Cualquiera que quiera hacer la comprobación de lo que voy a decir simplemente tiene que dedicarle 10 minutos de su tiempo a hacer la prueba y verá en qué país vivimos. Tenemos unos 60 canales de televisión y en el 75% de ellos lo único que podemos ver a cualquier hora del día es cotilleo. Y digo un porcentaje bajo porque con esos diez minutos es probable que caigamos en publicidad o en anuncios del tipo que sean que nos dicen lo que debemos hacer, comprar o como debemos comportarnos.
En un mundo en el que se pide a la ex de un torero que se presente a la presidencia, donde esa misma mujer tiene más poder que un político, y donde los programas miden su calidad en función de los decibelios que emiten los participantes o tertulianos, ¿estamos a salvo del cotilleo? ¿Podemos decir que la gente de a pie está libre de evaluaciones constantes? O por el contrario ¿Hemos sucumbido nosotros también a las constantes críticas por parte de nuestro entorno?
Me temo que las respuestas a estas cuestiones son demasiado fáciles de dar, porque por desgracia es así. Ya sea en el trabajo, en casa, con los amigos, con la familia o con nuestras parejas estamos constantemente bombardeados de valoraciones y de juicios.
Cuando somos niños y luego adolescentes, pensamos que el mayor reto es superar las pruebas de acceso a la universidad, que es el examen por excelencia, donde se nos evalúa sobre todo lo que se considera que debemos saber. Pero la historia no acaba ahí. A continuación vienen los exámenes y las pruebas que tengamos que hacer en la universidad, o en los estudios que sigamos después. Y para aquellos que creen que se van a salvar de ello por irse al mundo laboral, se equivocan. Ya que ese último es casi peor.
El otro día me contaba un amigo que estuvo en una entrevista de trabajo para un puesto de dependiente de una firma de ropa bastante conocida por todos, aquí y en todo el mundo, y le rechazaron no porque no supiera vender una camisa, sino porque, palabras textuales, “no tenía bastante pluma”. La excusa que le dieron es que en esa tienda la gente espera que les atienda un hombre/mujer que por su manera de mover las manos les transmita que sabe de moda más que un heterosexual o simplemente un gay que no sea amanerado. Le aconsejaron que fuese a tiendas de más “alto standing”.
Este es un ejemplo como muchos más, de lo que el mundo laboral exige de la gente. Otro ejemplo es algo que me ha pasado a mi hace relativamente poco tiempo, donde unos alumnos me han preguntado por qué no les pongo música en clase como hacen los demás. Que les gusta poder escuchar música mientras trabajan. Les da igual si salen sintiendo los beneficios de su trabajo, si salen sabiendo que lo han hecho bien, si sienten que han hecho algo o si, simplemente han conseguido seguir la clase entera. No, lo que les importa es poder tararear canciones mientras están haciendo abdominales. Da igual que tengan un buen monitor o no, lo que valoran es el repertorio musical que les aporta la clase.
Y si hablamos de las entrevistas de trabajo, ya podemos sacar un libro entero sobre cómo hay que ir, hablar, moverse, sentarse, cruzar las piernas, etc. Pero de hecho, ya hay libros sobre ese tema. Porque está claro que no basta con tener una titulación que te avale, ni una experiencia que te respalde. Tienes que estar presentado acorde con lo que esperan de ti. Si vas en traje mal, pero si vas en vaqueros mal, y si vas a un puesto de entrenador personal y vas en uniforme de trabajo, mal también. Porque nunca sabes lo que esperan de ti. Y aunque superes la primera imagen y pases la entrevista, luego te vienen preguntas irracionales del tipo: “¿estarías dispuesto a demostrarme en una clase lo que sabes hacer?» O si no la mejor “¿crees que vales realmente el salario que me estas pidiendo que te pague?” … ¡pues claro! Como si fueses a contestar otra cosa. Esas preguntas para mí que son trampas
Pero dejando este ámbito un poco de lado, en nuestra vida tenemos que enfrentarnos a evaluaciones constantes. Yo pensaba que ir al Mercadona iba exento de ello, pero no. Si tienes la mala suerte de caer con alguien que te conoce, ya tendrás los comentarios después: “como se te ocurre ir sin afeitar a comprar el pan, y con esa ropa”. Por favor, se me había olvidado que tengo que hacer un pase de modelos ante el espejo antes de decidirme qué ropa ponerme y como peinarme antes de bajar a comprar patatas y Coca Cola.
