Talk On Corners

Después de varios años escribiendo artículos, me he dado cuenta de que por mucho que intentes pulir la escritura o lo que dices, siempre hay quien lo entiende a su manera. Y tal vez esto sea una de las cosas que hacen de este hobby algo bonito. Sin embargo muchas veces lo que decimos, aquello que expresamos pasa totalmente al lado de lo que queremos que la gente asimile y lo entienden de una forma totalmente opuesta a la deseada.

Muchas veces aprendemos de los errores, y algunas de ellas no somos conscientes de los que cometemos si no es porque hay alguien que se encarga de hacérnoslo notar. Si el fin justifica los medios, cuando obtenemos algo opuesto a lo que queremos, ¿Dónde nos deja eso? Dado que con la práctica se llega a la precisión, ¿por qué hay tanta gente que se regocija de los fallos de los demás? Y ya no solo de ellos, sino que les da placer el poder criticarlos. Pero digo yo, ¿acaso la crítica no nos hace mejores? ¿Podemos progresar en algo si nunca se nos comunica nuestro fallo?

Está claro que para quien es perfecto esto no sirve, porque nunca cometerán ningún error. Pero para el resto de la imperfecta humanidad, esto es lo que hay.

Puedo poner varios ejemplos de lo que la gente piensa al leer lo que escribo.

El primero es mi amigo C. al leer mis artículos sobre cómo lo paso cuando no estamos juntos. Para él son sólo paranoias que me dan y que se van conforme pasa el tiempo. La valoración de lo que pueda sentir en ese momento es nula, puesto que lo considera todo una simple pataleta pasajera, y como me conoce ya tan bien, según sus propias palabras, no las tiene en cuenta ya que sabe que a las pocas horas o días habré vuelto a mi estado normal. Por lo tanto es simplemente una cuestión “hormonal” o algo parecido, y es que claro, acostumbrado a tratar con mujeres y sus cambios de humor, pues como que no se toma esas cosas en serio. Aunque he de admitir que efectivamente son ataques paranoicos míos, pero eso no quita que no sean mis sentimientos o lo que siento en ese preciso momento.

Otro nuevo lector me ha comentado que después de leer lo que escribo se ha quedado impresionado y ha cambiado la imagen que tenia de mí. Por un lado se ha dado cuenta de que tengo sentimientos, efectivamente, dentro del cuerpo hay algo más, no soy como un jarrón en una repisa o una especie de florero bonito pero vacío, sino que también dice que para mal. Y esto viene en consecuencia a la imagen externa que tenía de mí, según sus propias palabras no entiende como un “monumento” como yo se puede agobiar por estar solo cuando yo debería de poder tener a quien quisiera. Vamos, que chasqueo con los dedos y tengo a quien quiera o le doy una patada a una piedra y me salen 3…

Bueno, yo, para empezar nunca me he considerado un monumento, si bien es cierto que hay a quien le guste más y a quien menos, como pasa en todas partes, también he de decir que hay cosas mías que se deberían de valorar mucho más que mi físico, y que según dicen mis amigas soy todo un partido. Cierto. Pero no en el mundo en el que vivo. Aquí se valoran otros aspectos, como lo fácil que eres a la hora de irte a la cama con alguien (o no, porque la gente se mueve en dos polos opuestos sin medias tintas), cuánto te mide o cuanto aguantas en un polvo. Y sobre todo si tienes sitio y dinero, porque a la peña le gusta hacerlo en una cama y no en el coche, y que encima les pagues los condones.

Mis amigas, como mujeres que son, valoran otras cosas, aparte del cuerpo, lo cual está muy bien, pero no me sirve de consuelo, puesto que no son las reglas del juego que me toca jugar. Y seguro que alguno habrá que valore lo que ellas, de hecho, sin ir más lejos C. lo hace. Pero no es suficiente.

Hablando de ellas, una de mis amigas me ha comentado acerca de mi último artículo que denota mi tendencia masoquista en mi relación con C., puesto que según ella, juega al perro del hortelano y yo se lo permito, cuando yo debería de ser quien lo mande a freír monas y rehaga mi vida a solas. “Más vale solo que mal acompañado” dice. No estoy de acuerdo, hay veces que la soledad es mucha soledad. Y además yo no le reprocho a C. su actitud hacia mí, puesto que como ella dice, la culpa la tengo yo por no querer salir de ahí. Ciertamente estamos en un punto en el que nos resulta muy cómodo estar así, y no buscamos cambiarlo, por lo que la culpa es mutua.

Otro ejemplo de crítica, esta vez en el trabajo, bueno, mejor dicho en el gimnasio, fue aquella que me hizo una alumna en la primera clase que di en público. Lo cierto es que ha sido de las mejores que me hayan hecho, puesto que me permitió ver los errores que hacía y donde podía mejorar. Como bien le dije cuando me lo comentó, yo no me puedo ni ver ni oír a la hora de dar una clase, por lo que no tengo referencia alguna de lo que hago, y siempre viene bien que alguien que sepa del tema me diga dónde fallo para poder mejorar. Y eso intento todos los días. No cometer esos mismos errores. Por lo tanto no todas las críticas han de ser tomadas como negativas.

