Hay momentos en la vida que son decisivos para que nos demos cuenta de que algo va mal en la relación que tenemos y que pensábamos que es perfecta. Un día abrimos los ojos y nos rendimos ante la evidencia de que la persona que pensamos que nos quiere más en este mundo, aparte de eso, quiere destrozarnos para que no podamos vivir sin ella. Somos conscientes de que hemos entrado en una espiral de amor-destrucción que si no podemos romper y salir de ella, nos llevara a un final inesperado y muy alejado del que pensábamos. No somos capaces de discernir cuando las cosas se torcieron, cuando empezamos a sufrir o cuando dio lugar el primer maltrato, pero a la vista de las consecuencias que ello conlleva en nuestras vidas o tomamos una decisión drástica o es nuestro fin.
En un mundo donde tendemos a la norma, donde todo se hace cada vez más común, ¿cómo podemos reconocer los signos de que algo está podrido en nuestra vida? ¿Realmente somos capaces de romper con esa rutina destructiva y salvarnos? ¿Cuándo y cómo debemos decir basta?
Normalmente no somos capaces de darnos cuenta del punto sin retorno en el que las cosas se empezaron a torcer, de exactamente el momento, la hora y el acto que nos mandó irremediablemente hacia el olvido. Pero ese punto de inflexión siempre existe, y no siempre es culpa del que nos lanza al limbo, a veces dejamos que esa persona lo haga, le damos el poder de destrozarnos, ya sea por fuera o por dentro.
Vivimos en una sociedad fuertemente marcada por la religión, la cual nos dice que siempre debemos poner la otra mejilla cuando nos cruzan la cara. Desde allí nos enseñan a ser maltratados y a estar orgullosos de ello. Los mártires no son otra cosa que gente que ha muerto por una causa perdida, para dar el ejemplo y no dejar que se pervirtiesen sus creencias. La muerte es la consecuencia final y más terrible del maltrato. Pero no debemos confundirnos con ellos, porque nuestras creencias muchas veces no merecen el precio que pagamos por ellas, y más si es nuestra dignidad o nuestra vida. El amor es importante, y precioso, pero no como para que demos todo a cambio de recibir una puñalada en la espalda por la persona que pensábamos que merecía la pena el sacrificio.
Samantha en Sexo en Nueva York lo dijo de una forma no más clara: Fuck me bad once shame on you, fuck me bad twice, shame on me. O, en otras palabras, si me jodes, la primera vez es culpa tuya, la segunda es mía. Porque somos nosotros los que hemos permitido que eso suceda más de una vez. En la primera nos puede pillar por sorpresa, pero solo esa, la segunda somos culpables de dejar que nos vuelvan a hacer daño por no haber tomado las medidas preventivas para evitarlo. Esto quitando los casos en los que la víctima no es responsable, porque no puede defenderse o porque no es la que ha generado el cambio de poder, como pueden ser los niños o los animales, en cuyo caso no tienen la culpa de que hayan entrado en esa dinámica perversa.
El maltrato no es solo físico, con las marcas visibles que eso conlleva, que a veces intentamos ocultar o no, sino puede ser emocional, y ese es más difícil de ver y por tanto más complicado de tratar y de solucionar.
Cuando ya no queda nada más que perder, ni la dignidad robada, ni el cuerpo maltratado, ni el amor destrozado, ni siquiera consideramos que nuestra vida se pueda salvar. Cuando no queda más corazón que romper, porque ya ha sido hecho trizas tantas veces que no es más que un amasijo de pulpa. Cuando no queda ningún sitio más donde escondernos de nuestro agresor, pero sobre todo de nosotros mismos, que somos los que hemos permitido que tenga ese poder sobre nosotros. Cuando ya no queda nada más por intentar para poder salir adelante, para que recuperemos nuestra vida y nuestro amor merezca la pena el sufrimiento obtenido; es cuando debemos recurrir al poder más grande que tenemos, y es el de parar las cosas, el de tomar las riendas de nuestra vida y decir “adiós” a la persona que nos ha hecho daño.
Algunas veces no nos creemos capaces de hacerlo, porque tenemos miedo a sufrir, más de lo que ya estamos acostumbrados durante el maltrato. Otras tenemos miedo de quedarnos solos, de ser los culpables, nos avergonzamos de nuestra debilidad o en los peores casos es todo lo anterior además de un miedo real porque pensamos que es demasiado tarde para salir de rositas de esa relación. Creemos o sabemos que si nos marchamos esa persona acabará con nosotros. Pensamos que estamos solos ante la vergüenza de nuestra derrota y no somos capaces de pedir ayuda. Nos negamos esa salida y preferimos seguir sufriendo en silencio. A veces pensamos que no tenemos otra opción porque nos hemos acostumbrado a pasarlo mal, porque creemos que nos lo merecemos, en cual caso los culpables somos nosotros casi siempre; o porque las consecuencias de una ruptura nos resultan un precio más alto que pagar que el seguir dentro de una relación sadomasoquista, donde uno pega o hace daño y el otro recibe y se alegra de hacerlo porque se piensa que se lo merece. Otras veces nos sacrificamos porque pensamos que nuestra causa merecerá el reconocimiento posterior, porque pensamos que hay algo más grande y más fuerte que ello y que vale la pena el dejar que nos destruyan para salvar un bien mayor.
