En su disco llamado Life For Rent, la cantante Dido puso una canción, que sacó como single llamada Don’t Leave Home, o en castellano “No te vayas de casa”. A primera vista parece un tema de amor argumentado a través de una balada bastante bien conseguida. Y así lo han creído muchos de sus fans y demás amantes de la música en general. Pero nada más lejos de la realidad. Según la propia autora, ese tema trata de la adicción. Y es cuando la letra toma un significado oscuro que no hubiésemos imaginado. Y en realidad es cuando pensamos que la traducción correcta del título es más bien “No salgas de casa” y pega mucho más con algunas estrofas de la canción.
No voy a contar toda la canción, pero sí que me resultó curioso que una balada que a primera oída va de una persona que le dice a otra que desde que ha entrado a su vida ya no necesita a nadie más, pueda ser en realidad un tema que trate de las adicciones. Lo cual me dejo pensando en lo que tienen en común ambos temas. El amor y la adicción. ¿Cuándo dejamos de querer algo normalmente y nos obsesionamos con su posesión? ¿A partir de qué momento podemos considerar un simple e inocente placer como una adicción?
Hoy, a la hora de comer, un compañero del trabajo comentaba lo incomprensible que le resultaba que un “vicio” como el fumar, empujase a ciertos compañeros a salir a hacerlo con el frío que hacía en la calle. Y ciertamente, si lo pensamos de forma racional, tiene que tener mucho enganche para obligarnos a someternos a las condiciones climáticas adversas que estamos teniendo con tal de satisfacer dicha necesidad.
A partir de ahí estuve pensando en lo que realmente nos motiva en esos vicios, y de por qué son tan atractivos y tan posesivos, a la vez que se liberan por completo del raciocinio y de la lógica más básica.
Si hablamos de drogas, de alcohol o de tabaco, todo el mundo se permite opinar. Pero no todas las adicciones son tan simples ni tan “bien vistas”. Porque hemos de admitir, que, aunque socialmente se les tenga en la mirilla, hay muchas más que no son las que ya he citado, y que por su desconocimiento se les tiene como más tiricia. No todo es fumar, beber o drogarse. Hay más cosas en esta vida, que a veces no las consideramos como vicios, y que sin embargo nos alienan de nuestra voluntad. Ejemplos simples son la televisión, los videojuegos, el sexo o las compras. De hecho para este último sector existe el término comprador compulsivo que se refiere a aquella persona que realiza la actividad económica sin pensarlo.
La palabra “compulsivo” suele ir asociada a la adicción, ya que como su definición reza se trata de algo que hacemos de forma irracional. O al menos sin darnos cuenta de ello y de manera exagerada, porque no se trata de un acto reflejo, sino de la repetición hasta la saciedad de ese comportamiento reflejo, y de forma enfermiza. Por lo tanto podemos considerar que cuando realizamos una acción sin ser conscientes de ello y de forma repetida estamos adictos.
Ahí me diréis que la respiración no es una adicción. Pues es un error. Lo primero que tengo que recordar es que el oxígeno se considera una droga, y por eso en los aviones, cuando hay problemas suelen soltar las máscaras de O2 y de esa forma nos abstraen de la fatal realidad que nos espera. Y por otra, dejad de respirar y me contáis después si lo que se siente no es igual que cuando tienes el mono. De hecho muchas veces se asemeja el estado de falta con el “no poder respirar”.
Aparte de la irracionalidad del acto, también entran en juego unas fuerzas poderosas que nos sumergen y controlan nuestros actos. Muchas veces, cuando padeces de una adicción, te ves realizándola sin saber por qué. Y lo más curioso es que no te das cuenta de cómo has llegado ahí. De repente te encuentras en el bingo, como si alguien te hubiese poseído y hubiese tomado las riendas de tu cuerpo y voluntad y te hubiese llevado hasta ahí. Realmente no tenemos el control ni de nuestros actos ni de nuestra voluntad. Hacemos las cosas controlados por el vicio.
Entonces se entiende que mis compañeros fumadores sean capaces de salir a la terraza a fumar, a pesar de que llueve o se los lleve el viento: no pueden evitar no hacerlo, es más fuerte que ellos, y lo hacen de forma irracional.
Luego, lo curioso de las adicciones es que lo que nos engancha no es la acción en sí sino sus consecuencias o sus efectos. Por ejemplo el tabaco o el alcohol, no es que tengan unos sabores geniales, pero lo que hace que nos enganchemos son las sensaciones que producen. La desinhibición que nos dan un par de copas son un efecto muchas veces buscado por la gente, y poco a poco se dan cuenta de que no son capaces de afrontar los retos si no es con esa pequeña “ayuda”, por lo que recurren a ella cada vez que pueden.
