En 2008 Pink lanzó la canción que le da título a este artículo en su trabajo Funhouse, o dicho de otra manera, La Casa de La Diversión, en el cual la gran mayoría de canciones hablan de lo que se siente cuando alguien te deja, te abandona, corta contigo o simplemente se va sin más explicaciones. Quitando la pista que da nombre al álbum, de la que ya hablaré al final, esta es de mis preferidas en lo relacionado al tema que quiero tratar, ya que es bastante explicita en lo que se refiere a echarle la culpa a alguien.
En un mundo en el que la diversión está a la orden del día, ¿Qué pasa cuando los payasos ya no nos divierten sino que se convierten en seres malignos? ¿Podemos seguir pasándolo bien en un sitio donde ahora solo hay tristeza y rencor en vez de alegría? ¿De quién es la culpa cuando pasamos por una ruptura?
“Evito pensar en que te has ido / Pero creo que hasta eso lo hago mal / Intento pensar en qué forma / ¿Seré capaz de superarlo o tendré miedo? / Porque estoy sangrando de afuera hacia dentro / Y ni si quiera me doy cuenta.” Así empieza la canción. Lo cual nos deja claro cómo nos sentimos cuando la persona a la que le habíamos entregado nuestro corazón decide irse a buscar aguas más propicias. Lo primero es la negación o simplemente el intentar no pensar en la realidad, que es que estamos solos. Pero de alguna forma esto no es fácil. Las lobotomías parciales no existen. Y la sensación de esta desangrándonos sin poder evitarlo no hace las cosas más fáciles. Sino al revés, parece que las pocas fuerzas que nos quedaban se nos escapan desde dentro. Sin poder hacer nada al respecto.
El estribillo que repetirá hasta 4 veces va como sigue: “Todo es tu culpa / Tú me llamaste hermosa / Me rechazaste y ahora no puedo volver atrás / Contengo la respiración / Por que eras perfecto / pero me estoy quedando sin aire, y no es justo.” Queda claro quién tiene la culpa de lo que nos sucede. Nos sentimos engañados, nos creímos las mentiras que la otra persona nos ha contado, nos hemos quedados sin poder respirar de tanto que nos hemos ilusionado para luego darnos de morros contra el suelo. No entendemos por qué algunas personas son capaces de engatusarnos y decirnos cosas que ni sienten, con tal de regalarnos los oídos, para luego retractarse y dejarnos sin el suelo bajo los pies. Conocemos a alguien que nos resulta la persona idónea de tantas cosas que nos dice sobre ella, y luego resulta que todo aquello no es verdad. Nos hemos ilusionado para darnos cuenta de que la realidad es totalmente diferente a lo que pensábamos que teníamos delante. Y lo peor de todo es que no es justo que nos hayan mentido, que nos hayan contado historias y cuentos de hadas, que nos hayan dejado seguir por ese camino aun a sabiendas de que nos harían tanto daño. No les importa lo que podamos sentir cuando nos retiran su cariño y amor, o cuando nos dicen la verdad.
“Intento pensar en que decir (pero ¿qué puedo decir?) / Para hacer que vuelvas a mi lado (¿pero volverías conmigo?) /Siento que sería maravilloso que estuviéramos juntos/Así que decídete, porque es ahora o nunca.” Aun así, somos capaces de tirarlo todo por la borda si supiésemos que podemos tener a la persona. Aunque sepamos en el fondo que nos ha mentido y engañado, intentamos pensar en la forma de hacer que vuelva con nosotros, porque no somos capaces de darnos cuenta de que no tenemos la culpa. Más bien es al revés, pensamos que somos los culpables de que la cosa haya salido mal. Y entonces intentamos por todos los medios, suplicamos que nos den otra oportunidad. Después de la negación viene el insistir en recuperar aquello que teníamos porque creemos que podría haber sido algo muy bonito, a pesar de que se basara en mentiras y engaños. Puesto que no es la primera vez que no sucede, podemos pensar que somos responsables de ser tan desgraciados y desafortunados en el amor. Y por eso probamos todas las formas de las que disponemos para poder resucitar y convencer a aquel que nos ha abandonado dejándonos sin aliento.
