Las Dos Caras De La Verdad.

Para los que leéis a menudo mi blog, a pesar del parón que tuve hace unos meses, sabréis que yo siempre digo que hay que decir siempre la verdad y que hay que ser sinceros. Pero esto no siempre es posible ni es algo que recibamos a cambio de lo que damos. Es cierto eso que dicen de que la verdad duele, por lo tanto, lo realmente importante no solo es difícil de obtener, sino que a veces el esfuerzo no compensa. Muchas veces ocultamos las cosas por no hacer daño o simplemente porque las personas a las que dicha información concierne no serán capaces de aceptar lo que eso conlleva.

En un mundo en el que se cuida más la apariencia que la esencia, ¿podemos ser realmente sinceros? ¿Existe realmente una verdad absoluta que nos exima de toda la falsedad? ¿Y si realmente lo hace merece la pena el esfuerzo que ello conlleva?

De pequeño siempre me han enseñado que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. Pero bueno, esto es sólo la teoría porque luego la práctica es otra cosa.

Para empezar, cuando somos niños, lo primero que hacen los padres es mentirnos. Se inventan un montón de mitos sobre la Navidad o sobre los dientes de leche, y otros eventos de la vida. Como si con esto no fuera suficiente, nos engañan con cuentos populares de lobos que se comen a alas abuelitas, de sirenas y de brujas. Y luego, cuando ya nos lo hemos creído todo, porque somos crédulos, van y nos dicen que todo eso es mentira, y que encima solo los críos se lo creen, que debemos demostrar que somos personas maduras al olvidarnos de esas cosas y al ser unas personas incrédulas. Básicamente nos destrozan la ilusión a base de engaños.

Está claro que su intención no es más que hacernos tener una vida mejor y sin complicaciones, que a través de ese mundo de fantasía creen que podremos ser felices y vivir la infancia sin preocupaciones. Es una forma de hacer que todo sea más sencillo e inocuo ya que el mundo real es solo dolor y sufrimiento.

Así pues, por un lado, nos enseñan a no mentirles a ellos, pero ellos sí que nos pueden engañar a nosotros, gracias a ese vínculo unilateral de confianza y poder que ejercen sobre nosotros. La doble moralidad es algo que aprenderemos desde la infancia. Hay cosas que son mentiras y están castigadas y hay otras que a pesar de ser mentiras no están penadas.

Probablemente cuando sea padre tenga que engañar a mis hijos como lo hacen todos, ya que la conclusión a la que he llegado es que cuando somos niños no tenemos la fuerza suficiente para soportar todo lo que la verdad conlleva. Y a veces incluso cuando somos adultos carecemos de ella.

El mundo de la mentira es el mundo de los adultos, de hecho, dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Por lo tanto, únicamente cuando estamos en estado de embriaguez, si ya somos adultos, somos capaces de soportar el peso de la verdad. El resto del tiempo hemos de adornarlo todo con un montón de condimentos que nos ayuden a tragar lo que la vida nos aporta.

Básicamente podría ser como comer caracoles. La realidad es una cosa viscosa y babosa que muchas veces nos da asco y que para poder tragarnos tenemos que embellecer con múltiples salsas que son las que le dan un sabor agradable y poder de esa forma engullirlo.

El caso es que muchas veces nuestros mayores se comportan de esa forma por simple miedo a hacernos daño y por afán de protegernos.  Porque está claro que a corto plazo la mentira es segura, pero a largo plazo no, y ellos muchas veces solo se preocupan en el corto término. Lo cual es todo en su honor, pero cuando llegamos a cierta edad ya no podemos permitir esas cosas.

El caso es que cuando nos hacemos mayores, la VERDAD y la verdad son dos conceptos algo confusos en nuestra vida, porque por un lado sabemos que algunas cosas no las podemos decir por miedo a hacer sufrir a los demás y hay otras cosas que no las decimos por no hacernos sufrir a nosotros mismos.

Las dos caras de la verdad aparecen en ese momento, cuando las cosas dejan de ser absolutas y se vuelven relativas.

El caso más común de esto a lo que me refiero es cuando hay problemas familiares, sobre todo de salud, y están los familiares lejos. En tal caso, me fijo en lo que pregonan mis padres, porque suele ser bastante controvertido. Por un lado, cuando concierne a los demás, si tienes la mala idea de ocultarles la verdad, te comen vivo. Si estas de viaje en el otro lado del globo y te enfermas, lo peor que puedes hacer es decir que todo va bien, porque cuando te pillen te machacan. Sin embargo, cuando es el caso contrario, cuando son ellos los que están a miles de kilómetros, no puedes pedir ningún tipo de respuesta ni de sinceridad. La excusa que ponen siempre es la de no querer preocuparnos, la de no asustarnos ni alarmarnos y de que no podríamos hacer nada en la lejanía más que sufrir. Es una bonita excusa, el problema es que no es nada recíproca.

