Never Better!!.. Never Better… Better Never…

Hay situaciones en la vida en las que tenemos esa sensación o esas ganas de que nos trague la tierra, de que simplemente se abra como una zanja y desaparezcamos. Y sin embargo no podemos simplemente desaparecer sino que tenemos que enfrentarnos a aquello que nos da tanta vergüenza como si nada y ponerle al mal tiempo buena cara y a cualquier pregunta que nos hagan con una sonrisa de oreja a oreja contestar “never better!” (Mejor imposible).

En un mundo en el que la gente solo se interesa por ti si las cosas te van mal, donde tenemos por costumbre fijarnos en los defectos de los demás, ¿cómo podemos escaparnos de la crítica constante de la gente? ¿Cuáles son esas situaciones tan embarazosas y cómo prevenirlas? ¿Podemos sobrevivir a ellas con algo de elegancia?

Podemos dividir estas situaciones en varios apartados para que no os resulte ni desconocido ni aburrido, y de tal forma que seguramente todos nos habremos reconocido en alguna de ellas.

La primera que se me ocurre es la típica en la que después de un tiempo prudencial te encuentras por la calle con tu ex. Ahí pueden suceder varias cosas. Si no habéis terminado muy bien y te pilla con tiempo, siempre puedes cambiarte misteriosamente de acera, como quien no quiere la cosa, cambiar de dirección y meterte por una calle por la que no pensabas ir, o directamente meterte en la primera tienda que encuentras, con la desgracia de que siempre acabaras en una tienda de lencería si eres un hombre, o si eres una mujer en una tienda que no tiene nada que ver contigo, de tal forma que rezas a lo que puedas que no se haya dado cuenta, porque de lo contrario no vas a poder justificar jamás haber entrado ahí.

Si por desgracia no puedes escaparte de ese encuentro siempre tienes la posibilidad de enfrentarte a él, y en tal caso siempre se dan dos situaciones. La primera es la menos molesta, que es que estés a solas y te encuentres con esa persona de frente y todo sea muy hipócrita y “alegre”; el problema es que esto siempre sucederá cuando estás en el supermercado, sin afeitarte y con el chándal de los domingos, pero no el bueno, sino el que ya está a punto de jubilarse de lo raído que está, y las gafas no ayudan mucho: “hola ¿qué tal?”, a lo que siempre contestaras con una sonrisa Profident “genial”. Aunque no sea cierto, y más si sonríes de esa forma jamás se lo va a creer, pero no vas a admitir que tu vida es un asco en ese momento y que de todas las personas del planeta esa es la menos indicada para encontrarte con ella justo en ese momento. ¡Genial!

Otra versión de ese encuentro es cuando vas en compañía de alguien que no te pega en absoluto, alguna cita que tienes en ese preciso momento, y de la cual no te has deshecho aun porque no te ha dado tiempo. Ya sabéis a que me refiero: cuando quedas con alguien y resulta no ser lo que esperas, pero le das una mínima oportunidad como por no haber hecho el viaje en vano. Pero siempre da la casualidad de que aparece tu ex en ese momento y te pregunta lo de siempre. Y en lugar de contestarle lo que piensas realmente “pues estoy teniendo una cita Dantesca con alguien que no me va en absoluto y tengo la desgracia de encontrarme contigo antes de haber podido darle calabazas a este coco salvaje”, siempre saldrás con una sonrisa y un “mejor imposible”.

Y si para colmo resulta que tu ex va acompañado de la persona por la que te ha dejado o con la que está saliendo después de ti, la situación ya roza el guion de serie americana de la sobremesa. Pero no nos engañemos, esas cosas pasan y por desgracia más a menudo de lo que esperamos. Y siempre es la misma respuesta, que oculta lo que sentimos realmente “tierra trágame”: ¡Genial!

Hablando de citas, siempre podemos darnos de morros con la típica cita a ciegas que sale mal. Es cuando quedas con alguien que no es lo que esperabas o que no se comporta como creías. Ya no es solo el físico, sino además que la persona no tiene nada en común contigo y lo único que quieres es salir corriendo de ahí y volver a tu casa lo antes posible. Pero no sabes cómo decirle a la persona que aunque puede que sea muy maja, cosa que no te ha terminado de demostrar, no tienes ni tiempo ni ganas de darle la oportunidad de que te demuestre que te equivocas. Y en cuanto puedes cortas por lo sano la cita, aun sabiendo que jamás volverás a quedar con esa persona, ni aunque se acabe el mundo y a la pregunta de qué tal te lo has pasado contestas “mejor imposible”.

Quitando a los exs de la situación o a las citas a ciegas otra gran fuente de encuentros vergonzosos son los antiguos compañeros de instituto o de universidad (estos últimos si tu carrera ha sido un paseo por el infierno). En mi caso es sobre todo con los primeros porque por suerte la universidad fue bastante mejor que mi paso por el inframundo del instituto.