Pero la gran mayoría de las veces no es así. Sí, somos culpables, pero porque hemos dejado que la serpiente entrase en nuestro jardín. La hemos alimentado, hemos visto como crecía y cuando nos ha mordido hemos dado las gracias, le hemos enseñado nuestros puntos débiles, nuestra diana y como poder acceder a nuestro dolor, y además le hemos dado las armas con las cuales hacerlo. Y cuando lo hace lo primero es que no nos lo creemos, y luego simplemente nos autoconvencemos de que no pasa nada y que todo volverá a la normalidad. Muchas personas tienen el don de descubrir todo ello sin que nosotros se lo mostremos. Creen que si consiguen hacerse irremplazables e imprescindibles en nuestras vidas podrán seguir morando en ellas a pesar del daño que nos causen. Por un lado nos maltratan de la forma que mejor se les da, pero por otro son los que nos alivian los dolores.
Un ejemplo de ello es aquel que sabe que si te sientes solo sufres, que necesitas estar con alguien para sentirte bien, entonces te tortura de formas diversas, para que te sientas mal, pero cuando ya has llegado a un punto que considera el adecuado, te abraza, te cuida y te dice que siempre estará a tu lado. Genera un patrón doloroso para hacerse importante ante tus ojos, y luego te da el remedio a dicho sufrimiento, que parece ser que es el único que lo puede administrar, de forma que genera en ti una especie de adicción que para él es segura, porque nunca le dejarás. Ha encontrado la forma de ser la enfermedad y el remedio a posteriori que te la cura. Y vale que la culpa no es de uno, pero no debemos permitir que esa persona se salga con la suya, hemos de recuperar las riendas de nuestra vida. Podemos reconocer nuestras debilidades y gracias a ello ser conscientes de cuales son y de cómo la pueden utilizar contra nosotros, y de esa forma protegernos de los maltratadores.
Pero no todo se resume al amor. Por desgracia hoy en día tenemos que lidiar con gente que se aprovecha de sus fuerzas y del poder que tienen sobre nosotros, también en la vida laboral. A todos nos ha pasado que en algún momento de nuestra vida hemos sido explotados vilmente sin ningún miramiento por empresarios que lo único que quieren es su beneficio personal. Al igual que los amantes que simplemente buscan, por puro egoísmo el asegurarse algo que de otra forma no conseguirían tan fácilmente o que piensan que pueden perder si son honestos, muchos de los jefes que hemos tenido en nuestra vida han abusado de nuestra posición de desventaja, si la había, o de su posición de poder sobre nosotros. Nos han hecho contratos basura, pagado 4 duros o infravalorado en el trabajo, nos han obligado a trabajar horas extra gratis, a hacer cosas que no nos correspondían, vamos, lo que les ha venido en gana, bajo la amenaza de conseguir a alguien que sí pase por el aro, a alguien que trabaje tanto y por menos dinero. Nos han amenazado con el paro, que es casi la mayor preocupación de la población a día de hoy; lo han hecho con la excusa de que pronto las cosas irán mejor, cuando todos sabemos que no es así, o con conseguir a alguien que nos sustituya, y que aunque no lo haga igual de bien, lo hará sin quejarse y por menos.
Más de uno hemos aceptado trabajar sin contrato, o con contratos que no reconocen nuestro trabajo, por menos dinero que el que nos corresponde, hemos aceptado que nos humillen, que nos hablen mal, que hagan con nosotros lo que quisiesen, hasta decirnos lo que debemos hacer en nuestra vida privada; por miedo a perder algo que en el fondo no nos merecemos. No hemos tenido el valor de enfrentarnos a la realidad de que nos maltratan, de que abusan de nosotros, de que les estamos dando el poder de hacerlo, y de que somos los únicos responsables de todo el daño que nos puedan causar.
A veces merece la pena hacer un pequeño esfuerzo, de pasar algo de dolor por algo que consideramos que lo vale, y en esa decisión nadie puede interactuar excepto uno mismo. Pero para poder tomar esas decisiones hemos de ser muy conscientes del precio que estamos dispuestos a pagar, de las consecuencias de nuestros actos, y de a quien estamos metiendo en nuestra vida, de las armas que le estamos dando y de cómo pueden utilizarlas contra nosotros. Hemos de saber contrarrestarlas y defendernos de ellos. Pero sobre todo hemos de saber que podemos contar con nuestra familia o nuestros amigos para que nos ayuden a ver cuándo algo no está funcionando bien. Nos olvidamos de que el dolor es la señal de que algo funciona mal y en lugar de pedir ayuda nos encerramos en ello sin ver lo que pasa a nuestro alrededor. Tenemos que poder ser capaces de pedir que nos aconsejen y si es muy tarde que nos saquen del limbo en el que hemos permitido que nos metan. Hemos de aprender a contar con aquellos que nunca nos harían daño.
Ya en 2009 escribía sobre el maltrato que yo mismo iba padeciendo con las personas con las que había estado. Y una cosa os digo. Si me hubiese tomado el tiempo de releer lo que había escrito, con algo de perspectiva, como hago aquí y ahora, la de sufrimiento que me habría ahorrado. Porque todos tienen un patrón común del que ya he hablado antes, en The Good Wife, y en los demás textos que tratan de mis exs o de mis relaciones pasadas. Pero reconozco que no estaba preparado para ello. Y probablemente de haberlo hecho, no me habría dado cuenta.
Un comentario sobre “Hold Me, Thrill Me, Kill Me.”