Cuando uno está soltero no hay más remedio que hacerse a la idea que estamos en el mercado nuevamente y que tenemos que regirnos por las reglas de dicho ámbito. Y muchas veces digo que esto es como el mundo laboral, solo que aún peor si cabe, porque las normas son más crueles e incluso podemos encontrarnos con verdaderos vampiros que lo único que quieren es chuparnos la sangre o la vida. Y como en las leyendas, hay ciertas herramientas para defendernos de ellos o para acabar con esa amenaza, aunque a veces sea demasiado tarde y nos terminen convirtiendo al lado oscuro. La única diferencia es que los crucifijos y las estacas de madera no sirven para luchar contra ellos.
En un mundo en el que cada vez tenemos menos tiempo para dedicarle a los demás y conforme nos hacemos más insensibles y exigentes ¿cuál es el secreto para tener una cita perfecta? ¿Y realmente podemos hablar de una cita perfecta? ¿Qué debemos hacer para salir victoriosos de un primer encuentro?
Después de casi 15 años probando eso de las citas, con algunos parones en el camino, claro está, creo que aún no tengo la respuesta a esas preguntas, y eso me da qué pensar, porque puedo tomármelo como algo positivo, ya que aún me queda mucho por aprender, o por el contrario como que han sido 15 años de fracasos… pero intentemos no ser negativos, que eso no lleva a ninguna parte.
Artículos sobre citas ya van varios, pero es que conforme pasa el tiempo es cada vez más difícil abrirse a alguien. Porque queramos o no, nuestro pasado siempre pesa a nuestras espaldas. Por mucho que queramos no vivir condicionados por nuestras experiencias, no tenemos más remedio que aprender de nuestros errores, porque de lo contrario estamos condenados a repetirlos una y otra vez. Y aun así seguimos al pie del cañón.
Recuerdo que con 16 años las cosas parecían más sencillas porque solo te daban un consejo, que nunca seguía: sé tú mismo. Hoy en día creo que ese consejo no funciona, y os voy a explicar por qué. A menos que tengamos una personalidad tan sencilla como una moneda, es imposible ser uno mismo. Primero porque tenemos demasiadas facetas de nuestra personalidad y no sabríamos cual de todas presentar como carta de visita. Segundo porque ya hemos probado una y otra vez a ser “naturales” y nada más que por el hecho de plantearnos serlo, ya estamos siendo artificiales y estamos potenciando, y por tanto eligiendo, una parte de nosotros que queremos enseñar y ocultamos otra parte. Creo que este consejo solo sirve cuando somos más sencillos que el mecanismo de un botijo, o estamos tan vacíos como un jarrón: esto es lo que ves y es lo que hay.
Conozco gente que va de “hola soy un p*toncillo peliteñido” y la verdad es que les va bien, porque es lo que son, rubios o no, y no tienen más profundidad que esa. De hecho, cuando han intentado parecer más interesantes han terminado metiendo la pata. Ya sea porque se comportan de forma extraña, o bien porque creen que ser interesante es beber como un pez en un botellón y luego ponerse a fumar, cuando nunca lo han hecho, porque ahora son “malas”, y el resultado es que acaban con un colocón tremendo, vomitando quien sabe dónde, haciendo el ridículo, y por último fastidiando la noche a los demás. Total, que no han logrado nada aparte de ponerse en evidencia y demostrar que efectivamente son lo que son y poco más.
Otros sin embargo van de estrechos, o de puritanos, en plan “en la primera cita solo hago esto” y realmente es lo que hay. Se esfuerzan tanto por ser decentes que al final terminan aburriéndote de lo poco humanos que son. No se dejan llevar por lo que sienten, sino que intentan ocultarlo de tal forma que al final acabas pensando que son unos autómatas sin sentimientos y con aceite de lubricar entre las venas. Por lo tanto, no merece la pena seguir conociendo a alguien a quien tienes que llevar a pasar la ITV cada 4 años.
Y si no está el típico payaso que se pasa toda la velada haciendo bromas o metiéndose contigo para hacerte reír o quedar mal según como se mire. Es la típica persona que se cree el graciosillo de turno y que para hacerte saber que le interesas recurre a la estratagema de los 13 años: meterse contigo hasta que o te cansas o le sueltas 4 guantazos. Sinceramente, si quiero ver payasos me voy al circo, no me voy de cena con alguien así.
