Hay momentos en la vida en la que parece que todo lo que hacemos nos sale mal. Hagamos lo que hagamos, al final el resultado es negativo, y lo peor de todo es que no sabemos por qué nos sucede eso. La reacción que solemos tener es de rechazo y negatividad. Pero como siempre digo, a veces las cosas suceden por una razón, aunque no sepamos cual es. Pero por alguna razón nos agarramos a lo malo que nos sucede sin querer mirar en perspectiva las señales que nos envían para que cambiemos lo que hacemos o pensamos de forma errónea.
Cuando las cosas que nos suceden son tan negativas que pensamos que formamos parte de una conspiración universal en contra nuestra, ¿Cómo podemos conservar la esperanza? ