Que Viene El Lobo

Este cuento es un clásico en la cultura popular de casi todos los países, y todos de niños hemos oído esta triste historia con moraleja. La historia original cuenta de que un pastorcillo se la pasaba diciendo que venía el lobo, cuando no era cierto, y que el día que realmente vino, cuando fue a pedir auxilio nadie le creyó porque siempre había mentido, y al final el lobo no sólo se comió su rebaño, sino que encima se zampó al pobre chaval. En principio la moraleja es que no hay que jugar a engañar a los demás porque el día que queramos decir algo de verdad no nos van a creer. Pero yo quiero verlo desde una óptica algo diferente.

¿Qué pasa si resulta que el pastorcillo no quería engañar a la peña sino que realmente creía que el lobo venía? ¿Debemos cerciorarnos de lo que va a venir o es mejor prevenir que lamentar? ¿Cuándo sabemos que hemos dado demasiadas señales de auxilio en vano? ¿Cómo hacer que nos tomen en serio cuando ya hemos gastado el comodín de la llamada?

En el caso que me concierne la cosa es bastante parecida a lo que le pasaba al pastorcillo, sino que no peligra la vida de ninguna persona ni de ningún rebaño. Pero aun así es igualmente frustrante. El caso es que eso es algo que nos pasa a todos, siempre estamos en un momento en el que no nos toma en serio ni el apuntador. Por mucho que digamos que esta vez sí que es la buena y que ahora sí que haremos aquello que llevamos diciendo desde hace tiempo, no se creerán que vaya a suceder.

En mi caso, es bastante divertido el asunto cuando lo ves desde fuera, pero es muy frustrante cuando lo vives en primera persona. Llevo años deseando irme de la ciudad donde vivo, a cualquier otro lugar, pero como le pasaba al pastorcillo, siempre había algo que me lo impedía, y al final pasaron los años y seguía aquí. Pues bien, los obstáculos fueron cediendo uno a uno, tanto porque los conseguía superar, o bien porque desaparecían por sí solos. Y llegado el momento ya no queda nada que lo impida. Pero en ese momento ya nadie se cree que me vaya a ir de aquí.

La verdad es que no culpo a nadie por su falta de confianza, porque cuando no era porque estaba metido hasta el cuello en una carrera que no me ha servido para nada era porque estaba saliendo con alguien y me tenía atado de pies y manos. Pero las cosas siempre evolucionan. Los novios te dejan, te parten el corazón y se largan con otro, o bien simplemente dejas de quererles y te encuentras solo en un lugar demasiado familiar para ser cómodo, pero en el que te sientes en tu casa. Entonces es cuando te planteas si a lo mejor ya has estado demasiado tiempo detenido en un mismo lugar, pero no tienes mucho tiempo para pensar porque siempre llega otro amor que te impide volar más allá de las montañas que te retienen.

En los periodos en los que estás soltero y amargado, cuando todo lo que te rodea te recuerda los fracasos del pasado o bien cuando has conocido a tanta gente de tu ciudad que ya piensas que no te queda nadie más por conocer, es cuando te planteas lo de emigrar. Por un lado huir de los recuerdos y por otro volver a empezar en un territorio nuevo donde tu pasado no te acose. Es un poco como haría un fénix pero a la vez al renacer de sus cenizas ya no estaría en el mismo sitio. Lo que suele suceder es que cuando esas circunstancias son favorables para la migración es cuando aparece algo que te recuerda que no puedes moverte. Por lo general es un trabajo o bien una carrera que hace el trabajo de peso y te impide seguir adelante. Esa ancla no te deja moverte de las aguas en las que llevas estancado durante eternidades.

El problema reside en que no sólo estas jodido porque no te puedes mover, sino que al emitir tu deseo de conocer lugares mejores y no poder hacerlo la gente piensa que en realidad son solo aullidos de perro. Al final lo único que oyen esas personas son lamentos que según ellos nunca se convertirán en realidad. Si bien hay algún que otro amigo tenía razón al aconsejarme ser discreto, guardarme mis dolores para mí y pensar en mi huida desde la sombra, sin alertar a nadie y tejiendo una red de planes perfectos que me permitiría saltar al vacío sin romperme la crisma.

