A pesar de ser el título de una canción de Natalie Imbruglia, no tengo previsto hacer el comentario de dicha canción sino una reflexión sobre las cicatrices que nos deja la vida, ya sea autoinfligidas o accidentales.
Todos las tenemos, ya sean las que nos hicimos de pequeños montando en bicicleta, cuando nos hemos cortado con algo, nos hemos caído de los columpios o del tobogán; las que nos dejan los seres queridos cuando se marchan o cuando nos hacen daño sin querer, las que nos dejan nuestras parejas cuando se van o las que dejamos cuando nos vamos. Y por último están aquellas que nos hacemos a cosa hecha, como pueden ser tatuajes o piercings.
En un mundo donde existe un arte llamado quiromancia que se basa en la lectura de las líneas de la mano para predecir el comportamiento de una persona o incluso su futuro, pero que por otra parte se dedica a borrar las marcas del pasado utilizando toxinas y recortes en la piel, ¿qué marcas son las que estamos orgullosos de llevar y cuáles son las que nos avergüenzan? ¿Hay cicatrices que podemos ocultar o superar? ¿Hay algo que nos permita vivir con ellas de forma orgullosa?
La quiromancia es una de esas técnicas esotéricas que trata de la lectura de las líneas de la mano. Podéis creer o no en ella, pero eso no le quita valor a la práctica, que es por lo menos curiosa. Ya que entiende que la personalidad de la persona, sus defectos, sus fallos y sus virtudes están plasmadas en las líneas de la mano y los dedos, en la posición de estos y por último en la forma de ella. Ya no solo eso sino que además algunos pretenden predecir el futuro a través de esta técnica. Lleva miles de años en nuestro mundo y sigue estando tan de moda como la lectura de las cartas del tarot o la astrología. Pero en lo que me quiero centrar es en que hay una técnica de conocimiento basado en las arrugas que tenemos en una parte del cuerpo, marcas de expresión que considera que son importantes para conocer a una persona.
El lado opuesto a esta técnica no es la ciencia y el empirismo, sino la moda actual que tiende a borrar todos los signos del paso de los años. Las arrugas, las marcas de expresión, las canas y todo aquello que pueda delatar nuestra verdadera edad es tabú. La gente no solo recurre al machaque físico para impedir que la ley de la gravedad les afecte, sino que se emplean a fondo y a base de talonario para esculpir un cuerpo irreal, para borrar las arrugas a punta de toxinas y venenos que matan el sistema nervioso de la piel, a abrasarse, quemarse, exfoliarse y técnicas cuyos nombres ya de por si dan miedo: dermoabrasión, peeling químico, bótox, lifting, etc. Nos avergonzamos de haber sobrevivido al paso del tiempo, queremos mantenernos en los 20 años sea como sea, con lo que ello conlleva, muchos incluso rechazarían la experiencia que los años nos dan con tal de volver a ser jóvenes e inocentes.
Hay otras cicatrices que son las que marcan el paso por eventos traumáticos. Primero las físicas, aquellas que señalan que hemos tenido alguna intervención quirúrgica, como pueden ser las de las operaciones de apendicitis, las cesáreas, y compañía. No suelen estar mal vistas porque si bien unas implican que hemos tenido un pequeño contratiempo médico, otras simplemente son la señal de que tenemos alguien en nuestra vida que ha salido de nuestro vientre y del que estamos orgullosos y por el que daríamos la vida. Los hombres no podemos saber lo que es, pero creo que no hay ninguna madre normal que no esté orgullosa de su cicatriz por cesárea (siempre que sean madres normales claro).
Luego están las que nos hacemos al crecer, con caídas y accidentes varios, de poca importancia, y de las que solemos presumir de alguna forma. “esta me la hice con la bici tal día de verano cuando me caí en tal zona” solemos decir orgullosos de ella. Las de cuando nos han golpeado o nos hemos caído de los columpios son menos vistosas, pero no solemos sentir vergüenza de ellas. Hay otras a las que les damos cierto valor añadido porque han sucedido en un periodo de tiempo o en un día especial para nosotros y que cada vez que las miramos nos recuerdan con nostalgia y cariño lo que ha pasado ese día, lo referente a una persona querida que estaba con nosotros, o un ser que ya no está y que nos ayudó a curarnos. Son marcas que no vamos enseñando a todos el mundo, pero de las cuales estamos orgullosos porque nos recuerdan tiempos pasados que no queremos olvidar.
Y si de olvidar no se trata, están las que nos recuerdan cosas por las que no debemos volver a pasar y que tenemos que evitar a toda costa, mordeduras de perro o accidentes que dejan marca, quemaduras, etc., que están ahí para recordarnos que hay ciertos comportamientos, sitios o acciones que pueden ser peligrosas para nosotros. Viéndolas nos acordamos de lo que no debemos hacer. Son un testigo grabado de por vida de la experiencia, en este caso mala, pero que nos ha servido para aprender una valiosa lección, que tendremos presente para no volver a repetir los errores del pasado. Porque no debemos olvidar que el pasado está para que lo recordemos y no cometamos los mismo errores.
