Al final lo he conseguido. Después de haber peleado durante meses he podido conseguir aquello que tanta gente había dado por imposible, y más con la situación económica actual: me he independizado. Ha sido difícil, pero lo he llegado a obtener, he encontrado la casa que buscaba, he conseguido el dinero por parte de mis padres, y para completar la transacción el préstamo bancario. Obviamente, no sin antes haber luchado durante meses por conseguirlo. Pero al final todo llega.
En una época en la que la gente se queda en el paro sin miramientos, en la que las empresas cierran sin preaviso y en las que tiran a la gente con la excusa de una ERE sin pensar en si sus empleados se lo merecen o no, parecía imposible poder salir adelante. Y sin embargo por el momento lo he conseguido. ¿Es verdad eso que dicen que toda situación tiene sus ventajas? ¿Se puede conseguir trabajo y sobre todo un préstamo en tiempos de crisis?
Lo del trabajo es una cuestión de motivación ante todo, y de suerte, claro está. Ciertamente como ya he comentado en artículos anteriores, yo he conseguido siempre salir adelante, haya crisis o no. En el último caso en plena caída del empleo conseguí salir del antro en el que estaba, pude encontrar algo que me gustaba mucho más y donde realmente se me valora como soy, sin darle más importancia a lo que haga fuera de mi horario de trabajo que dentro de él. Y no soy el único; aunque he de admitir que la cosa está difícil, y más que de suerte se trata de saber dónde moverse y tener los contactos de tal forma que podamos estar en el sitio adecuado en el momento preciso.
Aun así la cuestión de conseguir una vivienda quedaba complicada, más que nada porque, aunque los precios de las viviendas de segunda y primera mano hayan bajado, aun no tenía capital suficiente para emprender mi emancipación. Y sin embargo con un poco de ayuda se pudo hacer. Se lo tengo que agradecer a mis padres, por dos razones. La primera es llanamente porque me dejaron parte del dinero que me hacía falta para poder pagar el piso. Lo cual es imprescindible para lo que quería. Y la segunda por haberme ayudado incluso después de dejarme el dinero, avalándome en el préstamo.
Pero no quiero adelantar acontecimientos. Ya hacía un par de años que llevaba mirando el mercado inmobiliario para ver lo que realmente quería y las posibilidades que tenía, las mejores zonas, los precios y el valor de las viviendas. Lo cual fue difícil de explicar a mi madre que no entendía por qué mi decisión de irme a vivir a otra población cuando cerca de su casa había viviendas a “buen” precio. Y lo digo entre comillas porque el precio por metro cuadrado se pasaba tres pueblos, como dicen, en esa zona.
Al final encontré una vivienda que se adecuaba a lo que yo podría pagar de letra, y que además está en una zona que siempre me ha gustado. De hecho era la tercera vivienda más arriba de la calle donde vi dos años antes una que nos gustó tanto a mis padres como a mí. Eso sí, gracias a internet, pude comprobar precios y encontrar el anuncio de la inmobiliaria que quería. Lo siguiente fue relativamente sencillo. Sólo tuve que mandar un e-mail a la agencia diciéndoles que quería información sobre esa vivienda.
No era la primera vez que lo hacía, un par de semanas antes, cuando apenas llevaba unos días con mi chico, había hecho lo mismo con una inmobiliaria. La encargada nos dio cita a los pocos días para enseñarnos el apartamento que había visto en la web. Lo primero que me dijo cuando llegué a su despacho es si había pedido ya el préstamo al banco, que eso era lo primero que había que hacer y de lo contrario sería una pérdida de tiempo. A mi parecer era más bien todo lo contrario, primero ves lo que te quieres comprar, y luego es cuando vas a pedir el dinero. De lo contrario no hay forma de saber cuánto dinero has de pedir y si es factible o no. El caso es que cuando me disponía a marcharme en vista de que la mujer me dio a entender que no tengo ni idea de comprar y que ella sí, me dijo que claro primero me enseñaría un par de viviendas en base a lo que había pedido y a continuación yo tendría que ver el tema del préstamo. Eso hubiese sido lo normal de no haber sido por el hecho de que me dejo como si fuera imbécil aparte de que fue una pérdida de tiempo impresionante.
Visitamos 3 viviendas. La primera era la que yo quería ver, la de la página web. Un octavo en una zona limítrofe entre un barrio conflictivo y otro de mejor categoría. Desde fuera no tenía mala pinta, pero una vez que salimos del ascensor el rollo abierto por dentro no nos hizo mucha gracia. A esto había que agregarle que las ventanas de la cocina y del aseo daban al rellano, con lo que la vecina o el vecino podrían disfrutar de “olores y vistas”.