Aunque hayas pegado un gran cambio, y ya no seas el empollón con gafas, regordete y bajito, siempre está ese niño gordo y miope dentro de ti que se siente inseguro al encontrarse con su pasado de forma imprevista. Y eso aunque la gente con la que te encuentres esté calva, o súper embarazada o en un estado de dejadez físico demasiado evidente. Por alguna razón esas personas siempre serán superiores a ti en tu cabeza.

El problema es que no te los encuentras nunca cuando luces tus mejores galas y en el mejor momento de tu vida, sino al contrario, cuando estás haciendo cola en el INEM o saliendo de una entrevista de trabajo en la que te han hecho sentirte igual de grande que una cucaracha (vale que sobreviven a explosiones atómicas, pero aun así son repugnantes). Y para colmo siempre te van a contar lo maravillosas que son sus vidas antes de preguntarte por ti. Y obviamente no vas a decirles la verdad, de que estas en el paro, de que estas soltero porque tu pareja te ha dejado o es un psicópata, de que sigues viviendo en casa de tus padres o de que sales de una entrevista para un puesto que no va contigo pero que necesitas el empleo y el consecuente dinero que te pagarán, simplemente contestas con la cabeza baja y a media voz ¡Genial!

Y luego están las situaciones que involucran a los familiares de alguna forma espantosamente vergonzosa. La primera es cuando la persona con la que estas saliendo desde hace poco tiempo, (aquí os dejo que pongas días o semanas o meses), te hace una encerrona para presentarte a sus padres. Aunque le has preguntado si va a haber alguien en su casa o en casa de ellos, y te ha contestado con una negativa, en el fondo sabes que vas al matadero. Y ¡zas! Te los encuentras de morros y para colmo no te sigue la corriente sino que te presenta como su pareja y te quedas con una cara de póker que no puedes con ella. Saludas de forma exageradamente efusiva y cuando te preguntan qué tal, por pura educación, contestas con demasiados decibelios y casi en ultrasonidos ¡Genial!

Otra situación parecida es cuando estas de paseo con tu nueva pareja, con la que llevas demasiado poco tiempo para que puedas pensar siquiera presentarle a tu familia y al girar en una esquina te los encuentras de morros, sin alternativa alguna a la huida. No puedes darte la vuelta porque ya te han visto, salir corriendo quedaría mal y además dejarías civiles inocentes tirados tras de ti, y meterte en una tienda no funciona porque te van a seguir. Así que te toca enfrentarte al problema como un hombre (chicas esto vale para vosotras también: hay que echarle ovarios) y decides saludarles con esa sonrisa que ellos ya saben a qué se debe. Intentas evitar cualquier alusión a con quien estas, y más aún si sabes que no le va a gustar tu compañía a tus padres, y en cuanto puedes pones los pies en polvorosa. Pero no sin antes haber recurrido al conjuro que hará que esta situación desaparezca de la memoria colectiva: cuando te pregunten lo que sea que pregunten, siempre contesta ¡mejor imposible!

Y la variante a esta situación es cuando ya tienes tu casa y has quedado con esa persona especial que estas conociendo, y de improvisto tus padres deciden hacerte una visita. Obviamente no les vas a negar la entrada a tu casa, porque además cuentas con que la suerte estará de tu lado y que ellos se vayan antes de que llegue la otra persona, o simplemente que haya atascos o tráfico o que sea de esas personas que siempre llegan tarde. Con lo cual discretamente vas mirando el reloj de cuando en cuando, y cuando ya se acerca la hora del encuentro empiezas a manipular frenéticamente el móvil, esperando que te lleguen buenas noticias de algún retraso. Pero nunca es así, por lo que tienes que recurrir a la estrategia del avestruz. Le mandas discretamente un mensaje a tu cita y le dices que a no ser que quiera conocer a tus padres (cosa que no querrá hacer porque si estuvieses en su lugar tú tampoco querrías) que se retrase o que si ya está aparcado (y siempre lo hará al lado del coche de tus padres) que se haga el loco y que no salga del coche bajo ningún concepto. A veces funciona.

No hay forma de anticiparse a estas situaciones, porque a no ser que salgamos a tirar la basura preparados para encontrarnos con alguien que nos haga sentir inferiores, va a pasar. Es una de las leyes cósmicas de Murphy. Siempre que algo pueda ser embarazoso va a suceder. Y el salir airosos de esa situación depende de nuestro poder de improvisación y de reacción ante el peligro. Pero por mucho que intentemos anticipar esas situaciones, siempre hay algo que se nos escapa, por lo que lo mejor es simplemente dejarlo todo fluir, ser uno mismo y pensar que todo sucede por una razón. Porque si nos obsesionamos con esos encuentros lo único que vamos a conseguir es invocarlos y cuando nos pregunten como estas, contestaremos traicionado por nuestro inconsciente “Better never”.

Agosto 2011

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