Sé que este título suena muy provocador, y más en las fechas en las que estamos, pero es algo en lo que llevo pensando un par de semanas, y ha dado la fatal coincidencia que hoy me he decidido a hablar de ello.
Obviamente con este artículo no me refiero a las elecciones políticas, ni las de los delegados de case o de los enlaces sindicales. Me refiero a cuando le damos la elección a las demás personas sobre temas que nos conciernen. Cuando sales con alguien y le das a elegir la película que vais a ver, o bien la cena que vais a comer o adonde vais a pasar las vacaciones. Pero no solo sucede en pareja, también pasa con los amigos o la familia. O simplemente cuando hay que decidir una cosa entre dos opciones.
Hoy en día si nos fijamos en las ofertas que nos rodean, nos daremos cuenta de que incluso para una chorrada como puede ser el papel del WC, que al final va a terminar donde todos ya sabemos, nos dan a elegir entre tropecientas variedades diferentes. En el mundo de las decisiones, las opciones y las elecciones, ¿somos realmente libres de decidir? Cuando el objeto de la duda se convierte en nosotros mismos ¿nos queda la esperanza de ser los elegidos? ¿qué sucede con los descartes? ¿adónde vamos cuando somos rechazados a favor de alguien o de algo mejor?
En el mundo de la música, el tema de los descartes suele tener mucho gancho y dar mucho de sí. Sobre todo, cuando se trata de artistas muy famosos o fallecidos en plena gloria. En el caso de Aaliyah, los descartes de sus discos anteriores han servido para sacar un recopilatorio y luego otro álbum más después de su muerte, y así seguir el filón que suponía la cantante. Es un tema que suele emplearse mucho por las empresas discográficas. Siempre se guardan esos temas ocultos, que no fueron elegidos en su día para ver la luz en su respectivo momento, y así poder chupar de la teta un poco más.
Muchos artistas suelen reutilizar esos temas que han sido rechazados en un primer momento para fines lucrativos. Lo curioso es que algunas veces se dejan de lado verdaderas joyas para privilegiar a temas más comerciales pero vacíos, que tal vez pegan más con la moda del momento. El espacio que dedican al disco suele ser relevante a la hora de decidir qué temas se incluyen y cuáles no. Por lo general, a pesar de que los CD’s de hoy en día tienen capacidad de albergar hasta 80 minutos de música, no suelen durar más de 60, y llevar unos 10 o 12 temas. Los demás, que podrían llenar el espacio en disco se desechan o se dejan de lado para futuros momentos de penuria creativa o monetaria.
Algunas discográficas suelen reutilizarlos para fines económicos, al agregarlos a ediciones especiales de los LP’s, re-ediciones o incluso caras B’s de los singles más vendidos y así, de paso, se aseguran que los fans del artista van a procurarse absolutamente todos los discos que saque. Y si no, se los guardan a buen recaudo y les echan mano en caso de necesidad.
Lo mismo suele suceder con el mundo del cine, donde las escenas eliminadas suelen encontrar su refugio en el DVD como material adicional, o como forma de rentabilizar un lanzamiento para uso doméstico. Las ediciones especiales, nuevamente, vuelven a ser las que recuperan esos descartes para darles un poco de interés a los compradores, para incitarles a consumir, ya que van a tener algo que no se ha visto antes (más que nada porque nadie lo quería en su momento).
En conclusión, se puede decir que ser un descarte en el mundo del arte no es mala cosa, porque tarde o temprano sales a la luz e incluso puedes tener mucho más éxito que el tema, el video o la escena por la que te han dejado de lado.
Cuando hablamos de personas ya no es tan fácil ser objetivo e imparcial, porque entran en juego los sentimientos de las personas.
Por un lado, siempre he dicho que no hay que ser segundo plato de nadie. Porque no nos debemos conformar con ser la segunda opción de la gente. Y esto suele pasar muy a menudo. Porque por lo general quedarse en reserva no suele decir mucho a favor de lo que la persona piensa de nosotros, que no valemos lo suficiente para ser una primera opción, pero que sí lo bastante como para dejarnos perder. Es decir, que nos consideran un salvavidas.
Me he dado cuenta de que la gente siempre suele tirar a lo más fácil cuando se les da a elegir. Por lo general siempre prefieren lo conocido, lo fácil y lo seguro ante la posibilidad de tener algo más. O al menos es lo que me ha venido a pasar últimamente.
