Escrito en 2007.
Hace unas semanas que, aparte de los cotilleos en el trabajo, van sucediendo cosas a mi alrededor bastante curiosas. Ya sea en el horario laboral, como en mis ratos libres, las señales que emiten las personas de mi alrededor son bastante confusas, no dejando claro hacia donde van.
En un mundo en continuo cambio, no podemos más que dejarnos llevar por el flujo y ver como las cosas van evolucionando a nuestro alrededor. Pero tanto es así, que lo que antes era blanco ahora ya no tiene ese color. Nos confundimos con mayor facilidad antes la difuminación de las fronteras de lo que es y lo que no. Si bien antes había dos bandos, ¿estamos ante la proliferación del bando intermedio? En este mundo de cambios ¿cómo podemos interpretar las señales que nos da la gente? Y si lo hacemos mal, ¿de quién es la culpa? ¿Cómo podemos hoy en día saber si a alguien le gusta la carne o el pescado?
Exactamente no sé muy bien cuando empezó todo esto, pero sí que es cierto, que, echando la vista atrás, las cosas ya no son como hace 10 años. Y efectivamente, podemos pensar que los tiempos pasados fueron mejores, y añorarlos, pero no siempre es lo justo ni lo correcto. Si bien para ciertas cosas hemos ido a menos, para otras no. Por ejemplo en mi caso, hace diez años no me podía imaginar las cosas que he vivido y lo que ahora tengo. En ese momento no sabía conducir, vivía en casa de mis padres, no estaba ni siquiera en la universidad, y no sabía nada de la vida. Hoy en día, tengo el carné desde hace ya 8 años, coche también, dos trabajos, un hobby que me encanta (y el tipazo que conlleva) y casi mi propio hogar. En eso mi vida ha mejorado mucho.
Pero en lo que a relaciones supone, la cosa no ha cambiado mucho. He tenido mis parejas formales, las no formales, y las de “temporada”, que son aquellas que no llegan a durar ni una estación. Pero también he de admitir, muy a mi pesar, que las cosas ya no son como antes. Recuerdo que en mis primeros pasos en este mundillo, podía conocer gente interesante al salir de marcha por las noches el fin de semana, o bien en la playa, dónde pasaba mis ratos libres. Sin embargo ahora ya no es así. Todavía queda gente interesante, por supuesto, pero ya no son tan abiertos como antes a empezar algo nuevo. Para ser más claros, ahora, si quitamos unos pocos individuos, la gran mayoría no quiere las “complicaciones” que conlleva una pareja. Solo quieren pasar un buen rato, y luego que te vayas a tu casa y no les molestes, y no quieren saber nada de ti hasta que no les vuelva a picar ahí abajo.
Supongo que ante la proliferación de chicos facilones, lo suyo es que la gente con inquietudes se haya percatado que es más fácil no complicarse la vida y pudiendo estar con uno diferente cada día, no se van a arriesgar a perder esa oportunidad por estar con alguien en exclusiva.
Pero no quiero quedarme mucho en este tema, del que ya he hablado suficientes veces, aunque parezca que nadie se da por aludido y que las cosas siguen igual.
El viernes pasado tuve una sorpresa en el trabajo. Como es el día que terminamos al medio día, nos dan unos minutillos para poder ir a almorzar y es cuando nos solemos reunir. El caso es que las chicas de marketing estaban hablando de los consejos que da la Cosmo acerca de la vida sexual o de cómo robarle el novio a la mejor amiga, cuando entramos los demás y las pillamos en pleno debate con los chicos de informática. El tema se desvió lentamente hacia los puntos clave en los individuos, terminando con la frase tajante de que los hombres tenemos el punto G ahí detrás. Nada que ya no supiera, pero que muchos “heteros” desconocen.
El caso es que algunos lo habían oído, otros lo sabían, igual por experiencia propia y uno en particular no tenía ni idea. Bueno, yo como ya tengo cierta “reputación” no les ha sorprendido que les dijese que yo sí sé dónde está. Ante tal desvergüenza, uno de ellos me preguntó cómo llegar ahí, y si realmente era efectivo. No hace falta que diga lo sorprendido que me quedé con su propuesta. Pero como yo no soy de los que se echan atrás, o al menos ya no (eso hace diez años me habría ruborizado y habría salido corriendo, pero hoy no), le dije que cuando quisiera que se lo explicaba. Pero que no pensase que había que entrar muy adentro del asunto, con una sesión superficial podría estar más que satisfecho.
Ahí quedo la cosa, pero como yo no soy de los cobardes, le mandé un correo más tarde comentándole que me parecía el colmo que no supiese eso de su anatomía y que consideraba que había perdido su adolescencia (con eso de que es cuando experimentamos con nuestros cuerpos). Tuve la mala pata de mandarle ese correo a otro compañero, que por suerte se lo tomó con humor. Ahí sí que hubiese querido que me tragase la tierra, pero al ver su respuesta, la duda me volvió a asaltar. Un hombre de más de 35 años, casado y con hijos, que diga que conoce ese punto y que ha experimentado y por lo tanto no ha malgastado su adolescencia es por lo menos preocupante…
El caso es que el malentendido resuelto, la cosa ha quedado en que mi compañero iba a probarlo el fin de semana y ya me diría si no conseguía encontrarlo para que le diese una clase de cómo llegar ahí, alentado por mi comentario sobre el hecho de que eso potencia las sensaciones que puedas sentir durante el proceso. Y nunca más se supo. Eso sí, el mail enviado por error ha dado la vuelta al departamento, y todo el mundo está con la duda de qué ha pasado el fin de semana y si estoy dispuesto a explicarles dónde y cómo encontrarlo. Una vez más los rumores son más rápidos de lo que pensaba, y más escurridizos.