Hay cicatrices que no son visibles, porque las llevamos por dentro. Y no me refiero físicamente, sino porque son heridas que nos hemos hecho a lo largo de la vida, en nuestro corazón o en nuestra alma. Esas no están a la vista, pero marcan igual que las demás. Sobre todo nos las infligen seres queridos, ya sea adrede o no. Cuando una persona querida nos deja, solemos querer grabar esa sensación para no volver a pasar por lo mismo. Cuando alguien que queremos con todo nuestro corazón nos abandona, nos deja una herida que muchas veces tarda en cicatrizar y aunque lo haga siempre nos dejara una marca interna que nos recordará lo que hemos pasado, lo que hemos sufrido y lo que deberíamos de evitar en el futuro. A veces son tan grandes que nos sentimos como si lo llevásemos cruzando la cara, nos duele al respirar, al pensar, al sentir, pero al final solo nos quedará una marca que nos lo recuerde. Como una foto de cuando éramos felices con esa persona que está oculta en el fondo de un cajón.
No todas las heridas nos las hacen los demás, a veces las hacemos nosotros, y de rebote nos las acabamos haciendo a nosotros mismos, porque nos hacemos daño al ver sufrir a una persona querida. Siempre digo que al que dejan le hacen sufrir, pero el que deja tiene parte de sufrimiento igual o peor, porque es el responsable de su dolor y del de la otra persona. Y esas cicatrices muchas veces son tan grandes que no nos permiten seguir adelante. Por eso hay muchas personas que con un par de fracasos amorosos ya tiran la toalla. Porque su “cuerpo” no permite más cicatrices en él. No soportaría el dolor de volver a pasar lo mismo. Y al final es más fácil rendirse que seguir luchando, porque lo que podremos obtener son más heridas sin ningún beneficio y sin ninguna marca de la que podamos estar orgullosos.
También tenemos las que nos hacemos nosotros mismos previo pago, como pueden ser los tatuajes. Que son marcas de por vida que están en nuestro cuerpo para recordarnos algo que no queremos olvidar nunca. Algunos se hacen dibujos para no olvidarse de que la vida sigue, de que algunas personas son especiales en nuestra vida aunque no lo estén. Otras simplemente son dibujos para ocultar las verdaderas cicatrices del alma bajo la tinta del tatuaje; como dice Pink en su canción I’m Not Dead “debajo de la tinta de mi tatuaje trato de esconder las cicatrices que me has dejado”. De tal forma que siempre tengamos inmortalizado en nuestro cuerpo un momento de nuestra vida, ya sea bueno o malo.
No es solo el dibujo que nos hagamos, el significado oculto que tenga el pictograma, las letras o el nombre que queramos inscribir en nuestro cuerpo, es el proceso que seguimos al hacerlo. El dolor que sentimos durante el grabado, el tiempo que tenemos que estar con la herida cicatrizando y la zona adolorida, el cuidado que hemos de llevar a esa zona del cuerpo para evitar que una obra de arte llena de significado se destruya o se dañe. Cada fase es importante, la de decisión del acto, del lugar del cuerpo y del diseño, el pago, el proceso de dibujo en la piel, la cicatrización, la curación, y por último el poder lucirlo, orgullosos de lo que hemos pasado, aunque nos haya dolido, aunque lo hayamos pasado mal, pero cuando ya ha terminado todo, estamos contentos del resultado. Lo enseñamos a todo el que quiera ver, porque es una cicatriz o una marca que siempre llevaremos encima.
Algunas personas se lo regalan a sus parejas para que pase lo que pase siempre tengan algo en la piel que les recuerde que fueron felices, algo que no se puede borrar, de forma que siempre estarán en la vida del otro de alguna forma. Otros lo hacen para acordarse de los tontos que fueron cuando estaban con esa persona y lo mal que lo han pasado y de esa forma no volver a cometer los errores del pasado. Otros lo hacen por gusto, pero un tatuaje siempre tiene un significado perenne para la persona que se lo manda hacer, porque es algo que no podremos borrar nunca. Y nos aseguramos que así sea.
Hay otras cicatrices o marcas que, sin embargo, sí que podemos eliminar de nuestra vida, que son los piercings y los pendientes. Los podemos llevar por moda, o porque queremos que nos recuerden algo, pero sabemos que cuando ya no queramos evocar esa moda o esa memoria, podremos quitarlo y desaparecerá como una nube en el cielo. Casi todos se van sin dejar rastro en el cuerpo, por lo que son aquellas marcas que no consideramos lo bastante importantes como para tener que llevarlas toda la vida con nosotros. Y la verdad es que algunos son tan molestos que no merece la pena pasar por ese dolor por algo que sabemos que cualquier día puede desaparecer sin dejar rastro.
Pero la vida es así. Muchas veces nos hacemos heridas que no queremos que se vean, otras queremos enseñarlas, algunas nos avergüenzan y otras nos hacen sentirnos orgullosos. A veces queremos detener el tiempo, otras veces hacer que vuelva atrás, y otras adelantarlo. Pagamos porque nos dejen marcas imborrables o por el contrario porque nos eliminen las que no queremos llevar. Muchos creen que el paso del tiempo, las cicatrices que nos dejan, las marcas en la piel, las arrugas son algo negativo. No se valora la experiencia que va inherente al proceso de la vida, al camino que seguimos. Porque hay algo mucho peor que cumplir años, tener canas o arrugas, y es no llegar a ello porque nos hemos quedado en el camino.
2009