Los Egoistas

Dicen que no hay peor crítico que uno mismo, pero en ciertas ocasiones, la verdad, es que es todo lo contrario y que desarrollamos ciertas actitudes, totalmente repelentes, de las que no somos conscientes ya que no tenemos ningún referente externo que nos indique el cambio. Muchas de esas manías que pillamos lo hacemos cuando llevamos tiempo sin estar con nadie, por la falta de costumbre, y suelen denotar una gran falta de empatía con los demás, haciendo que cuando vayamos a estar en una relación las cosas se pongan difíciles muchas veces e incluso a veces insoportables.

En un mundo en el que el individualismo está a la orden del día, pero donde nos meten por todos los medios la idea de que hay que vivir en pareja, ¿Por qué somos tan egoístas? ¿Por qué queremos estar en pareja si luego no soportamos compartir? ¿Por qué somos capaces de crearnos un mundo individual tan completo que ya cuando encontramos a alguien que merece la pena no somos capaces de ser felices con la otra persona?

Responder a estas preguntas es muy sencillo en la teoría, pero en la práctica no lo es del todo. Para empezar si digo que somos todos egoístas, la mayoría de lectores no se sentirá identificado con ello, pero es la verdad. Si nos ponemos a pensar en serio, nos daremos cuenta de que por culpa del mundo en el que vivimos y de los palos que hemos recibido, nos hemos creado una coraza que nos protege del mundo exterior y por lo tanto de las demás personas. Ser egoísta no consiste solamente en ser avaricioso, sino es no querer compartir y siempre pensar en uno mismo antes que en los demás. Aunque está claro que siempre deberíamos ser los primeros en nuestro orden de prioridades, cuando dichas prioridades anulan a la gente que nos rodea y nos quiere, entonces es cuando entramos en la dinámica errónea del ególatra.

Desgraciadamente, la sociedad actual no permite muchas alegrías reales, porque si hacemos caso de lo que nos vende la publicidad, para ser felices sólo tendríamos que comprarnos todo aquellos que nos presentan. Pero no es así. Tenemos que enfrentarnos a la competitividad laboral, al pasotismo de la gente y al abandono por parte de los amigos. Los valores que nos inculcaron nuestros padres no encuentran cabida en la sociedad actual a no ser que los blindemos contra los ataques exteriores.

Al crearnos ese escudo contra la sociedad que nos arremete, ya sea por medio de la familia, los amigos, los amantes o la gente en general, nos aislamos de los demás. Y conforme va pasando el tiempo, el escudo se hace más duro y aquellas cosas a las que nos vamos acostumbrando en nuestra soledad se van convirtiendo en costumbres que poco a poco se hacen más fuertes y al final ya ni nos damos cuenta de que las tenemos. Una de ellas puede ser el acostumbrarse a dormir solo. Al principio se trata de un medio de supervivencia, pero al cabo del tiempo te acostumbras a estar solo en la cama y ya no soportas que nadie más duerma contigo. Incluso cuando alguien lo hace, esa noche en vez de ser feliz por no tener que despertarte solo y pasar frío, no duermes porque estas incómodo. Al día siguiente, te levantas cansado y ojeroso y encima de mala leche porque la falta de sueño te hace ser irascible. Al final ya no es un medio de supervivencia, sino que se ha convertido en una traba al buen funcionamiento de la relación. Y lo peor es que muchas veces no eres consciente de todo eso, y te peleas con tu pareja sin saber el por qué.

Otra costumbre que se suele pillar cuando tienes que estar solo, es hacer tu vida sin contar con nadie. Es el difícil paso del “yo” al “nos” que tanto cuesta hacer. Muchas veces hay intención de cambiar, pero la verdad es que es mucho más cómodo y sencillo no modificar nada, porque los cambios implican un esfuerzo y el esfuerzo implica a su vez molestias físicas y mentales. Y todos sabemos que el “dolor” no es bueno y que hay que evitar complicarse la vida porque son dos días. Entonces lo mejor es que la otra persona sea la que se acostumbre a nuestras manías.

Hacer las compras para uno mismos, los recados y demás papeleos burocráticos, ir a exámenes solo, salir a pasear o de marcha sin nadie, son cosas a las que nos debemos acostumbrar cuando nos dejan nuestros seres queridos o nuestra pareja. Eso está bien, porque hay que saber estar solo y estar a gusto con uno mismo. El problema es que a veces eso se convierte en un obstáculo para los demás, para aquellas personas que quieren entrar en nuestra vida y compartirla con nosotros. La mayoría de las veces no somos conscientes de ello, pero rechazamos a esas personas cuando nos quieren acompañar, por el simple hecho de que somos más eficientes haciéndolo solos y no acompañados. Consideramos que la ayuda que nos puedan aportar, o, mejor dicho, la simple compañía que nos hagan, va a hacer que seamos menos eficientes, y por lo tanto eso es perjudicial. Es muy difícil conseguir romper ese conscientes de pensar en singular, se supone que cuando lo consigues las cosas deberían ir mejor, pero no siempre es el caso, porque el paso de un estado al otro se hace con una transición dolorosa y complicada que a veces no merece la pena, o al menos es lo que piensan las personas que se cierran en banda.

