Con el paso del tiempo nos damos cuenta de que algunas de nuestras vivencias ya no duelen tanto como para poder evocarlas. O simplemente ya no nos avergüenzan tanto. Incluso a veces nos produce cierta nostalgia agridulce recordar esos momentos o esos periodos de nuestras vidas.
Pues bien, aquí está la historia de mi vida en África, lo cual probablemente explique por qué soy de la forma que soy.
Vivimos en una sociedad globalizada, lo cual no era el caso en los años ochenta y noventa del siglo pasado, ¿puede crecer en otro continente tan dispar de lo que veíamos en la televisión moldearnos de forma distinta? En un mundo donde las pandemias están a la orden del día, ¿qué fue de aquel niño que venía de Colombia y se crió en África? ¿Qué experiencias tan diferentes a las de los demás puede haber tenido?
Haber estado metido en aviones desde que cumplí los 2 años era probablemente una señal de que mi vida no iba a ser la que todos se creían, allá en la ruidosa y contaminada Bogotá.
Así pues, con 4 años, casi 5, nos fuimos a vivir a España, por trabajo de mi padre. Ahí nació mi hermana, y enseguida nos tuvimos que mudar a África, lo cual es un poco incompleto ya que es un continente enorme, y realmente yo solo he estado en 4 países, de todos los que hay. Con 6 años nos fuimos a Mauritania. Solamente recuerdo arena, los fines de semana en la costa donde mis padres y sus amigos pescaban, que la carretera era por mitad del desierto, y que siempre nos decían que no nos alejásemos de la orilla porque había minas antipersonales dejadas por el frente polisario. Eso y la duna enorme donde subíamos y bajábamos cuando no nos íbamos a esos sitios de pesca.
El año siguiente mi padre fue trasladado a Costa De Marfil, y allí nos fuimos los otros 3, mi madre, mi hermana y yo. Supuestamente íbamos a estar allí un par de años y luego iríamos a otro país. Pues yo me fui de allí con 17 años ya cumplidos, y porque tenía que ir a la universidad. Ellos se quedaron muchos más años.
De aquellos años tan lejanos recuerdo poco. Sé que aterricé en el colegio sin saber hablar una palabra de francés, con el curso ya empezado, y en mitad de una clase donde no podía comunicarme con nadie. Recuerdo que unos compañeros de clase se acercaron a mí y como pudieron me hicieron entender que podía ir a jugar con ellos al recreo. Pero jugando nos golpeamos y por vergüenza y mala comunicación no quise volver a juntarme con ellos. Pensaba que me culparían de haberles golpeado, aunque no fuese culpa mía. Así que empecé un ostracismo autoinfligido. Y de paso aprendí el idioma.
Se que esa fase fue complicada y recuerdo más bien poco. Solo algunos detalles entre el momento en el que llegué sin saber nada y cuando ya era uno de ellos. Entre los cuales está la primera vez que me sacaron a la pizarra, y sé que únicamente sabía que el poema iba de ardillas, por lo que hice un dibujo con dicho animal. La profesora debió de apreciarlo porque me saco para enseñarlo al resto de la clase, y en mi cabeza era todo lo contrario, pensaba que era porque lo había hecho mal. También recuerdo que tenía muchos problemas con algunos sonidos del francés que se parecían mucho. Y que mi traducción al hablado era literal del español, en lugar de decir Yo Soy (Je suis), decía Moi je y el verbo que venía a continuación. Lo recuerdo porque los amigos de mis padres se rían de mi por hablar así. Pero eso no duró mucho. A los 6 meses ya hablaba perfectamente el idioma.
Pasado un tiempo desde aquella primera experiencia social en el recreo, fui a hablar con esos niños a los que, según yo, había hecho daño. Resultó ser todo un malentendido, y ellos pensaron lo mismo. Fuimos los mejores amigos hasta que a sus padres los trasladaron lejos, y perdí su rastro. Se llamaban Ludovic y Nicolas, eran dos mellizos. Pero no fueron los únicos mellizos amigos a los que conocí en mi vida.
De pequeño me llevaba mejor con las chicas, pero tenía varios amigos chicos. Aunque la verdad es que me llevaba mejor con los profesores, ya que me la pasaba estudiando. Y eso cuando eres un niño tiene un pase, pero cuando te acercas a la adolescencia genera más problemas que beneficios.