Pensamos que solo los famosos están expuestos a estos juicios, pero hoy en día con la presencia de las redes sociales, nos hemos convertido en las nuevas Belén Esteban de extrarradio. Tenemos que ir con cuidado con lo que decimos o escribimos porque siempre habrá alguien que nos diga lo que tenemos que hacer o por qué no podemos publicar tal cosa en nuestro muro. Tenemos a la censura siempre presente como si viviésemos aun en la época del Nodo. Nuestros contactos ya se encargan de decirnos si les gusta o no si hemos ido a la playa o no. Y hasta cierto punto es como una forma de atención. Dicen que “da igual lo que digan de ti, mientras hablen de ti”, vale. Te aconsejan que no hagas comentarios porque puedes herir los sentimientos de los demás, pero no piensan en cuando eso te ha pasado a ti y te lo has tenido que tragar. Dicen que Hacienda (que somos todos) está también en las redes sociales, con lo cual si trabajas en negro vete con ojo que te van a pillar .Pero el esfuerzo por complacer a todos es algo imposible.
Cuando somos pequeños, lo hacemos porque nuestros padres y familia estén orgullosos de nosotros. No sacamos notas porque queramos ir a Yale. Con 14 años el que diga que sí miente. Lo hacemos para que papá y mamá estén orgullosos de nosotros. Luego ese círculo se va agrandando. Tenemos parejas y amigos a los que no queremos desilusionar estudiando algo que no tiene buena reputación. O trabajando en un sitio que nos avergüenza. Aunque digan que el trabajo dignifica, no es cierto. No es lo mismo decir que eres entrenador personal (“guau!”) a decir que eres auxiliar administrativo (“ah vale”). Aunque el segundo gane el doble que tú y tenga mejor horario y mejor calidad de vida. O no.
Y cuando se trata de conseguir pareja, ya es como el colmo de los colmos. Ahí directamente podemos hacer dos cosas: o nos volvemos esquizofrénicos perdidos, o simplemente pasamos de agradarles a los demás. Porque al final nunca lloverá al gusto de todos. Si estas cachas es porque estás demasiado duro. Si tienes alguna lorza que te sobre te dicen que podrías cuidarte más. Si llevas barba te dirán que les gustan con la cara lampiña, si te afeitas te pedirán que les llames cuando tengas pelo en la cara. Si te depilas te comentaran que las sartenes de teflón están bien para freír los huevos pero no para calentarte en la cama. Si por el contrario eres Chewacca te dirán que existe la máquina para rasurar, que tanto pelo no mola. Si eres alto, te dirán que buscan a alguien más manejable, pero si por el contrario eres manejable, pensarán que es mejor alguien que sobresalga de la multitud. Y para rizar el rizo: si eres atractivo, no querrán nada contigo porque tendrás más posibilidades de ponerles los cuernos o de engañarles, pero si eres un adefesio ni siquiera te van a mirar porque no mereces la pena, deberías vivir en una cueva.
Y quitando los estándares físicos, que son prácticamente ilimitados, llega la personalidad. El otro día uno me dijo: “los tíos con pelo largo no me gustan, pero tú eres simpático, me caes bien”, ah vale (comentario sin fundamento ni argumentación, ¿desde cuándo una cosa va liada con la otra?). Si eres simpático, te acusaran de ser un buscón y de provocar a la gente. Si por el contrario eres alguien reservado, te recriminarán que eres un soso y un aburrido. Si hablas con la gente que conoces y la saludas porque eres educado, es que eres un zorrón. Pero si no lo haces es que mientes porque en el fondo quieres tirártelos. Si miras a alguien por la calle no es que tengas ojos en la cara es que estás repasando tus futuras víctimas, pero si por el contrario te vas dando con las farolas porque no ves por donde caminas, es que eres un cínico porque no te fijas en nada. Si dices la verdad eres un desvergonzado, pero si no lo haces eres un mentiroso y un embustero.
Al final te quedas con cara de tonto pensando en qué hay que hacer para gustarle a los demás. Para evadirte de sufrir los constantes juicios de la gente. Porque os digo algo. Gustarle a todo el mundo es algo imposible y agotador. Pero gustarte a ti mismo no basta, porque por las noches no te das bastante calor bajo las mantas. Dicen que hay que estar a gusto con uno mismo y lo demás vendrá. Si eres feliz así, eso lo transmites y atraes gente que te querrá tal y como eres. Yo creo que esto es otra valoración más.
Al final hagas lo que hagas te van a criticar. Porque los críticos están en todas partes, cuando sales a tirar la basura, ahí están; cuando vas a hacer la compra, cuando vas a la playa, o cuando vas a trabajar. Vayas donde vayas tienes el Gran Hermano que te vigila y te dirá lo que haces mal (nunca lo que haces bien). Por lo tanto mi consejo es hacer oídos sordos a las críticas externas y solo oír las que vienen de ti mismo, que son las que cuentan a la hora de dormir tranquilamente por las noches. Si realmente quieres ser feliz, olvídate de lo que los demás piensen de ti, porque nunca será suficiente para todos, hagas lo que hagas, te quedarás corto. Y ese esfuerzo por complacer a los demás es interminable y agotador. Y si no pensad en el tiempo que le dedicamos al día a criticar a los demás y lo que podríamos hacer con ese tiempo libre de no estar constantemente cotilleando.
Octubre 2010

Un comentario sobre “Gossip Guys”