Ya ha pasado, he tardado una semana en “superarlo” pero ya ha pasado la fatídica fecha del 14 de febrero, día del “Amor y la Amistad” como lo llaman algunos, pero que no es más que otra excusa del capitalismo para sacarnos los cuartos o el poco dinero que nos queda con la excusa de que si nos olvidamos de ese día nuestra pareja, si es que la tenemos, nos va a odiar para siempre. Una semana antes de dicho día la verdad es que tenía ganas de meterme bajo una roca y esperar a que pasase el vendaval edulcorante. Pero por lo visto el Universo tiene un sentido del humor por lo pronto curioso. Y así y con toda la mala leche que tenía y pensando que en Cupido no es más que otro de los inútiles que tienen trabajo fijo, me he tenido que comer mis palabras con patatas o con lo que haya encontrado para acompañarlas.
En el siglo de las redes sociales y de los móviles multimedia, de los ordenadores guion móvil, guion agenda, guion lo que se os ocurra ¿queda sitio para el amor romántico? Y hago hincapié en la redundancia porque la gran mayoría de gente no se toma la molestia de vivirlo y sentirlo sino simplemente de adornarlo con arandelas y colores de la gama del rojo. ¿Es realmente Cupido un inútil o simplemente que tiene muy mala leche? ¿O es tan solo mala puntería? ¿Y cuando por fin acierta con sus flechas podemos rendirnos ante ello o nuestro pasado nos va a volver a morder en el culo?
Si alguien me llegase a decir hace dos semanas que hoy iba a sentirme como me siento me habría estado riendo de esa persona hasta caer inconsciente. De hecho, una de mis compañeras me lo dijo de forma muy inocente: “igual llega el 14 y estas con alguien”. Y le dije, como en el anuncio, que seguramente antes las ranas criarán pelo… ahora ando algo paranoico cuando le doy de comer a la mía cada noche no sea que tenga una melena de anuncio de Pantene y tenga que dejarle mi champú.
Es cierto que la vida tiene sus altibajos y su forma de darnos por la espalda cuando y como menos nos lo esperamos. Pero no quiero adelantar acontecimientos. Simplemente diré que cuando te das cuenta de que de todos tus amigos eres el único soltero que queda, te sientes como un bicho raro. Y me diréis que exagero, pero es así. Bastante tuve con tener que sobrevivir con cierta dignidad a las navidades y el fin de año. Que, aunque lo pasé muy bien me sentía como un personaje de una conocida serie de amigos en la que uno de los protagonistas se altera de forma casi graciosa cuando llega la hora de las campanadas y no tiene a nadie que le besé, puesto que según él eso le iba a traer un año entero de mala suerte en el amor. Y al final consigue un beso, aunque no de quien le hubiese gustado. Pues algo parecido me pasó a mí. Aunque la verdad es que dicho beso fue un buen presagio. Aunque a esa persona no la volviese a ver…
Y me quedé pensando en qué amigos quedaban solteros. Y me di cuenta de que ninguno. Menos claro está, la excepción que confirma la regla. Porque siempre la tiene que haber. Por lo demás todos los otros tenían novia, o novio o las dos cosas. Incluso algunos iban hasta hilar tan fino que tienen, como la leyenda de los marineros, novia en cada puerto. Como si no fuese ya bastante difícil encontrar a una sola persona y que salga bien, pues este tiene a 3 a la vez. No apruebo su elección, pero si le funciona, allá él con su vida. Yo no podría aguantar semejante estrés de tener 3 a la vez. Si ni siquiera soy capaz de hacer dos cosas a la vez, como casi todos los hombres, como para llevar 3 relaciones simultaneas. Me volvería por lo pronto bipolar.
Luego están mis amigos “normales” que tienen sus parejas. Una cada uno. Incluso aquellos que decían que no querían tener a nadie porque no era el momento. ¡Y zas! Emparejados y con vida cercana a la de los matrimonios de las películas. “Cari esto, cari lo otro”. Pues para no querer entrar en ese grupo tan “selecto” no les ha costado mucho tiempo adaptarse a las costumbres y al dialecto de esa nueva situación. Es como una autonegación: no quiero pareja, pero en el fondo sí que la quiero. Y me alegro mucho por ellos, porque en el fondo todos nos merecemos ser felices, tener alguien que nos quiera, etc. De verdad que me alegro, y no me siento celoso sino un 90%. Bueno vale, estoy feliz por ellos un 75% y solo un 25% celoso… pero porque los veía y me preguntaba qué tendría yo de malo para hacerme un repelente para las relaciones duraderas.