Y si eso os parece terrible, está la persona criticona, que se cree que ser sincero es darse el lujo de ponerte a parir. Seguro que todos habéis tenido una cita con alguien que se ha tirado la tarde o la noche poniendo en tela de juicio todo lo que hacéis o decís, o simplemente se ha conformado con estar todo el tiempo criticando lo que le rodea, incluyendo a vosotros. “Cuando viva aquí contigo ese cuadro lo voy a colocar aquí, y esta puerta habría que quitarla y hacer una cocina americana, ese color en las paredes no me gusta, y obviamente las cortinas ya no se llevan de esa tela. Por cierto, tus sábanas no me gustan de ese material, a ver si las cambias para la próxima vez que venga, o mejor te regalo otras.” Vaya, ¿sabes lo que yo te voy a dar? Puerta. Luego se pregunta por qué no le has vuelto a llamar.
Puede que todas esas personas no sean tan unidimensionales, sino que se esfuerzan por mostrarse naturales, pero el resultado no es el adecuado. Y dado que no se van a cortar a la hora de rechazarnos, propongo que por una vez tomemos la iniciativa y les paremos los pies. La mejor defensa es un buen ataque, dicen. Con eso no quiero decir que vayáis todos y todas con la espada desenvainada cortando cabezas, sino que simplemente hay que ir con cuidado y a la primera señal de peligro saquéis la artillería pesada.
Por desgracia en esta vida, siempre hay cazadores y presas, y al final siempre hay alguien que sale herido. El otro día hablándolo con un amigo, le contaba que no entiendo por qué tenemos que ser siempre nosotros los que demos nuestro brazo a torcer. De todos modos, cuando los demás nos ven el más mínimo fallo pasan de querer volver a vernos, entonces sería lógico que hiciésemos nosotros el paso antes. De lo contrario los vampiros emocionales que hay por ahí sueltos, nos van a chupar la sangre y nos van a dar tanto jarabe de palo que al final llegaremos a ser como ellos, convirtiéndonos en uno más que irá por ahí cargándose a la gente.
Tenemos las herramientas que nos da la experiencia para poder reconocer enseguida a las personas malvadas que nos quieren engañar, y sabemos qué debemos hacer para quitárnoslos de encima. Pues eso tenemos que hacer: evitarnos más daño, y sobre todo protegernos de las personalidades simples, que al final van a acabar por destrozarnos, engañarnos o simplemente abusar de nosotros. No debemos seguir peleando por algo que no tiene solución.
Si eres de personalidad compleja, completa, o interesante, en una cita, que pongamos que dure un par de horas, no tienes tiempo de mostrar lo mejor de ti sin elegir que partes enseñar y cuales ocultar. A no ser que hagas un juego que me enseñaron una vez, y que consiste en jugar a las preguntas: cada uno tiene derecho a hacer una pregunta a la vez sobre lo que quiera saber, y la otra persona tiene que contestar la verdad, pero sin llegar nunca a repetir la pregunta del oponente. Este juego tiene una gran falla: puedes mentir. Pero si suponemos que somos sinceros, puede llegar a enseñarte mucho de la otra persona si sabes hacer las preguntas adecuadas. Aun así, no siempre funciona, porque hay que saber cuándo parar antes de tener demasiada información, porque no olvidemos que estamos hablando de una cita, no de una entrevista de trabajo. La cabeza aquí no tiene tanto que ver como el corazón o la parte física y química de la interacción entre las personas.
Y me diréis que existen las citas perfectas, como las sacadas de una película de Julia Roberts, de esas en las que cada momento es aún más perfecto que el anterior. Vale, yo he tenido una de esas hace relativamente poco tiempo, pero el resultado final, después de haberme ilusionado como un tonto, ha sido el de siempre: el príncipe azul destiñe, ni es azul ni es príncipe sino un troll o como mucho un goblin. Por eso creo que lo principal es olvidarnos de los cuentos de hadas, porque si miramos la realidad nos daremos cuenta de que en las familias reales les ha tocado casarse con plebeyos porque hay tanta consanguinidad que ya estaban casi todos emparentados de alguna forma. Así que la sangre azul queda descartada.
Después de tantos años yendo a citas y volviendo a casa con esa sensación de vacío o de que me han timado, creo que lo de ser uno mismo no sirve. Con ello no pretendo que engañemos a la gente, sino que vayamos preparados para lo que nos podamos encontrar y conforme vayan surgiendo las situaciones improvisemos en base a ellas. Después de todo, es tan sencillo como jugar a la lotería. Puedes estar haciéndolo durante años y nunca te toca más que la devolución, y a veces ni eso. Pero siempre juegas con la ilusión de que un buen día vas a ganar. Y a veces sucede, y te llevas el primer premio a casa.
Octubre 2011
