Dicen que cuando estamos en dificultad o en peligro es cuando sacamos lo mejor de nosotros mismos. En algunos casos es cuando nos pone la vida a prueba cuando mostramos de qué estamos hechos. Ya no se trata de lo que dije en el artículo anterior de considerarlo todo como un concurso, sino simplemente de que a veces tienen que darnos palos para que podamos darnos cuenta de lo que valemos.
En una sociedad en la que la competitividad llega a extremos impensables, donde las pirañas y los tiburones son algo demasiado común ¿por qué necesitamos ponernos a prueba? ¿Podemos dar lo mejor de nosotros mismos sin que nos obliguen?
Si nos ponemos a pensar en todo esto, la verdad es que conozco muy pocas ocasiones en las que uno demuestre de lo que es capaz si no es en situaciones extremas o bajo presión. Y de ahí que piense que a veces es la única manera de hacernos despertar y de hacernos valer.
Muchas veces simplemente estamos esperando a que algo suceda que nos arregle la vida y nos olvidamos de que lo que realmente es importante y valioso es lo que nos cuesta el sudor y la sangre, y lo fácil de conseguir ni es gratificante ni es satisfactorio. De ahí que en realidad solo nos interesan las cosas que se nos escapan o resisten. Y es justamente porque son cosas que no podemos conseguir a la primera, que nos ponen a prueba y que solo obtendremos si damos lo mejor de nosotros.
De ahí el dicho de “menos es más” que se utiliza mucho en el ámbito del amor. Porque si os fijáis en ese sector solo aquellas personas que se nos resisten nos interesan, aunque en la mayoría de los casos una vez que conseguimos destruir todas las barreras que nos impiden estar con esa persona, cuando por fin nos hemos ganado su corazón, ya hemos perdido las ganas de estar con ella y al final la dejamos por ir tras otra persona que nos proponga un reto mejor. Sin embargo no siempre, y por suerte, es así. Pero de eso ya hablaremos otro día.
Es cierto que aquello que nos cuesta y nos las hace pasar fatal es lo que más nos satisface a fin de cuentas. Si por ejemplo hacemos unos estudios complicadísimos, en los que nos debemos dejar los ojos con los apuntes, en los que los exámenes son tan difíciles que la gente se desmaya al leer lo que se les pide y en el que las prácticas son casi una prueba de vida, y logramos superar todo eso, entonces nuestra titilación será mucho más valorada que una en la que solo por asistir te la dan. Pero digo yo, en tal caso ¿no vale mejor presentarse a las fuerzas armadas y que nos torturen allí?
Es obvio que esto es un caso extremo, pero tiene algo de verdad. Recientemente un amigo mío me demostró en carnes propias que lo que todo aquello que se nos resiste nos resulta mucho más atractivo, de hecho, como profesor debería de ser genial porque a mí personalmente me lo hizo pasar fatal. Sin embargo aprendí la lección que quería darme. Pero no voy a engañar a nadie, después de pasado un tiempo me di cuenta de todo eso, porque en lo que es el principio de la historia yo lo único que quería era prenderle fuego a su apartamento por comportarse como un perfecto degenerado y con tendencias sádicas. Pero es que a veces si no hay alguien que nos dé un buen empujón, y eso a veces duele, no nos damos cuenta de lo que tenemos delante nuestro. Y de que en realidad somos perfectamente capaces de ser autosuficientes e independientes.
Sin querer entra en detalles diré que a veces para darnos cuenta de lo que tenemos debemos perderlo. En mi caso estaba harto de la ciudad en la que vivo, de los locales a los que voy y de la gente que frecuento, porque pensaba que no me podían aportar nada nuevo ni nada interesante. Sin embargo, haber pasado unos días en una ciudad que no es la mía, en la que no conoces a nadie, ni sabes adónde ir, ni tienes a nadie que te preste su hombro te hace darte cuenta de que no todo es tan terrible. Y terminas valorando de forma más positiva todo aquello que tenías en tu hogar y que no eras capaz de ver. A veces es necesario pasar una temporada en un sitio hostil, no porque lo sea realmente, sino porque no es a lo que estas acostumbrado, para poder darte cuenta de lo que realmente tienes y de lo que importa y lo que no.
Y no fue por falta de medios, porque tenía a mi disposición un coche prestado y todo, que por cierto al ser gasolina y yo estar acostumbrado a los diésel, me pase los dos primeros días histérico al no conseguir salir de un semáforo sin que se me calara el coche o perdiendo marchas en mitad de la autovía. Pero al final a pesar de todo lo sufrido conseguí que el coche fuera bien y pude moverme de manera más o menos libre por la ciudad. Que al final terminas por conocer. Lo chungo fue a la vuelta, volver a coger mi coche, porque los dos primeros días me costó volver al antiguo juego del embrague y del acelerador. Pero todo es cuestión de acostumbrarse de nuevo.
Lo peor que podemos hacer en momentos así es pensar que nos las sabemos todas, porque eso no es verdad. Y creo que fue lo que mi amigo trató de hacerme entender, y a veces pienso que la única forma de la que dispuso fue poniéndome todo ese tipo de pruebas, tanto físicas, lo del coche por ejemplo, como emocionales, lo de estar siempre ocupado y haberme dejado tirado en la ciudad (no sin techo ni comida, que eso ya es pasarse) para ver si realmente tengo algo que dar o bien estoy vacío como mucha de la gente que nos rodea.
Yo, personalmente, estoy en contra de las pruebas que nos hagan sufrir, pero me temo que no tenemos más remedio que padecerlas, porque es cuando realmente damos todo lo que tenemos y hacemos de tripas corazón como se dice en la calle. A veces me temo que la única forma que tenemos de mostrar lo que realmente valemos es cuando nos ponen contra la pared y no tenemos más remedio que tirar hacia delante y sacar todo lo que tenemos por dentro para sobrevivir. Es en esos casos cuando nuestra verdadera fuerza sale y cuando conseguimos las cosas que realmente son importantes para nosotros. Cuando nos cuesta trabajo conseguirlo y padecemos en el proceso es cuando realmente valoramos lo que tenemos y lo que queremos, y cuando lo obtengamos nos satisfará mucho más. Es triste, pero somos así de complicados. Somos capaces de mirarle los dientes a caballo regalado porque no nos bastará nunca. Sin embargo el que algo quiere algo le cuesta.
2006