Después de repetirnos el estribillo en el que culpamos al otro de lo mal que nos sentimos, del dolor que nos infringe, llega el puente que es cuando realmente las cosas se desquician del todo: “Yo nunca presionaría el gatillo / pero he amenazado con hacerlo mil veces / Desearía que te sintieras tan mal como yo / ¡Porque he perdido la cabeza!” Como no somos capaces de conseguir lo que queremos, pensamos en acabar con todo, aunque sabemos que no lo haremos. Llegamos hasta el punto de amenazar con mandarlo todo a paseo, ya sea físicamente o simplemente decidiendo irnos de donde estamos, cerrarlo todo, pulsar el botón de reset y huir lejos a empezar de nuevo allá donde nada nos recuerde el fracaso o los fracasos que hemos tenido. Creemos que no seremos capaces de sobrevivir y, aunque en el fondo sabemos que podremos hacerlo, suplicamos una última vez bajo la amenaza de acabar con todo. Y como al final, por mucho que nos arrastremos no conseguiremos que la persona recapacite y vuelva con nosotros, sobre todo porque sería peor el remedio que la enfermedad, nos invade la rabia de haberle perdido, de haber dejado que nos engañase. Deseamos que aquel que nos hace sufrir se sienta como nosotros, quisiéramos poder castigarle o por lo menos que por pura empatía se diese cuenta de lo mal que nos hace sentirnos, del dolor que no da. Nos gustaría poder devolverle el daño que nos ha hecho. Y aunque sea egoísta, nos da igual porque en esos momentos hemos perdido la cabeza y no razonamos. No nos damos cuenta de que si las cosas han sucedido así es porque esa persona no nos merece.
Hemos estado entregándole nuestro corazón, nuestros sentimientos y hasta cierto punto nuestra vida a alguien que nos ha mentido para poder llegar a obtener lo que quería de nosotros. Nos ha engañado y cuando por fin lo ha tenido nos ha abandonado, nos ha dejado con el dolor a cambio. Una persona que no es capaz de ser sincera con nosotros no merece la pena que luchemos por ella. Pero de ello solo nos daremos cuenta cuando hayamos conseguido superar los distintos estados posteriores a la ruptura, cuando nuestro corazón haya dejado de sangrar y podamos ver las cosas con claridad y no detrás del manto de lágrimas que sigue a encontrarnos solos y abandonados.
Con el tiempo nos damos cuenta de que en el fondo la culpa ha sido nuestra, en parte, por habernos creído las mentiras de alguien que nos prometía algo simplemente por obtener lo que quería. En el fondo hemos sido tontos, pero el egoísta es aquel que nos ha engañado para su propio beneficio. Nos han timado y por mucha rabia que nos dé tenemos que darnos cuenta de que sentirnos mal no nos ayuda a nada, sino que le estamos dando demasiada importancia a alguien que no se la merece. Hemos de cortar con esos lastres, prenderles fuego, aprender de los errores para evitar futuros dolores y dejar el pasado atrás. Tenemos que aprender a ser más fuertes y protegernos de la gente que solo quiere hacernos daño, tenemos que saber cómo prevenir que nos vuelvan a destrozar, a dejar sangrando en el suelo. Pero ello no significa que por eso tengamos que perder la ilusión. Aunque en el fondo nos preguntemos por qué pasan cosas malas a la gente buena y nos demos cuenta de que a veces no es justo pasar tanto dolor.
Tendríamos que tomarnos en serio la letra de la canción que da título al álbum del que he hablado anteriormente: destruir aquello que nos hacía daño y empezar de nuevo desde cero (no hay que tomárselo todo en sentido literal claro está). “Oh, me arrastro por la puerta del perro/mi llave ya no encaja con mi vida / cambiaré las sábanas /romperé los platos / encontrare un lugar nuevo /le prenderé fuego a toda esta mierda. Esta solía ser una casa de risas / pero ahora está llena de payasos malignos / es momento de empezar la cuenta regresiva /la quemare / ¡la quemare!”
Agosto 2011