Por lo general esas costumbres individualistas se acentúan cuando tratan acerca de temas personales para la persona en cuestión. Si es su casa o su espacio personal, las cosas se ponen feas muy fácilmente. Todos necesitamos nuestra intimidad, porque somos individuos, ante todo, pero cuando anteponemos esa necesidad, muy por encima de las de la otra persona, cuando no queremos ceder ni un milímetro de nuestra postura, entonces es cuando se produce el roce doloroso. Con esto no quiero decir que cuando estas en pareja debas compartirlo absolutamente todo con la otra persona y entregarte ciegamente y a expensas de tu propia felicidad o integridad. Pero cuando la persona hace una muralla alrededor de su intimidad y no te deja entrar en ella ni siquiera para ver como es, entonces estamos en el mal camino.

Estar acostumbrado a no necesitar la ayuda de nadie es una cualidad muy positiva, porque indica independencia por parte de la persona, pero de ahí a rechazar la ayuda de los demás hay mucha diferencia. Cuando lo hacemos no estamos demostrando ser autosuficientes sino soberbios, y de paso estamos haciendo que la otra persona se sienta mal ya que la consideramos inferior por no ser digna de nuestra confianza. Confiar en los demás es una inversión arriesgada, por lo que a veces mucha gente ni siquiera la considera como una opción, porque no quieren tener que dar nada a cambio, sino simplemente recibir. Ahí de nuevo se demuestra que esas personas piensan únicamente en su beneficio personal y no en el de los demás. Aunque se amparen en que lo hacen por no molestar ni aburrir, pero al hacerlo están rechazando a la persona y de paso pensando solo en ellos.

El caso extremo del egoísmo ocurre cuando nos convertimos en el objeto de la otra persona. Ya no somos su pareja, ni su amigo ni una persona, sino que somos una propiedad suya y de nadie más. Entonces es cuando se materializan los celos de los que ya he hablado en ocasiones anteriores, pero bajo su forma más perversa. Y digo esto, porque no se racionaliza, sino que se siente dolor por ambas partes. El que siente los celos no los comprende, no sabe por qué se comporta de forma tan posesiva. Y el que es objeto de la posesión lo sufre porque ve como su vida ya no es suya, sino que pasa a ser controlada por la otra persona. La relación se basa en el sentido de posesor y poseído, ya no se refiere al amor sino a que el segundo se ha convertido en un bien material para la otra persona, que no quiere que pueda beneficiar a nadie más que a él, puesto que es su legítimo dueño. Es lo mismo que cuando nos compramos un coche caro y no queremos que nadie más lo conduzca porque es nuestro y no tenemos ganas de que otra persona lo pueda dañar o incluso disfrutar. Cuando llegamos a ese punto, pocas soluciones hay que no acaben en una ruptura.

Romper esas barreras es algo que resultará casi imposible para aquellos que queramos compartir. De hecho, creo que, si la otra persona no quiere dejarte pasar, ya puedes ser el amor de su vida, la mejor persona del mundo, su media naranja o como queráis llamarlo, que no lo vais a conseguir. Si no hay intención de dejarnos pasar, no podemos hacer nada. Por mucho empeño que le pongamos, el movimiento debe empezar desde la persona egoísta. Aunque como todos somos egoístas, digamos que ese movimiento debe empezar desde el que lo es menos. Si no se consigue cambiar eso, al final el que tanto deseaba tener su propia vida lo conseguirá, pero el precio que habrá de pagar es el de estar siempre solo, y eso no le gusta a nadie, por mucho que lo nieguen.

Cuando queremos que una relación realmente funcione entre dos personas, hay que encontrar un punto medio en el que ambas hayan tenido que sacrificar valores idénticos para que no haya ninguno que se encuentre en situación de inferioridad ante el otro. Ambas personas han de ceder en parte para el bien de los dos. Se supone que se ha de llegar al estado en el que ese sacrificio beneficia a ambas personas por igual, porque de lo contrario se establecería una dinámica de poder en la que al final uno acaba subordinado al otro, lo cual a la larga acaba en que una persona ha dejado de lado todo aquello que quería por una relación en la que nunca recibirá el elemento más importante que es el respeto.

2005

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