Tercera parte de Memorias De África.
En verano de 1998, me quedaba un año para entrar en la universidad. Yo tenía pensado irme a Canadá con una de las becas que daban a los extranjeros europeos con mejores notas. Pero mis padres no querían que me fuese tan lejos y la solución era quedarme en Alicante. Con mi abuela. Pero para ello tendría que hacer el último año de instituto aquí.
Después de todos los planes que había hecho para escapar de aquel infierno verde ¿había por fin llegado a conseguir mi propósito? ¿era ese un nuevo comienzo en ese mundo que tanto anhelaba? Empezar una nueva vida lejos de la anterior, en un lugar que siempre me había gustado, era lo que llevaba años soñando, pero ¿estaba preparado para esa separación?
Cuando nos fuimos en verano, no teníamos ni idea de lo que iba a pasar.
Invité a mi mejor amigo a venir a pasar unas semanas conmigo. Llevaba sin verle casi 9 meses, después de haberle contado mis secretos y que se tuviese que ir a Francia con sus padres. Y nos vimos. Lo pasamos genial. Era como cuando quedábamos en Abidjan, pero con la modernidad de España. Fue divertidísimo y vivimos muchas cosas juntos, aunque no revueltos. Cuando se fue me dijo que ojalá pudiese quedarme aquí, ya que se me notaba muy feliz, y sobre todo que aquí había chicos muy guapos.
No pensaba que eso fuese a ser premonitorio. Pero así fue. Para poder ir a la universidad en España no bastaba con haber pasado los exámenes finales del sistema francés sino además tenia que pasar las pruebas de acceso a la universidad española. No iba a estudiar dos veces seguidas o perder un año por terminar en Costa de Marfil. Mis padres decidieron que era lo mejor. Me quedaría en el Liceo Francés de Alicante, y acabaría mis estudios en el sistema francés y además podría ir a la universidad. Me daba pena separarme de ellos, un poco. Pero estaba feliz de poder quedarme por fin en España. No me lo podía creer.
Era el último año, el más difícil, yo volvía a ser el nuevo. Y era el momento de crear una primera impresión buena. Nada sencillo por culpa de los bocadillos de sardinas en pan de molde que me hacía mi abuela. Estaban asquerosos. Pero conseguir dar algo de pena a algunos compañeros, e hice algunos amigos.
Decidí empezar de cero. Buenas notas, pero sin pasarme. Ya sabía yo el precio a pagar por ser excelente en el instituto. Además de que, aunque fuese el mismo sistema educativo, había muchas diferencias en las que yo salía perjudicado. Por ejemplo, el nivel de inglés no era tan alto como el que yo tenía, por lo que tuve que pedirle trabajo extra a mi profesora de inglés. Mi nivel en lengua era malísimo pero el profesor pasaba de mí. La de lengua española no me quiso enseñar las reglas básicas del español, por lo que tuve que ir pidiendo ayuda a diestro y siniestro. Y muchos nos metían tanta presión con los exámenes finales, que incluso hubo alguna baja por estrés.
Pero sobre todo quería ser yo mismo. Eso de ir de hetero no iba conmigo. Aunque tampoco iba a reventar el armario. Fui contándoselo a algunos amigos, de aquí y de allí, tanteando las reacciones. Porque al final no era una especie de disfraz.
Volví por navidades a Abidjan. Pude ver a mis antiguos compañeros de clase o de instituto. Unos que me echaron mucho de menos, otros que no. Algunos que se alegraron por mí y mi salida del armario ante ellos. Otras que me soltaron lo de “vaya lastima, que desperdicio” cuando durante los años anteriores habían pasado de mí como de la (…). Pues que pena por ellas. Haberos despertado antes. El mundo no se para de girar por nadie. Quería volver una vez más a aquel infierno verde, para poder despedirme de esa vida, y no regresar nunca más. Y eso hice.
Mi vida ahora estaba en España. Y no era sencillo. Las clases no eran fáciles, y tenia mucho trabajo. Mi abuela no ponía mucho de su parte. Pero aún no se había convertido en el monstruo que llegó a ser en los años siguientes. No quería enseñarme a cocinar ni a limpiar, porque eso eran cosas de mujeres, y un día me casaría con una mujer que lo haría por mí. La pobre, ¡qué ilusa!
De los chicos que conocí ese verano, la mayoría habían perdido el interés. Pero otros sí querían quedar conmigo. Me llevaron de fiesta a los bares de ambiente que había en la ciudad. Por suerte con 17 años, no me hacían muchas preguntas. Pero tenía muchas ganas de ser mayor de edad. Y así dejar de ser ilegal en esos sitios, sobre todo porque conocía chicos que hasta que no fuese adulto no querían saber nada de mí. Quería vivir.