Otro caso curioso es el que me suele pasar con mis clases de Pilates. Por un lado está mi monitor, que me ha tocado en casi todas partes del cuerpo, con la excusa, no infundada, de ayudarme a la colocación. Lo cual viene a ser cierto, pero es bastante provocativo que llegue a sobarme más que mucha de la gente con la que he estado. Menos mal que se trabaja tanto que no da tiempo a que ciertas partes del cuerpo reaccionen. En el otro extremo, esta mi compañero del curso, que está como un pan, y que cada vez que tiene la oportunidad se pone a hacer las prácticas conmigo, de forma que le he metido mano hasta casi donde he querido, con la excusa de mi monitor. Pero de ahí no paso, porque tampoco quiero aprovecharme demasiado de la situación. Pero tenéis que admitir que a veces poder tocar una espalda, unos brazos o unas piernas como Dios manda es todo lo gratificante que se pueda uno imaginar, y esto sin llegar a nada sexual.
La duda que tengo acerca de este chaval, es el porqué de esta familiaridad. Porque el caso del monitor es lógico, aunque no le vayan los hombres, pero en un compañero, cuando soy el único chico, y los demás alumnos son mujeres de menos de 30 años muy en forma y muy buenas, lo cierto es que es algo curioso. Según mi amigo Luis, un chico de menos de 25 años, que está como un queso, que no tenga novia, y que se deje toquetear así, por lo menos siente curiosidad, pero claro, no me atrevo a ser yo el que le desvele los misterios de este mundo. En todo caso que lo pregunte él porque yo paso de llevarme algún disgusto.
Sin embargo el caso de la sexualidad dudosa no me es del todo desconocido. Hará más de 10 años, tenía en el instituto el típico amor platónico que todos tenemos, y que sería lo más parecido al capitán del equipo de fútbol si esto fuese una serie americana. Mientras que él pasaba de mí, yo hacía todo lo posible para que se fijase en mí y fuese mi mejor amigo, no sabiendo muy bien qué llevaba consigo toda esta historia. El caso es que el chaval pasaba de mí, como era de esperar. Unos años más tarde, mediante un amigo que teníamos en común, me enteré de un breve desliz que tuvieron los dos, lo cual me dejó no menos transpuesto. Por lo visto un día quedaron para ver una película, y mi colega, sin querer, durante la proyección, le puso una mano encima de la pierna. El otro, en lugar de rechazarle, como sería de esperar, le dejó, y, yendo más allá, se pasó la tarde cogido de su mano. El caso es que casi me da un pasmo cuando me enteré, pero nunca más hubo noticias de dicho affaire.
Y un último ejemplo, que demuestre que los heteros están locos, y cada vez tienen tendencias más raras, sin hablar de los que van de metrosexuales y pierden más aceite que un coche de principios del siglo pasado. Ayer volviendo de Pilates, iba por una avenida cercana a mi casa cuando de repente salta un chaval un par de años mayor que yo haciendo señas de que parase el coche. En vista de que hay que prestarle ayuda a la gente, paré el coche a ver qué pasaba. Por lo visto el chico tenía una cita en el bar de un colega suyo al final de la avenida y estaba llegando tarde, y como había por lo menos un kilómetro hasta el punto de encuentro quería saber si no me importaría acercarle. El caso es que le dije que sí. Al bromear acerca de que entendía que no confiase en un desconocido, pero que aparte del cuchillo y la pistola era un buen chaval, yo le contesté que si no le importaba el machete que llevaba al lado del freno de mano que yo no tenía inconveniente en acercarle.
Y lo hice, durante el breve trayecto, me comentó que ese fin de semana no había salido, pero que ayer lunes había decidido quedar con una chica, y me preguntó si yo salía de marcha o no. Lo cierto es que no tuve tiempo de contestarle porque ya habíamos llegado y se tuvo que ir, no sin darme las gracias “efusivamente” por la ayuda que le había acabado de prestar.
No sé si soy tonto o demasiado buena persona, pero está claro que es desaconsejable hacer ese tipo de recogidas de personas. Pero a veces pienso que la Providencia puede traerme cosas buenas, y siempre hay que hacer el bien, sobre todo cuando no cuesta nada hacerlo. En cuanto al tema que trataba hoy, sigo sin saber las respuestas, muchas veces la gente se comporta de una forma que da a entender algo que no es. Y otras veces simplemente nos mandan señales tan sutiles que no somos capaces de reconocerlas.
Como dice mi amigo C.: “la mayoría de la gente no tiende a un lado o al otro sino que van por el medio, y según el momento se acercan más o menos, el problema es que la libertad que hay hoy en día se presta mucho más a que la gente pruebe cosas nuevas sin por ello ser lapidados en la plaza pública. Antes el que era gay no podía esconderse, porque era demasiado evidente, pero hoy en día están todos aquellos que podían elegir que van fluctuando entre un mercado y el otro. La cantidad de heteros con dudas aumenta y son ellos los que nos crean confusión.” ¡Y nunca mejor dicho!