Es cierto que llegado un punto empecé a dudar de mí mismo, porque hasta mis exs, los psicópatas, los monstruitos y los infantiloides habían conseguido encontrar alguien que les ría las gracias, que les siga las paranoias o que sea su cómplice en el crimen “perfecto”. Y es que es muy difícil sentirte bien cuando ves que gente que no se lo merece lo tiene y tú que supuestamente “eres tan buena persona y tan majo” no encuentras nadie que te quiera o que quiera arriesgarse contigo. Porque gente capaz de ver tus cualidades siempre la hay. El problema es que la gran mayoría de esas personas en cuanto huelen algo de seriedad en tu comportamiento salen huyendo como alma que se lleva el Diablo. Que tener algo serio no significa acabar en matrimonio. O sí. A veces.
Y seré sincero. Me alegro de que mis amigos estén todos emparejados. Pero no me alegro de que mis exs lo estén. Vale que todo el mundo tenga derecho a ser feliz. Pero es como que ellos son mejores porque lo consiguen antes. Es como cuando vas a una entrevista de trabajo y contratan al candidato que estaba contigo en la sala de espera, que no tienen tantos conocimientos como tú, ni tantos idiomas, ni tanta titulación, pero solo por el hecho de que es “hijo de” ya está dentro. O peor aún es cuando sabes que ha mentido en su currículo y aun así se lo han creído.
Y me diréis que a los mentirosos siempre se les pilla, tarde o temprano, y si mientes para conseguir un trabajo, pues te echan a la calle y cogen a otro. Pero todos sabemos que eso no es verdad. Una vez que están dentro es imposible que se vayan, por mucho que el gobierno haya cambiado las leyes para facilitar el despido. Porque la mayoría de la gente va del rollo de: “más vale malo conocido que bueno por conocer” o más dichos que van en la misma línea. Pues en las parejas es lo mismo. Da igual que sean celosos compulsivos, críos o inútiles, porque una vez que han utilizado su veneno con esa persona, que se lo han camelado o convencido, ya es muy difícil que suelten a su presa o que su presa consiga liberarse de ellos.
Vamos que los que se llevan el gato al agua son los listos que te engañan o te dicen lo que quieres oír y cuando te enteras de la verdad ya es demasiado tarde para echar marcha atrás. Aunque en algunas veces pasa que se consiguen escapar de su yugo.
Pero mientras tanto yo me alegro en parte por ellos (vale un 60%) porque así no me dan la lata a mí tampoco. Han desaparecido de mi vida sin dar señales de vida y si acaso llega a mis oídos lo “felices que son” la verdad es que me da igual. Además, siempre hay un momento en el que aquel enanito volador desnudo consigue acertar. Y merece la pena porque la espera se olvida.
A veces en el sitio menos esperado y en el momento menos esperado y de la forma más tonta conoces a alguien que te hace tilín. Alguien que de repente hace que tu mundo se tambalee tan fuerte que tengas que agarrarte a lo que puedas o lo que encuentres a tu alrededor para no perder el equilibrio y caer en esa espiral que no acaba nunca. Ya no son mariposas lo que sientes en el estómago sino como si una bandada de estorninos hubiese anidado allí. Miras a esa persona y entiendes lo que tus amigos sienten cuando se ponen ñoños. Y cuando besas a esa persona deseas que el mundo deje de girar porque no quieres que ese momento se acabe jamás. Porque sabes que tarde o temprano os separaréis (físicamente) y tendréis que volver a la rutina. Aunque siempre queda el mañana o el fin de semana siguiente para volver a veros. Y esa semana la pasas contando los días y las horas hasta llegar a ver a la persona amada.
Aunque en un primer momento todo vaya contra pronóstico, a veces las cosas salen bien. La religión, la familia, la edad no tienen importancia, porque al final los que sienten esas mariposas en el estómago no son ellos. Da lo mismo que te digan cómo hacerlo o como no hacerlo, porque ellos no son los que lo están viviendo. En esos momentos miras a los ojos color zafiro de la persona que tienes delante y tu corazón late de forma diferente como si quisiese explotar dentro de tu pecho. Y sientes que todo el dolor que has sentido ya no existe. Sientes que los celos que tenías de los demás se desvanecen, que las rupturas están en otra vida pasada. Y ese pasado, aunque siga ahí, ya no tiene la fuerza que tenía cinco minutos antes. Porque una cosa que debemos tener en cuenta es que el pasado nunca volverá. El futuro no hay llegado y solo podemos vivir en el presente. Podemos aprender de nuestras experiencias, pero no castigar a la gente por los daños que nos hayan hecho. Debemos dejar que las heridas se cierren y cicatricen y prepararnos para algo maravilloso que está a punto de caer. Vivir cada día como si fuese el último y tener presente que el amor siempre debe triunfar.
febrero 2012
