene su sentido ya que al día siguiente es cuando se celebra el recuerdo de nuestros antepasados, llevamos flores al cementerio y cuidamos de sus sepulturas. Cosa que, una vez más, no hacemos casi nunca, necesitamos que nos “obliguen” a hacerlo un día al año, porque si no, no lo haríamos, y de paso sirve para el consumismo a lo bestia. Los cementerios se llenan de gente que nunca va, los restaurantes aledaños hacen su agosto y los vendedores de flores se forran.

En principio en esa noche, que marca el final de un ciclo (o año), se hace una pequeña retrospectiva sobre aquellos que nos han dejado, se les recuerda, y se les deja marchar. Al día siguiente, con las costumbres que nos han inculcado desde la religión, se va al cementerio, como para marcar el comienzo de un nuevo periodo y se les rinde homenaje, cada cual a su manera.

De lo que vemos en la televisión, el hecho de disfrazarse, de colocar adornos con toques naranjas y amarillos, calabazas adornadas y demás parafernalia siniestra, la explicación viene un poco en la línea de lo dicho anteriormente. En esa noche en la que los muertos pueden volver a caminar entre los vivos (según la tradición ancestral), los disfraces servían para que no nos reconociesen los espíritus malignos. Al imitarles, pasamos desapercibidos entre ellos (allá donde fueras…), y por tanto evitamos que nos acosen o nos hagan trastadas. Las velas son para conmemorar a aquellos seres queridos. Al parecer si no encontraban dichas señales en sus antiguas casas, significando que no se les recordaba se quedaban para embrujar a los de la casa. El tema de las calabazas lo introdujeron los americanos, como una adaptación de otro vegetal algo más pequeño y difícil de trabajar: el nabo. En tiempos anteriores se decía que un ser condenado a vagar por el mundo rondaba esa noche por los pueblos con un nabo tallado llevando una vela dentro como única iluminación. Las casas colocaban dichos adornos en sus puertas para ahuyentarle. Más tarde se decidió que una calabaza era más sencilla de colocar y tallar, y de ahí que se utilicen con formas grotescas para espantar a los espíritus malignos que no encuentran descanso esa noche.

Está claro que la cultura estadounidense ha sido la que más ha promocionado esa celebración, ya no solo con las fiestas de disfraces que vemos en todas las series, sino además con las películas de terror, que de alguna forma siempre están ambientadas en esta época. Esto nos recuerda una vez más el trasfondo cultural que han heredado de los colonizadores europeos. Es el momento del año cuando los entes malévolos nos pueden influenciar mejor (quitando la Noche de Brujas seis meses más tarde), de ahí que la mayoría de películas utilice ese momento, para devolvernos a la memoria lo que se nos había olvidado. Es un reciclaje de la cultura europea milenaria, pero a su manera, algo más frivolizada, pero no por menos importante. Nos hace ser conscientes de que la muerte es algo que forma parte de la vida, ya sea con disfraces de seres terroríficos, con adornos espeluznantes, con fiestas «macabras” o con películas de terror. Pero en el fondo se trata de que seamos conscientes de que la vida es un ciclo, que empieza y termina, que tiene sus lados buenos y sus lados no tan buenos, y que todo ello forma parte de un total que a veces no queremos ver. Los que nos han dejado nos recuerdan lo efímero que es nuestro paso por este mundo, y que es algo ineludible, algo contra lo que no podemos luchar y que en el fondo no debemos temer porque es inevitable. El miedo que nos transmiten en la ficción nos despierta de nuestro letargo y conformismo y nos indica el camino para ser felices día a día, porque no sabemos cuándo puede ser el último.

Volviendo al principio, seamos ateos, cristianos, paganos, celtas o simplemente influenciados de la cultura americana, que siempre tiene sus raíces más atrás en el tiempo y en nuestro continente, se trata de una celebración, que indica un cambio de estación real, un nuevo comienzo, el final de algo. Es un ciclo que no tiene fin y que en un año volveremos a pasar, si somos afortunados. Lo podemos celebrar con frivolidad, con juerga, o con retrospección, pero no olvidemos que a veces cualquier excusa es buena para pasarlo bien, ser felices y por qué no, disfrazarnos.

Feliz Juargulin.

31 de Octubre de 2022

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