Lois y Clark

Cuando era niño, allá por los 80/90 no teníamos tantas cadenas de televisión ni plataformas par ver contenidos multimedia, veíamos películas en el cine o si se podía, en VHS. Y claro era la época de los superheroes, me refiero a Superman. Su alter ego Clark Kent trabajaba de periodista en un periódico con su compañera Lois Lane. Vivían aventuras relacionadas con su trabajo.

Sin embargo, ha llovido mucho desde entonces, y al ver las noticias hoy en día, no puedo evitar preguntarme, ¿tanto ha cambiado la sociedad? ¿En qué se ha convertido el periodismo con el paso del tiempo?

Una de las cosas que más me sorprenden cuando veo series o películas de ese género, ya sea alguna sobre Superman o la serie Supergirl, es que hay periodistas buenos, y malos. También fotógrafos tipo Peter Parker y otros personajes de cómics, que de alguna forma suelen ser superheroes. Y generalmente suelen retratar estos últimos como profesionales del sector que han sido corrompidos por la avaricia y el dinero. No buscan las noticias sino la fama. Si hunden a alguien aunque sea mentira pero obtienen prestigio o algo parecido es lo que les importa. Y ni hablemos si encima son patrocinados por políticos corruptos o por multinacionales chungas. Hay varios casos en los que Lex Luthor intenta comprar el Daily Planet para que no se metan en sus asuntos o para hacerse blanqueamiento y sin embargo no suele conseguirlo, porque los buenos ganan.

En la realidad de 2022 esto no es así. Vivimos en un mundo donde Lex ha comprado el periódico, ha despedido a Lois y a Clark, y sólo salen publicadas las noticias que le vienen bien. Quienes controlan los medios de comunicación hacen y deshacen a su gusto. Y no hay casi periodistas que les planten cara. Y si alguien tiene el descaro de señalar que hay profesionales que no son trigo limpio, ya se encargarán los demás de sacar trapos sucios o de inventárselos para hacer daño. Vivimos en el mundo de los bulos mediáticos.

Y sin embargo esto lleva varias décadas gestándose. No es nada nuevo. Cuando estaba estudiando en la universidad, mi carrera se podía convalidar con la de periodismo, sólo había que hacer un par de asignaturas específicas y ya está, y sin embargo ya no me resultaba una profesión tan atractiva. Mi carrera era un asco y las salidas profesionales que tenía y tiene son inexistentes. De todos modos periodismo ya tenía mala fama, no por los estudios en sí, sino por las posibilidades laborales que tenía.

En esa época se puso de moda ser o decir ser periodista cuando te ofrecían un puesto en cualquier programa de televisión como tertuliano por ser un famosillo de turno. Ya sea porque un torero te ha metido un gol y te ha dejado con niño, o porque has estado en algún Gran Hermano, o has enseñado carne en alguno de esos programas de la quinta cadena. La carrera nos servía de poco contra eso.

De ahí empezó a haber una remesa de pseudo periodistas cuyo trabajo brillaba por la ausencia de criterio. Y me temo que eso se ha ido arrastrando hasta el día de hoy. Se les suele ver y oír cuando hay elecciones o temas políticos, pero sus tentáculos se extiendieron durante la pandemia de forma explosiva. Dando voz a todas las teorías de conspiración que había. Sin el más mínimo criterio. Con tal de vender portadas y artículos todo vale.

Desgraciadamente sí que se parecen mucho a los malos de las series de las que he hablado más arriba, son capaces de cualquier cosa con tal de obtener, no su momento de gloria, sino salirse con la suya. Algunos es por convicciones políticas y otros por puro interés monetario. Llegan a mentir directamente, ya sea a través de la publicación de bulos o fake news, noticias falsas o en su mejor caso, incorrectas, y su posterior extensión. También utilizando esos métodos para blanquear corrientes y filosofías peligrosas, racistas o xenófobas. Les dan voz y muchas veces los ponen como ejemplo. Y eso da mucho miedo.

Vender portadas y obtener vistas en los periódicos digitales es lo que les importa, y muchas veces no se obtienen si no se presentan titulares increíbles. Hace muchos años existía la prensa amarilla y los periódicos de hechos irreales como avistamientos de extraterrestres o de animales míticos tipo el yeti o el monstruo del lago. Esas publicaciones nos hacían gracia pero no se pretendían ser serios, a su lado había revistas científicas. Pero esa diferencia se ha visto cada día más difuminada y a día de hoy no es tan sencillo saber quien es quien.

Durante los meses de pandemia hemos podido ver como los mensajes de terror o de conspiraciones han tenido eco y presencia mediática hasta el punto de salirse de madre. Lo primero que se me viene a la cabeza es toda la histeria colectiva que se generó con las vacunas, la increíble mala prensa que se les hizo a los posibles efectos adversos, hasta el punto que la gente ya no quería ponérselas. El medio de información tan potente que existe se ha pervertidos de tal manera que ya sólo sirve para hacer daño. «Es que en la noticias sólo hablan de la gente que tiene trombos, es que muere mucha gente por las vacunas». Esto lo hemos oído tanto que se ha vuelto cansino.

Antes, solo las fuentes comprobadas tenían voz en los medios. O por lo menos tenían un poco más de criterio, hoy cualquier tarado tiene sus podcasts y sus medios de comunicación donde publicar lo que le dé la gana. Aunque no sea verdad, eso ya no importa, importan los clicks, los seguidores, los likes. De eso ya he hablado antes, los influencers solo buscan eso. Ser famosos aunque sea mintiendo. Es fama cueste lo que cueste.

Lo terrible es que muchos periodistas de renombre han caído en esa trampa. Se han convertido en los voceros o los altavoces de discursos de odio y difunden sus mentiras sin importar el daño que están haciendo. Sólo les importa su propia fama. Los casos de corrupción en Madrid han sido asfixiados por noticias falsas que han ido desviando la atención hasta el punto de que los políticos pueden decir que son corruptos «¿y qué?» y son aplaudidos por masas de gente que cada vez parecen más zombies que personas.

Es el cuarto poder. Eso nos ha quedado claro. Los tiempos en los que un periodista destapaba chanchullos, hacía caer multinacionales o políticos corruptos han pasado. Hoy en día el poder que detienen ciertos medios podría usarse para esos fines o para hacer el mal, y es lo que está pasando. Ofrecen un podio para mentir y engañar a la gente. Las fuentes o la veracidad ya no importan porque el propio medio se ha convertido en eso. Muchos hemos oído decir «pero es que lo han dicho en las noticias», o «si ha salido en la tele es verdad», y sin embargo no es así. Cria fama y échate a dormir es la frase que me viene a la cabeza. Sin embargo hay esperanza.

Cuando era pequeño soñaba con lo divertido e importante que debía de ser la profesión del periodista, no me fui hacía allí porque no me gustaba escribir, pero sí pensaba que eran unos héroes. Luego creces y ves que la realidad es otra cosa y que en verdad la mayoría están podridos. Pero aún hay un puñado que hacen honor a la profesión, que siguen sin dejarse corromper o se venden a los titulares sabrosos, que igual se han ido a retransmitir desde la zona en guerra… Vivimos unos tiempos cada vez más oscuros donde necesitamos que alguien nos aporte luz, no gente que se aproveche de la situación para hundirnos más en la miseria. Tal vez de los pocos periodistas serios depende nuestra supervivencia. Necesitamos más Lois Lane y menos Lex Luthor.

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