Soñé Con África

Cuando echo la vista atrás, muy atrás, pienso que mi infancia, cuando era niño, no fue tan terrible como muchas veces lo digo. Sin embargo, la adolescencia, si bien nunca es fácil, en mi caso fue lo que peor llevé. (continúa lo escrito en Memorias De África)

No es fácil ser un adolescente, pero cuando vives a caballo entre dos continentes, pero vienes de un tercero, tienes varias culturas que se mezclan en tu vida, y eres el diferente, ¿Cómo haces para salir ileso? Cuando la globalización empezaba a despuntar y las sociedades a interactuar ¿qué precio hay que pagar por ser distinto a los demás?

Hoy se oye mucho hablar del pin parental, y de que no quieren que se adoctrinen a los niños en el colegio o el instituto porque no sea que les salgan con la mente más abierta que los padres. En los años 80 y 90 esas cosas no existían. Y eso no era mejor. En mi caso, me insultaban diciéndome cosas que ni yo sabía lo que significaban. Algunas eran de cajón, y las estuve arrastrando hasta terminado el instituto. Por mi origen colombiano, la broma de que si soy mafioso o de algún cartel, es algo que era demasiado común. Pero es que además me dejaban pintadas en la mesa de la clase diciendo que soy maric*n, cuando ni siquiera era consciente de su significado.

Los matones ya no eran como en el colegio. Estos sí te pegaban de verdad, y con más ganas si mandabas a tus amigas a defenderte. Según mi padre lo que tenia que hacer era defenderme y pegarles yo. Fácil de decir cuando eres un adulto o cuando eras el más alto de tu clase. Pero yo encima de llevar gafas, era el más pequeño, y por muchas clases de artes marciales que haya tomado, no había forma de sacar el violento que hay en mí. Así que mi solución era usar la cabeza, ya fuera para evitar confrontamientos, o bien para salir de ellos por la puerta trasera. Era cuestión de supervivencia.

Pensaba que lo suyo era tener una novia, como la mayoría de mis compañeros, que eso era lo normal. Y dado que nadie me había explicado que había otras opciones, pues tuve que probar. Las chicas que me “gustaban” huían de mí, literalmente, y a las que yo les gustaba, se comportaban conmigo de forma demasiado posesiva. Pero bueno, lo que más me preocupaba era intentar encajar. Así que se hicieron varios intentos que no salieron nada bien. Ahora sé por qué, pero en su día pensaba que era debido a que era el empollón de la clase. Que llevaba gafas y que era bajito y feo. Lo de las gafas fue divertido, un verano me puse lentillas y cuando regresé al colegio, todos pensaban que era nuevo. Cuchicheaban sobre mí. Cuando supieron quién era, el interés desapareció.

Sufres cambios en el cuerpo, y surgen nuevos deseos que no entiendes, y de los que no puedes hablar con nadie, porque eres raro. Excepto con mis amigos en España. Menos mal que los tuve y pude comprender muchas cosas de las que me pasaban. Pero no la de que por qué algunos chicos, compañeros de clase o de otros cursos, me llamaban tanto la atención. Al principio le buscaba la razón en mi soledad y falta de amigos, pero iba más allá. No había nadie que me pudiese explicar qué era eso. Y me daba vergüenza hablar con mis profesores.

Había uno en particular, del que quería ser amigo. Quería estar todo el día con él, pero no estábamos en la misma clase así que no era sencillo. Pero como yo era el primero de la clase y sus notas dejaban mucho que desear, podíamos estudiar juntos. Y eso me gustaba mucho porque siempre me recibía en pantalón corto, y sin camiseta. Lo normal vamos. Pero claro yo era malísimo en deporte, y él no. Y se le notaba. Sin embargo, no entendía mi obsesión con él. Y no podía compartirla con nadie.

Había otro chico con el que me llevaba bastante bien, porque también era muy raro. No teníamos mucho en común, pero nos reíamos mucho juntos, y empezamos a quedar a ver películas en casa del uno o del otro, y luego a salir a pasear, o al cine. Mucho más no se podía hacer. Pero entre raros nos entendíamos. E intuyo que él pasaba por lo mismo que yo.

En esa época ya se empezaban a celebrar las fiestas de cumpleaños multitudinarias. Lo llamábamos las Boom. Básicamente, el cumpleañero invitaba a un montón de gente a su casa, con música y comida, y era diversión hasta la noche, cuando todos volvían a sus casas. El que acogía corría el riesgo de que hubiese percances en su casa, como manchas de gaseosa por el suelo, ventanales sacados de sus rieles, o gente en la piscina. Sólo lo hice una vez y mi acuario acabó lleno de patatas fritas, que aquel chico que me gustaba acabo pescando de entre los peces. Si es que tenía que quererle.

Yo no era nada popular así que no me invitaban nunca, al igual que a mi otro amigo raro, por lo que nos juntábamos los dos a criticar a los demás. Nos íbamos a pasarla tarde al Hotel Ivoire, ya que además del cine, tenía una galería comercial con 4 tiendas y dos restaurantes con una heladería, unos jardines enormes, y muchos pasillos de acceso al público donde pasear. Nos imaginábamos las vidas de la gente que ahí se alojaba, y alguna vez fantaseábamos en voz alta de qué pasaría si alguno de esos clientes tan guapos nos hablaba o nos invitaba a su habitación. Nos parecía normal hablar de esas cosas, y era muy natural.