Después de este nos llevó a ver otro en un barrio más “popular”. El primer problema fue el tema del aparcamiento. Para empezar no había sitio, ni siquiera para enseñarnos el apartamento, con lo que tuvo que aparcar en un sitio reservado a la carga y descarga. La vivienda era un primero, con “mucha luz”. El caso es que parecía más la casa de Los Otros. Las paredes pintadas de verde no eran de las que más reflejasen la luz. A esto hay que agregarle que la distribución interior era deplorable, vamos que habría de derribar todas las paredes por dentro y hacerlo a nuestra medida. Es decir que además del precio, que no era demasiado bajo, habría que contratar a un albañil, un arquitecto, tirarlo todo y volver a construirlo, o sea más gastos. Por último el comentario de la agente de ventas: “imaginad la luz que tiene, es como cuando se ve una camiseta en un escaparate, hay que imaginar cómo nos queda puesta.” ¡Pues no!
Si me gusta una prenda de una tienda entro y me la pruebo, y si no me queda no me la compro.
La última vivienda era más cara de lo que queríamos, y no por ello mejor. Se trataba nuevamente de un apartamento en un segundo piso, en la frontera entre dos zonas de la ciudad, una más o menos conflictiva, y otra de más alta categoría. Independientemente de ello, el piso no daba mucho de sí. El propietario lo había decorado con temas militares. Además el espacio interior era decepcionante: interminables pasillos que no llevaban a ninguna parte. Una cocina reconstruida ideada por un aficionado que no tenía ni idea de reparto del espacio, y otros pasillos que parecían recorridos de pruebas, donde debías de evitar dejarte la piel en los Aloe Vera para conseguir llegar a una despensa minúscula.
En vista del éxito quedamos en darle alguna noticia a la agente una vez que yo hubiese acudido al banco a preguntar cuánto dinero me podrían dar de llegar a pedir el préstamo. Y claro está que no iba a volver a dar señales de vida. De hecho una vez que me puse en contacto con la nueva agencia, ya no seguí buscando más, y fue lo que le comuniqué a esta señora cuando, después de hacerme muchas llamadas en mi horario laboral, y a las que no pude contestar, me mandó un correo electrónico pidiendo noticias.
Con la siguiente inmobiliaria fue la cosa más sencilla. El agente se puso en contacto conmigo y cuando nos presentamos a verle nos comentó que además de la vivienda que había pedido por internet tenía unas cuantas más para vender más o menos por el mismo precio, e inclusive a distintos precios si quería algo más grande. Sin embargo, por muchas casas que viéramos ese día, la primera fue la decisiva, y más cuando me di cuenta de que era 3 escaleras más arriba que la que yo quería comprar dos años antes, en esa misma calle.
Lo siguiente iba a ser más complicado. Convencer a mi madre de que quería comprarme esa vivienda no lo fue tanto, dado que en la primera visita que hicimos se dio cuenta de que sería una buena compra, a pesar de la distancia que existe entre mi casa nueva y la suya, y de que no se puede venir en transporte metropolitano hasta aquí. Más que nada porque este barrio pertenece a otra ciudad y a otro ámbito administrativo. Lo realmente difícil fue conseguir la hipoteca, ya que a la mayoría de bancos y cajas de ahorros donde iba a preguntar por una de ellas, al decirles que mi tipo de contrato era de sustitución (por razones que le vienen bien a la empresa donde estoy, no porque no quieran que siga en su plantilla), les faltaba sacar las antorchas, las estacas y los crucifijos. Vamos que el Anticristo habría sido más popular que yo. Y sin embargo al final, por mediación del agente de la inmobiliaria que tenía la vivienda, conocí a la directora de un banco en la zona que a pesar de lo difícil de la situación, me dio una oportunidad. Eso sí, antes de ello había de conseguir un aval con un contrato indefinido y una infinidad de documentos que aportar para pedir el préstamo.
Lo más difícil no fue el aval ya que por suerte mis padres habían decidido no solo ayudarme económicamente sino además poder darme su apoyo en ese sentido. Eso no sin antes haber ido a informarse de sus obligaciones respecto al tema en el banco. Una vez aclaradas sus dudas emprendimos los papeleos.
Semanas después de haber iniciado el proceso, después de haber tenido que obtener justificantes de las empresas en las que había trabajado, nóminas y certificados de vida laboral, haber aprendido a hacer la declaración de la renta ya que en Hacienda no querían prestarme más ayuda que un simple “hazlo por internet”; fuimos mi prima y yo a firmar los papeles de la hipoteca y las escrituras de la vivienda. Y ahora estoy escribiendo desde mi salón. Ya puedo decir que mi hogar va más allá de la habitación donde escribía antes en casa de mis padres, ya tengo un aseo para mí solito, una cocina, un salón e inclusive una terraza. Y por todo esto debo de darles las gracias.

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