Sin embargo hay una vertiente maligna de este deporte nacional. Y es aquella que se refiere a los rumores de pasillo. Desde el instituto no me había pasado lo que me ha pasado en la empresa donde estoy trabajando ahora, sí, aquella tan guay. La única diferencia es que ya no soy aquel chaval asustadizo e inseguro de la adolescencia. Supongo que es gracias a la experiencia que nos da la vida, que nos hacemos más fuertes y más resistentes a los cuchicheos a nuestras espaldas.

Pues bien, la semana pasada me enteré de que la gente presta cierto interés en saber con quién me gusta irme a la cama. No porque les interese estar ahí, sino porque es diferente a lo que la norma indica. Claro si yo fuese un tío rudo, con mogollón de ligues femeninos, de los que estaría presumiendo todo el día, pues soy rarito. Eso además de que no soy de esos que van a cargar cajas a pulso en el almacén, ni me la paso escupiendo entre los pallets de biberones. De ahí que una de las cosas que dicen de mi es que soy “muy fino”. Y a partir de ahí ya le dan rienda suelta a la imaginación. Y digo yo, menos mal que no soy de esos que van perdiendo aceite o soltando pluma como si viviese en un gallinero.

Puede que el interés lo suscite más ese aspecto no tan declarado, que a veces se sabe y a veces no. Pero al final los rumores se extienden, y aquellas personas que tienen ojo crítico por tener amistades con inclinaciones como las mías los terminan por corroborar.

En el primer trabajo que tuve, sólo una persona me sacó esa información, y debido justamente a ese tipo de amistades. Lo cual no influyó en absoluto en nuestra relación laboral. Simplemente que cuando sabes cómo es un pato, ya no lo confundes con una gallina ni con un pavo, aunque vivan en la misma granja. Pero si no lo sabes, para ti todo son aves de corral.

Aquí la cosa fue más o menos la misma, solo que en un entorno mayoritariamente femenino, o les tiras lo tejos a todas de forma indiscriminada o salta la liebre. Y como yo no soy de aquellos que tengan que fingir cosas que no soy, pues el animal saltó y salió huyendo de la pradera.

Nada más conocerme, de esto me he enterado la semana pasada, una de mis compañeras pensó en que tenía que presentarme a su cuñado… lo dicho, menos mal que no soy de aquellos que lo gritan a los 4 vientos. Luego otra sacó el tema de forma muy natural en plan “cuando salgo de marcha por el ambiente, ya sabes…” y yo “sí, lo sé”. Y luego han sido ellas dos las que me han confirmado que “dicen por ahí que…” acerca de si me va la carne o el pescado. Y yo que me quejaba que no había rumores ni cotilleos en la empresa, me he visto en pleno centro de ellos. Eso me pasa por hablar.

C. me ha dicho que la solución es muy sencilla, y consiste “únicamente” en tirarle los tejos indiscriminadamente a toda mujer que se me ponga a tiro, y de paso si cuela, pues eso que me llevo. Además, “nunca se sabe si luego te gusta o no”. Está claro que si no pruebas algo no puedes saber si te va a gustar o no. Pero yo no soy así.

Como bien he dicho ya anteriormente, mi periodo del instituto lo he dejado atrás. Ya no tengo ganas de ir llevando una doble vida, como si fuera algún súper héroe enmascarado, yo le llamo el “complejo de Batman”, fingiendo tener una personalidad totalmente distinta, y viviendo en el temor a que cualquier día me descubran y me prendan fuego en la hoguera pública donde queman todos los chupetes caducados. Esos tiempos oscuros se han acabado. Bastantes mentiras he tenido que inventarme en esa época para que no me pillaran cuando volvía con chupetones en el cuello. Y ahora que lo pienso, es increíble que mis compañeros se tragaran semejantes trolas, porque yo sabía mentir, pero eso ya era descarado. Muchas veces ya rozaba la ciencia ficción.

Mi pensamiento es que si la empresa en la que estoy valora más con quien me acuesto que el trabajo que desempeño en ella, no merece la pena que siga ahí. Porque a pesar de que el mercado laboral está muy mal, conozco otros lugares donde la orientación de la persona no es lo que se valora, sino su profesionalidad. Y más hoy en día que he descubierto lo mucho que me gusta dar clases de pilates.

Muchas veces las críticas están bien fundadas sobre cosas reales, pero sacadas de quicio, otras simplemente son un error de percepción de la gente de nuestro alrededor, que no sabe ver la imagen al completo. La mentalidad cerrada y el miedo a lo desconocido nos empujan a juzgar y a castigar todo aquello que no entendemos o que es diferente. Pero algunas veces esos prejuicios o valoraciones nos permiten mejorar en nuestra vida, hacernos más fuertes al pasar de lo que digan, o aprender de lo que hacemos mal para no cometer los mismos errores. Al final la experiencia es lo que no da.

Mayo 2008.

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