Esto viene a ser que hay casos en los que la mentira, que algunos llaman puerilmente piadosa, se hace realmente útil, porque nos puede sacar de un apuro peor. Es cierto que hay casos en los que el remedio es peor que la enfermedad. Algunas personas no son capaces de soportar la verdad o los errores que cometen, y en lugar de ello debemos adornar la realidad. Por ejemplo, conozco casos de cuernos en los que las parejas prefieren no saber lo que hay con eso de que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Es cierto que el saber las cosas nos hace más vulnerables, sobre todo cuando se relaciona con temas del corazón. Porque por mucho que digan, en cuestión de sentimientos siempre es difícil conservar la cabeza fría y no sufrir.

Por eso muchas personas prefieren crearse una realidad alternativa en la que viven mucho más a gusto que en la verdadera. Se convencen de que lo que hacen o cuentan es cierto, y esa seguridad en sí mismos es la que hace que esa mentira se convierta en una verdad, y no en la VERDAD. Lo cual la hace casi tan factible como la real. La cuestión de base es evitar problemas, y muchas veces la única manera de hacerlo es esconder todo aquello que no va a ayudarles a sobrevivir.

No quiero apoyarme en los dichos populares, pero la gran mayoría de ellos suelen describir mejor que nadie el pensamiento general de la gente. Después de aquel que nos previene del peligro de “ver” las cosas, está aquel de “el fin justifica los medios”. Es decir, que, si tienes que mentir para conservar a tu pareja, para que tus padres no se enteren de tu orientación sexual y se queden traumatizados, o si tienes que engañar a tus compañeros de trabajo para que no te discriminen por tu forma de ser; pues en esos casos se puede no decir la verdad.

Yo siempre he pensado que decir la verdad siempre es lo correcto, pero admito que haya casos en los que el mal que esto nos aporte sea superior al beneficio, y tonto no soy. En eso soy muy de económicas, es decir que si el beneficio es negativo no merece la pena el esfuerzo.

Sin embargo, podemos nadar entre dos aguas cuando las cosas no son muy católicas. Hay casos en los que la verdad es perjudicial, sí, existen casos en los que ser sincero es malo, en los que la moralidad se invierte y en los que mentir es lo único realmente valiente y sensato que podemos hacer.

En tales casos yo siempre digo que hay una diferencia entre mentir y no decir la verdad. Yo siempre intento ser correcto y que no me puedan reprochar nada, por lo que mentir no suele ser una práctica que me guste realizar. De ahí que busque la alternativa políticamente correcta a la mentira, que viene a ser el no decir la verdad. Aquellas personas extremistas solo reconocen dos polos: la verdad y la mentira, el bien y el mal, la virtud y el pecado capital. Es decir que para ellas o dices la verdad o mientes. Pero yo no lo veo de esa forma tan tremendista. Hay veces en las que dices la verdad, y otras en las que no dices la verdad, pero no llegas a mentir tampoco. Un ejemplo podría ser entre decirle a alguien “eres feo”, lo cual sería la verdad, o decirle “eres guapo”, lo cual es obviamente una mentira; pues yo prefiero el término medio que sería decir algo así como “no eres guapo, pero algo tienes”. Y ahí me acusareis de ser falso por intentar ser políticamente correcto.

Puede que mi ejemplo no sea muy adecuado, pero todos sabemos que hay un momento en el que debemos afrontar esa pregunta de por qué no queremos nada con esa persona que siente algo por nosotros y que no es correspondida. No puedes decirle la verdad porque le vas a hacer daño, pero la mentira también es dolorosa, incluso más que la anterior. Por eso siempre os aconsejo ser coherentes e intentar ser políticamente correctos.

Porque lo más importante en esta vida es ser consecuentes con nuestras acciones y recordar que el universo tiende al equilibrio. Cosa que mucha gente no cree, pero bueno, cada cual con sus creencias. Pero sí que os habréis dado cuenta de que la mayoría de veces toda acción tiene su consecuencia, que todo lo que hagamos a los demás nos será devuelto, por lo que os aconsejo que no le hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan ellos. Y con eso yo creo que las cosas nos irían a todos mejor y no tendríamos tantas razones por las que sufrir.

2006

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