En cuanto al tabaco, el efecto relajante es lo que más engancha. Porque no me creo que haya gente que diga que el sabor que tiene un cigarrillo sea agradable. Exceptuando los mentolados. Sin embargo el bajón que pega sí que es el efecto que se busca y que engancha.
Al parecer con las drogas duras pasa lo mismo, no es el producto en sí lo que nos posee, sino más bien sus consecuencias sobre nosotros. Si nos permiten huir de la realidad, es esa vía de escape lo que buscamos y lo que echamos de menos, lo que necesitamos y lo que anhelamos con todas nuestras fuerzas. No es el producto en sí mismo. De hecho, si se descubriese otro producto que nos proporcionase tales sensaciones sin ser una “droga” lo aceptaríamos enseguida.
Casi siempre es la intención de perder la responsabilidad sobre nuestros actos lo que nos lleva a probar estas substancias. El poder escaparnos de nuestras propias vidas, porque no podemos afrontarlas o porque no sabemos cómo hacerlo. Al estar bajo los efectos del alcohol o las drogas, no podemos ser responsables de nuestros actos, podemos comportarnos como queramos, sin la consecuencia de la conciencia y la moral que nos entorpezcan nuestros actos. Es esa liberación la que se busca muchas veces por medio del tabaco, el alcohol o las drogas. El suprimir el súper yo y atontar al yo, para que el eso sea quien se libere de las presiones que le ejercen los otros dos. Es cuando dejamos libre a nuestro lado reprimido.
Hay otros vicios que son menos fáciles de establecer. Por ejemplo el sexo, ahí es más bien lo contrario. Porque si bien pegar un polvo es placentero, si se hace de forma indiscriminada, cuando se pasan los efectos del placer, nos quedamos igual de vacíos, por lo que no se busca el efecto a largo plazo, sino algo más bien instantáneo y simultáneo a la acción adictiva. Las dos cosas se producen a la vez.
En el caso del amor viene a ser más o menos lo mismo que con este último. Si lo pensamos con detenimiento, cuando estamos colgados por alguien, es decir enamorados, padecemos los mismos síntomas que durante una adicción. Sentimos una necesidad física y dolorosa de estar con el ser amado, y cuando no podemos cumplir con ello, nos cambia el temperamento, llegando a entrar en estados de cólera inexplicable y sobre todo irracional.
Ya no es ningún secreto que cuando estamos enamorados, el cerebro produce unas substancias que tienen en nosotros los mimos efectos que las drogas duras. De ahí que no sean sorprendentes los síntomas que padecemos al estar bajo el influjo del amor. Nuestro pulso se acelera, tenemos cambios de humor y de temperatura que no responden a ninguna lógica, vivimos en un mundo fuera de la realidad en el que las sensaciones negativas son mitigadas y las positivas magnificadas. Algunas veces incluso alucinamos, en cierta medida.
Y cuando se rompe la relación, aquel que se queda colgado, porque siempre de las dos personas hay una enamorada (adicta) y otra que no lo está; pues el primero es quien realmente lo pasa fatal. Entonces demuestra poseer todas las señales del “mono”. Se cabrea, se pelea con todo el mundo, se vuelve irascible, y siente un dolor físico real al no poder tener su chute de amor con la persona querida. Es por lo tanto comprensible que, en esos momentos, muchos de nosotros nos sintamos mal, con depresión y con el síndrome de abstinencia en todo su esplendor.
Aquí es donde creo que quería llegar Dido con su canción, a que el amor es una adicción más.
En 1998, Natalia Imbruglia sacó una canción llamada One More Addiction (Una adicción más) en su disco Left Of The Middle. Aquí no hay duda alguna, ya por el título o por el tempo que tiene la pieza musical de que no es una canción romántica. Y de hecho termina repitiendo varias veces “Es lo único que sé cómo hacer”, refiriéndose a que, al final, aquello que nos hace adictos a es lo único que sabemos hacer correctamente. Hemos perdido la capacidad de hacer otra cosa. Porque realmente, cuando nos dejamos poseer por completo por ese vicio, perdemos todo control sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Ya no somos un ser activo, sino que nos dejamos dominar por la adicción hasta que nos termine por llevar adonde quiera, generalmente a la autodestrucción.
2008