En verano tuve mi primera experiencia con un chico, y cuando regresé a Costa de Marfil, pude contársela, no había nada raro en ello. Al revés le pareció genial. Él estuvo con una chica que le gustaba mucho, pero al igual que con mi experiencia, no acabó bien. Pero ese año lo íbamos a pasar bien compartiendo historias. Sin embargo, no fue el caso. Ya que a su padre lo destinaron a otro país. Nos quedarían los recuerdos de esos paseos y esas confidencias de adolescentes, de quien nos gustaba y quien era una estúpida, o un estúpido. Pero también los programas de radio que nos inventamos y las parodias de películas que hacíamos en su grabadora los sábados por la tarde cuando no nos invitaban a las fiestas. Pero nos volveríamos a ver.

Ese verano además de lo que ya he contado, me fui de vacaciones a casa de una de las chicas que conocí cuando estuve de intercambio en EEUU dos años atrás. Yo ya tenía 16 años, pero no era el único invitado. Una de las demás chicas, sí eran todo chicas y yo, pero nadie se dio cuenta de nada, era uno de mis amores del instituto. Tuvimos un momento en ese cumpleaños que acabo con mis peces comiendo patatas fritas, ese típico momento, en el que estábamos los dos solos, sus padres todavía no habían llegado, los míos tampoco, sonaba Time After Time, nos miramos a los ojos, el tiempo se ralentizaba, pero nadie dio el paso. Y al final el momento se terminó. Yo pensaba que no le gustaba, y ella pensaba lo mismo de mí. Y ahí quedó todo. Lo que pudo ser y nunca fue. Y que ella me confesó ese verano, pero como a sus padres también los habían mandado lejos, pues mejor que la cosa se hubiese quedado en eso.

Total, que el año escolar 1997/1998 iba a ser una castaña. Mis mejores amigos una vez más se habían ido, los españoles en España. Y he de decir que con ellos nunca me sentí el raro, ni el diferente, aunque tuviese acento sudamericano, no era el más pequeño, ni el soso que no hace deporte. Pero eso solo era durante los meses de verano. Me aceptaban. No era el patito feo. Era uno más.

Me la pasaba escuchando música con el walkman o el lector de CDs. Hasta el punto de un amigo de mis padres siempre decía que era un apéndice mío. Pero no entendían que era mi escapatoria. Era mi país de las maravillas donde podía huir cuando me insultaban en clase, cuando mis notas no eran las que mis padres querían, cuando mis amigos se iban lejos, cuando no entendía por qué el chico X no me hacía caso, o por qué la chica Y se interesaba por mí y a mí eso no me hacía sentirme mejor. Era Muriel, pero sin poder huir de allí. No podía convertirme en Mariel y ser feliz.

Sin embargo, tuve una suerte que no me esperaba, y fue que uno de los pocos compañeros de clase, que llevaban años sin irse, era el DJ que invitaban a todas las fiestas, y le caía bien. Por lo que él sí me invitaba a las Boom. Y eso de repente me puso en la palestra. Otra cosa que me ayudó a ser visible, fue que mi amiga Aude era popular, aunque de otro instituto. Hicimos el pacto de que, aunque ella tenía novio, pero en Canadá, yo sería su acompañante para los bailes lentos. Recuerdo como si hubiese sido ayer, esa primera vez que pusieron una lenta, y nadie se atrevía a salir, y salimos los dos, ante las miradas atónitas de todos. Hubo un antes y un después.

Las chicas que pasaban de mí de repente ya no eran tan tiquismiquis, pero uno tiene su dignidad. Había cotilleos sobre nosotros, la gente hablaba de mí y no por mis notas. Y de repente empezaron a invitarme a las fiestas. Chicos que ni conocía o que no me habían hablado nunca. Era el consorte de la chica popular del instituto enemigo. Eso da mucho poder. Pero no todo el que hubiese querido, o, mejor dicho, yo seguía sintiéndome invisible. E indeseable.

Sin embargo, el año escolar fue mucho mejor de lo que yo esperaba, mis notas eran buenas, muy buenas. Mis amigos se iban yendo, pero no era aquel ser ignorado de septiembre. Y al final me lo pasaba tan bien como podía. Pero llegó el verano, y todo eso se acabó. Recuerdo la última fiesta ala que fui. Una de las chicas que me gustaba estaba allí. Esa noche yo era popular, bailé con ella, pero le di calabazas, ella había perdido su oportunidad cuando dos años atrás pasó de mí, era el momento de mi venganza. Los chicos por fin me tomaron en serio, era uno de ellos. Salí de la fiesta por la puerta grande, pensando que a mi regreso de vacaciones iba a ser aún mejor. No sabía que no volvería. Ese fue mi último año en África.

Continuará…Out Of Africa

3 comentarios sobre “Soñé Con África

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