Poco antes de mi cumpleaños cayó la bomba en mi familia. Mi madre me pilló una mentira muy grande ocultando una de las veces que llegué tarde por culpa de un chico y le tuve que contar la verdad, que me gustaban los hombres. No le hizo gracia. Se puso a llorar y se fue de casa. A mi padre todavía menos. Y por una vez, probablemente la última, mi abuela se puso de mi parte.
Mis padres pidieron mis notas al instituto, y como no eran tan buenas como ellos lo estimaron, las usaron de excusa para prohibirme salir de noche. Tuve un toque de queda. Saldría para ir al instituto y a hacer la compra, pero nada más. Tenía que estudiar, pero sobre todo así ellos no tendrían la presión de preguntarse con quien estaba mientras digerían lo de mi homosexualidad.
Tardaron años en hacerlo. Pero yo no iba a permitir que convirtiesen esta nueva vida en una cárcel. Busqué las opciones que tenía para poder cumplir con el toque de queda, los estudios y poder salir. Tuve ayuda de familiares. Incluso de mi abuela, que estoy seguro de que luego se arrepintió.
Mis notas no eran malas, pero mis padres siempre habían utilizado esa excusa cuando no querían darme algo. Mi hermana, sin embargo, tenía un recorrido escolar malísimo, pero en cuanto hacía algo bien la premiaban. Mis amigos siempre me dijeron que no era justo, que, siendo el primero de la clase, estuviese casi siempre castigado, pero ella no. Los motivos eran otros que ellos no entendían. Pero me pude salir con la mía.
Acabé el año, hice mis exámenes, los pasé todos, y conseguí entrar en la universidad. No a estudiar lo que quería, pero no estaba mal del todo. No había razones para que siguiese encerrado en casa, por mucho que les disgustase a mis padres. Según ellos tendría que haber hablado de eso con ellos, muchos años atrás, cuando tenía mis dudas, y ellos me habrían ayudado. Les molestaba que se lo hubiese contado antes a mis amigos que a ellos, que les hubiese ocultado la verdad.
Pero una cosa que poca gente entiende, o, mejor dicho, que aquellos que no lo han pasado no pueden comprender, es que primero uno tiene que aceptarse y luego pedírselo a los demás. De los 15 hasta los 16 años, estuve inventándome excusas para no asumir que me gustaban los hombres. Lo pasé fatal, porque oía los chistes que hacía mi padre con sus amigos, porque sabía que en el instituto me iban a dar paliza tras paliza por ser un invertido. Porque la sociedad no lo permitiría. Ya había tenido un pequeño adelanto de lo que me esperaba si se enteraban, con las pintadas en mi mesa, y las notas y los cuchicheos en los pasillos.
Primero mis amigos muy cercanos me dieron a entender que no era un bicho raro, que había más gente como yo. Luego vi que había otros, y que eran normales y tenían vidas normales, que eran felices, y que yo también podía ser como ellos. Luego tenía sobre todo que generar el valor suficiente para contárselo a mis padres y poder aceptar las consecuencias de ello.
No les gustó nada, no querían que mi hermana lo supiese, ni mis primos, ni mis tíos, porque se les estaba yendo de las manos. Y ni hablar de sus amigos, ¿qué dirían de mí y de ellos? Lo divertido del asunto es que algunos de mis tíos ya lo sabían, por pura observación. Mis primos igual. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que eso no cambiaba nada, más bien que era de poca importancia para nuestra relación. Una de mis abuelas me dijo que ahora podríamos hablar de chicos los dos. La otra les dijo a mis padres que tendrían que mandarme a algún sitio donde me pudiesen reconvertir. Esa misma que me daba bocadillos de sardinas en aceite con pan de molde, que las mujeres están para servirnos a los hombres, que si no eres rubio de ojos azules no eres nadie, y que el que te quiere te hará sufrir, si no te tratan mal es que no te quieren. Una joya.
Ese verano conocí a mi primera pareja, con el que estuve 4 años al final. Con el que mis padres se dieron cuenta de que no era raro, y que podría tener una vida normal. Pero al haber tenido una adolescencia en una burbuja geográfica y social, lejos de todo lo que los adolescentes tienen que enfrentar para crecer como personas, no fue tarea fácil lidiar conmigo. Y me temo que esa fue una de las razones por las cuales al final no seguimos juntos. La universidad fue para mí, mi segunda adolescencia. Aunque intuyo que lo es para mucha gente, por lo que no me siento muy distinto de los demás.
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