No es que me queje, o sí, pero es que me ha parecido curioso que siempre soy yo el que les da a los demás la posibilidad de elegir. Y al final si el objeto de litigio soy yo ante algo más simple (ser soltero y putero) siempre salgo perdiendo yo. Lo cual es curioso porque la excusa siempre es la misma, y no la pongo en duda, pero al igual que los descartes parece ser que es preferible dejarme de lado porque soy demasiado bueno para ser un single… bueno, yo sinceramente no lo entiendo bajo esos conceptos, simplemente pienso que es más fácil pasar que involucrarse.
Recuerdo que en el instituto siempre nos decía lo mismo la profesora de matemáticas y luego las demás de ciencias: cuando tenéis dos teorías, siempre la más simple es la correcta. Es cierto que a mayoría de las veces en cuestiones científicas viene a ser verdad. Casi siempre la respuesta más corta y más fácil es la que sirve. Lo mismo cuando estaba en la autoescuela, el profesor siempre me decía que cuando tenía dudas entre dos respuestas posiblemente correctas, que siempre optase por la que más seguridad entrañaba, porque era la correcta. Y en los exámenes de tipo test, dicen que la correcta es la que primero hemos elegido, porque las dudas que tengamos después son las que nos van a inducir a error.
Lo cierto es que cuando tienes la posibilidad de escoger entre dos opciones, siempre vas a pillar la que más te interesa, la que más te aporta, o el menor mal de ambos. Porque seamos sinceros: todos somos egoístas y al final pensamos únicamente en nosotros mismos. Todos hemos tenido el momento elección de equipo cuando éramos pequeños y nos tocaba hacer deporte. Algunas personas aún siguen en esa etapa, pero otras muchas ya lo hemos dejado atrás, olvidando el mal rato que nos hacían pasar. En mi caso, como yo siempre he sido más bien estudioso, al menos hasta que llegué a la universidad y las tornas se cambiaron, el deporte siempre fue algo secundario, y como tal no era bueno en ello. De hecho, recuerdo que siempre era el último a ser elegido para formar parte del equipo de fútbol, de baloncesto o de balonmano. Después del tullido, del cojo o del tuerto me tocaba el turno a mí. La verdad es que se podrían haber ahorrado el esfuerzo, porque a los cinco minutos de haber empezado el partido me sacaban a chupar banquillo. Por lo tanto, no había forma humana de mejorar en el deporte y por lo tanto de poder ser mejor elección de la que ya era. Por un lado, era malo y si encima no me daban la oportunidad de aprender, pues no podían pretender que mejorase.
Pero no siempre tenía tan mala pata. Porque sí que había deportes en los que o bien elegía yo o bien era el primero a ser escogido. En natación, por ejemplo, siempre hacia equipo yo, y cuando se trataba de carreras de relevo, me ponían siempre como el primer elegido o el que tenía que recuperar, porque sabían que el equipo ganador era en el que yo estuviese. Si bien eso es halagador, es una mierda cuando lo piensas en frío o con alguna perspectiva. Esos compañeros que tanto me hacían la pelota y que dependían de mi en los deportes acuáticos, eran los que me dejaban tirado en los demás.
Si yo no hubiese sido ideal para su finalidad, que era la de ganar los partidos o las carreras, hubiesen pasado de mí como en otras ocasiones ya lo hicieron. Y luego dicen que no son egoístas.
En las relaciones viene a ser muy parecido. Si la persona que tienes delante te ofrece lo que buscas la eliges, y si te pone alguna pega o si el esfuerzo no merece la pena, pues pasas, y mala suerte. No tiene más miramientos, es una decisión y punto. La última vez que me sucedió fue en un caso en el que podría haber pasado un fin de semana conmigo y en lugar de ello prefirió irse de marcha a otra ciudad. En lo que me concierne me queda claro que esa persona ha elegido algo en lo que salgo perdiendo y que no me merece la pena ser perdedor en ese tema. Puede sonar a soberbia o a prepotencia, pero creo que si no ponemos límites nosotros mismos al final terminamos cediendo hasta el punto de ruptura. Que yo no valgo más que una salida por Murcia, pues está claro que esa persona no merece la pena que pierda mi tiempo con ella. Después de todo, puede que no sea yo el que elige, pero sí soy yo el que toma la última decisión acerca de si vale la pena darle una segunda oportunidad o no. Hay otros casos en los que soy consciente de que lo que ofrezco no compensa a la otra persona y no tengo más remedio que tragar y aceptar la derrota. Pero siempre me queda la esperanza de que un día sí que valga la pena el esfuerzo y me elijan a mí. Sin embargo, yo no soy una persona pasiva de las que se quedan esperando bajo la lluvia a que llegue la persona indicada, sino que prefiero luchar o al menos ponerme a salvo. La mejor manera de evitar ser descartado (cosa que no pueden hacer las canciones) es ser el que elige, ya que seremos nosotros los que llevamos la sartén por el mango.
2006