El problema es que algunas personas no sabemos callarnos esos sentimientos y luego nos pasa lo que nos pasa. Así que esto lo digo por aquellas personas que aún no saben jugar al póker o bien que son trasparentes para los demás. Al final no nos van a creer.

Pero es que lo curioso del asunto es que llega un punto en el que ya nadie, absolutamente nadie, nos toma en serio. Porque si eso viene de los amigos, o los allegados pues puede pasar, pero cuando tus propios padres te dicen “sí, sí, de todos modos al final ya verás como no te vas a marchar y seguirás dándonos la lata aquí”, eso duele. Porque te están demostrando que ni siquiera ellos ya confían en ti. Cuando los seres en los que quieres y en los que confías te demuestran que ellos no piensan como tú, es cuando realmente duele el asunto. Porque de los desconocidos no se espera menos, pero de ellos se supone que te deben de apoyar siempre, y de forma incondicional. A pesar de que en las otras ocasiones te quedaras porque no tenías más remedio, porque las razones eran las correctas, el error fue desvelar tus planes. Cuando lo haces y no salen bien, ya nadie te perdona por tu fallo.

Y cuando eso sucede puedes hacer dos cosas. Una es seguir con el cuento del pastorcito, hasta que un día realmente llegue el lobo y te vayas o hagas lo que tenías pensado hacer y ese día todos se llevan una sorpresa; o bien desistir, y planearlo todo en silencio y sin decir nada.

Con los suicidas pasa algo parecido. Por lo general aquellos que avisan que van a hacerlo son los que quieren que alguien se lo impida o que encuentre un argumento que le haga desistir de su intento. Pero llega un momento que la gente no le cree más en lo que dice y es cuando realmente sucede la tragedia. Por otro lado están aquellos que no dicen nada, que tienen sus problemas escondidos dentro de su mundo y que el día menos pensado revientan y se quitan la vida. Entonces es cuando las señales que emitían, porque todos emitimos señales de auxilio, se hacen evidentes, y a los seres queridos no les queda más remedio que lamentarse de no haber hecho nada cuando aún estaban a tiempo.

No son dos temas comparables por las consecuencias que conllevan, pero esto lo escribo para mostraros que aunque sean temas de vida o muerte, a veces las personas que nos rodean no nos toman en serio. A pesar de que estemos sufriendo o de que no seamos felices. Aunque vean cual es la solución, no lo dirán ni lo pensarán. Porque como se confían en que al final no haremos nada, se mantienen en su sitio.

Mi hermana, por ejemplo, siempre ha sido más lista. Ella se la pasaba haciéndose la mosquita muerta, sacaba malas notas, no daba follones más de lo habitual, y se creaba una fama de tonta a más no poder. Algo así como lo hizo Marilyn en su época. Y así lentamente fue tejiendo su plan, sin decirle nada a nadie, hasta cuando ya era inminente su realización. Y cogió a todo el mundo tan de improvisto que no pudieron negarle nada. Después de haber tenido una escolaridad bastante mediocre, en la que pasaba por la tonta de la clase ante todo el mundo y por una niña de 10 años ante las figuras paternas, se quitó la máscara y resulto ser más lista de lo que nadie pensaba, ahí el dicho de que “el que no corre vuela” le viene como un guante. La cuestión es que mientras que daba una imagen de atontada, estaba planeando su futuro lentamente, pero con constancia, y, sobre todo, sin decirle nada a nadie, lo cual fue un gran punto a su favor. Ella sólo gritó al lobo cuando ya lo tenía en su punto de mira y antes de darle al gatillo.

Tal vez el pastorcito solo quería llamar la atención porque se sentía muy solo en el monte cuidando a las ovejas. O quizás realmente viese al lobo, pero el astuto animal se escondía para de esa forma desacreditarlo y luego poder darle su merecido. El final es el mismo en cualquier versión, pero nunca nadie se para a pensar en el pastorcillo sino en los demás, en que no debería haber alertado en falso, pero sin saber el porqué de tal acto por parte del chaval. Nunca se han parado a pensar en las razones que tenía y tal vez si lo hubiesen hecho se habrían ahorrado muchos problemas posteriores. Pero eso no cambia que al final, cuando hemos decidido algo, nos crean o no las personas que nos rodean, lo llevaremos a cabo y nos atendremos a las consecuencias. Porque hay que evolucionar y muchas veces ese proceso conlleva un sacrificio.

2007

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