Hay momentos en la vida en los que por razones que escapan a nuestro entender parece que el Universo conspira contra nuestra felicidad y hagamos lo que hagamos no podemos hacer otra cosa que sentir esa soledad y ese vacío que de vez en cuando nos rodea. A veces simplemente es por las inclemencias del tiempo, que nos hacen sentirnos nostálgicos de momentos que creemos que fueron mejores, otras simplemente porque no somos capaces de ver que estamos rodeados de gente especial. Y algunas veces es realmente porque tenemos que tomarnos un tiempo para estar con nosotros mismos.
En un mundo donde se compite por ver quién tiene más contactos en las redes sociales, donde el móvil nos permite hablar y escribirnos con cada vez más gente y donde la mensajería ha dado un cambio que supera casi al ordenador ¿cómo es posible sentirse uno solo en medio de tanta gente? ¿Podemos considerar que nuestra vida social fuera de esas redes sociales sea proporcional a la que tenemos dentro? O por el contrario ¿acaso no debemos fiarnos de tanto contacto virtual? Pero lo más importante es ¿por qué con tantas facilidades para tener relaciones sociales, la gente es cada vez más antisocial?
Normalmente después de una relación que ha sido tormentosa y de la que hemos salido escaldados solemos necesitar un tiempo lejos del mundo para curar nuestras heridas. Son momentos de introspección en los que queremos pensar en lo que ha pasado, en las razones de ese fracaso y en lo que debemos cambiar para que no nos vuelva a suceder. No estoy hablando de los momentos inmediatamente posteriores a esa ruptura, sino de cuando ya hemos superado el dolor y la angustia y cuando podemos realmente pensar en lo sucedido. Esos momentos son importantes para la correcta cicatrización de las heridas. Y sin embargo hay gente que se las arregla, para incluso ahí fastidiarla con comeduras de cabeza impresionantes y generando un movimiento de autoculpabilidad y autodestrucción que no lleva a nada positivo.
Esas personas están condenadas a cometer siempre los mismos errores porque no son capaces de escucharse a sí mismas, sino que oyen únicamente la capa superior de su yo que es la que les tortura. No pueden aprender de los errores y evitar volver a cometerlos porque no tienen la facultad de asimilar y digerir las cosas. Se lo quedan dentro y lo reutilizan una y otra vez para hacerse daño. Y lo más importante de todo, no pueden quererse a sí mismas, y si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer, porque no proyectaras al exterior más que esa necesidad de que te metan caña.
Y el caso es que siempre se van a preguntar por qué les pasa lo que les pasa, por qué no encuentran la felicidad o por qué siempre están solas. Cuando la respuesta es tan sencilla que no pueden verla ni aunque la tengan escrita en la puerta de casa con luces de neón: porque no son capaces de quererse a sí mismas sin ayuda de los demás.
Esa es una lección muy valiosa: el poder querernos a nosotros mismos y vernos como somos con nuestros propios ojos. Siempre cometemos el error de hacerlo a través de las demás personas, ya sean amigos o familia. Nos valoramos en el trabajo en función de los compañeros o de los jefes, no somos mejores si no nos lo reconocen. Somos siempre alguien en relación con otra persona. Somos hijos, hermanos, padres, primos, nietos, sobrinos, empleados, amantes, parejas, amigos, etc. “de alguien”. Pero no somos nosotros. Y hasta que no somos conscientes de eso no podemos pasar a la siguiente casilla.
Y es que esto es como en el Monopoly o en esos juegos de mesa que hasta que no sacas un número determinado en los dados no puedes salir de la casilla en la que te encuentras. Y esa casilla llamada soledad es aburrida y tediosa, pero es que muchas veces tenemos los dados delante de las narices, pero no somos capaces de tirarlos o incluso de ver el número que hemos sacado y que tenemos la posibilidad de mover ficha.
Siempre nos olvidamos de una pequeña cuestión, y es que aunque seamos seres sociales, empezamos nuestra vida solos, y la solemos acabar solos. Cuando estamos en el útero materno, quitando los casos de embarazos múltiples, estamos solos. Estamos creciendo, nos estamos formando, pero dentro de un ambiente que promueve la soledad, y cuando ya hemos completado esa formación es cuando podemos salir a relacionarnos con los demás. Pues en la vida muchas veces nos olvidamos de eso. De que a veces para poder crecer, para mejorar, para evolucionar, no debemos mirar a los demás. No tenemos por qué ponernos metas comparativas con otras personas, pensar en querer ser como alguien más o competir con los otros, sino simplemente mirar hacia adentro y ser felices con nosotros mismos. Tomarnos ese tiempo de retrospección sana, sin comernos la cabeza con cosas que nos vienen del exterior, y disfrutar de esos momentos de privacidad e intimidad.