Antes de llegar a esa parte, es curioso cómo no gustaba que los niños y las niñas jugásemos juntos. Aunque nos daba igual y nosotros en el recreo nos juntábamos todos. Matones había de todos los tipos. Una de las chicas que media como 2 metros era una que me tenía aterrorizado, y cuando podía me daba palizas, pero el chollo se le acabó pronto. Con eso de la estatura y que se supone que los niños no pegan a las niñas, yo no podía defenderme. Pero yo guardaba un as en la manga. Y el día que me cansé de sus torturas le mandé a mis amigas a que le diesen su merecido. Aparentemente yo no podía pegarle, pero una horda de chicas ofendidas sí.
Los años escolares pasaban así. Tenía amigos que iban y venían. Por desgracia Abidjan era un destino temporal para la mayoría de adultos. Y por lo tanto sus hijos les seguían cuando los mandaban a otro país. Internet no existía y la mayoría de las veces ni siquiera nos daba tiempo a intercambiar direcciones de correo. Que dudo que hubiésemos usado al final. Es difícil mantener el contacto y crear amistades duraderas en esas circunstancias. Y cuando ves a tus mejores amigos de un par de años irse y nunca más saber de ellos acabas por tirar la toalla y te refugias en lo que puedes, unos era en el deporte, otros en los libros, y otros en los estudios.
Mi vecina Emilie, se fue al cabo de varios años, y a pesar de que su madre no estaba muy contenta de que nos llevásemos tan bien y varias veces haya intentado impedir que nos viésemos, nos hicimos muy amigos, y la pude re encontrar Facebook hace varios años. Poco después que su marcha, se fue mi amigo Gregoire, con el que pasaba la mayor parte del tiempo libre, ya que nos gustaban las mismas cosas a los dos. Pero él tuvo la suerte de que se fue también a Dakar. Así que el trío Emilie, Gregoire y yo se convirtió en un binomio. Y yo me quedé solo.
La única constancia social que tenía, aparte de Aude y su familia, pero nos llevábamos fatal, eran mis amigos del verano. Ellos no se iban, bueno, solo regresaban a Madrid en septiembre, cuando yo regresaba a África. Un par de mellizas a las que llamábamos las gemelas, pero son mellizas, y los chicos de mi urbanización. Todos los veranos y en las vacaciones largas coincidíamos en el apartamento de Alicante. Fue divertido crecer juntos. Pero era muy doloroso separarnos con la vuelta al cole. Nos escribíamos cartas, que igual alguno de ellos aún conserva de mí, con mi mala ortografía y contándoles mis aventuras en África.
Ellos seguían año tras año. A pesar de que los demás iban y venían, y eso me hacía odiar cada vez más vivir en donde vivía, porque mis amigos estaban lejos y solo los podía ver una vez al año. Mientras que los otros, estaban ahí, todos los días, en clase, pero en cuanto me hacía amigo suyo, desaparecían. Hay tantos que no recuerdo bien todos sus nombres.
Me refugié aún más en los libros y en los estudios. Al final yo no era como ellos, rubio y alto, yo llevaba gafas y era el que ponían en la primera fila en las fotos de clase. Los profesores me encontraban entrañable y me hablaban, y los chicos y las chicas se difuminaban en mi memoria. Pero el año escolar siempre llegaba a su fin, siempre, y yo volvía a España a ver a mis amigos, y poder contarles lo que se me había olvidado en las cartas. Podíamos volver a ser niños y pasarlo bien.
El verano se acababa, y nos volvíamos a ese infierno verde y caluroso, donde mis amigos eran todos en letras, ya fuera por sus cartas o por los libros, relatos de aventuras que me ayudaban a huir de esa vida. La música se convirtió en un oasis para mí, pero como la mayoría era en inglés, no entendía gran cosa. Así que decidí aprender inglés. Quería saber qué decía Madonna en el Blond Ambition Tour de Barcelona, que mi hermana y yo veíamos en bucle en el desgastado VHS que teníamos. Quería que el tiempo pasara más rápido y volver a ver a mis amigos españoles.
Clases, exámenes, notas, profesores, compañeros de clase, cumpleaños yo solo con mi hermana, otros con algunos amigos que no se habían tenido que ir todavía, pero que al año siguiente ya no estarían. El tiempo pasaba. Ya no era un niño, o mejor dicho no del todo. Poco a poco iba entrando en la adolescencia, y si ya de por sí es un momento complicado. Cuando eres el empollón de la clase, el raro, el diferente, el de otro país y llevas gafas, eso no mejora. Es curioso porque mis mayores adversarios a la hora de estar en el podio de las mejores puntuaciones eran chicas, guapas y simpáticas, encima de populares. Todo lo contrario a lo que yo era. Soñaba por dejar de ser el patito feo.
To be continued… Soñé Con África y Out Of Africa
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