En realidad, si lo pensamos con detenimiento, nunca nos tomamos el tiempo de ser nosotros mismos, de hacer lo que queremos y de disfrutar de ello. Siempre dependemos de otras personas para todo lo que queremos, pero nunca nos damos cuenta de que los mayores tesoros los tenemos al alcance de la mano y solo nosotros podemos acceder a ellos. Nos quejamos de que nadie nos quiere, cuando nosotros mismos no nos queremos, de que los demás nos tratan fatal o nos torturan, cuando nosotros mismos somos los que lo hacemos y lo permitimos. Muchos no tienen tiempo libre para dedicárselo a sí mismos y se les oye lamentarse de ello, pero es que ni siquiera se han tomado la molestia de buscarse ese tiempo para ellos mismos. No solo para escucharse sino simplemente para sentirse con uno.
Conozco muchísima gente que siempre que hablo con ella esta ocupadísima, que siempre tienen algo que hacer con alguien, que siempre están en fiestas, en cenas o rodeados de gente. Es prácticamente imposible verles solos en algún momento. Y si al principio me daban envidia porque pensaba que eran felices, con el paso del tiempo y la experiencia, pero sobre todo con los comentarios que hacen en petit comité me he dado cuenta que todo eso es una ilusión. Son incluso más desgraciados de lo que yo haya podido considerarme cuando he estado o estoy solo. Porque son gente que ante todo no se conocen, y lo poco que conocen de sí mismos les gusta tan poco que tienen que disimularlo en las multitudes. Son personas para las cuales escucharse o quererse está fuera de su alcance, y no porque no puedan, sino porque no lo ven como una opción. Sí, tienen una vida social ocupadísima, pero su vida interior es desértica. Por dentro están muertos y lo único que pueden ofrecer es una concha decorada con amistades y fiestas y citas. Pero si los pillas a solas no tienen nada que ofrecerse y menos a los demás.
Recuerdo que muchas personas me han dicho que consideran una agonía tener que salir solos, o ir a comer solos, y que antes se pierden ver una película en el cine que desean ver con ansias que tener que acudir a solas. Probablemente nunca tengan esa necesidad, pero yo he dejado de no hacer las cosas porque no tenga con quien hacerlas. Obviamente siempre es mejor compartir lo que hagamos con los demás. Que para eso somos seres sociales. Pero si nos olvidamos de compartir con la persona más importante de nuestras vidas, no podremos hacerlo correctamente con aquellos que queremos. Y me refiero a uno mismo. Si no podemos disfrutar de nosotros, no podemos pretender que los demás lo hagan. Si no nos queremos, no podemos aspirar a que los demás nos quieran.
En esos momentos es en los cuales somos realmente nosotros mismos, sin máscaras ni disfraces que nos obligamos a llevar para agradar a los demás. Podemos quitarnos esas armaduras que tanto pesan y que al final nos hacen tanto daño, lo cual era lo que queríamos evitar en un primer momento. Podemos ser lo que queramos sin referencias externas, pero sobre todo podemos disfrutar de la verdadera libertad que es no depender de nadie para poder hacer lo que realmente deseamos.
Está claro que muchas veces necesitamos una mano amiga que nos ayude a levantarnos, necesitamos que alguien nos diga lo que no queremos oír de nuestros propios labios, o ver a través de otros ojos lo que los nuestros no han aprendido a ver. Pero basar nuestras vidas en los demás es un error, porque al final siempre estaremos solos. Aunque nos rodeemos de gente que acalle las voces que nos hablan mal de nosotros mismos, esas voces seguirán ahí. Dicen que no hay peor juez que uno mismo, y suele ser verdad, porque es un juez que está harto de que le infravaloren, de que no se le haga caso y que piensa que alzando la voz o gritándonos le oiremos mejor, y todo ello porque no nos hemos tomado la molestia de escuchar lo que tiene que decirnos y luego asimilarlo.
Los grandes inventores, pensadores, científicos, escritores, cantautores, artistas en general y personas que admiramos han triunfado gracias a esos momentos de soledad en los que han podido plasmar sus obras de arte, en los que han podido descubrir, viajar, y realizar las proezas por las que los admiramos. Si no fuese por esos momentos probablemente serían personas que no habrían destacado en ningún momento de la historia. Pero han podido mirar hacia adentro y ver lo que necesitaban, y plasmarlo.
Con esto no pretendo que adoptemos todos la filosofía oriental de la meditación, de la introspección o de estar uno solo y disfrutar de sí mismo a solas, más que nada porque soy consciente de que hay mucha gente que me rodea que no sería capaz de ello. Pero sí que quiero que nos demos cuenta de que la persona que más importa en nuestras vidas, con la que hemos compartido los 9 primeros meses de nuestra vida, y con la que deberemos hacer todo el camino que hay hasta nuestro último suspiro, somos nosotros mismos. Es importante empezar a querernos un poco más y disfrutar de los momentos que nos ofrece la vida para darnos el placer de hacerlo. Y sobre todo no tenemos que olvidar que no estamos solos, que nos tenemos a nosotros, siempre.
2010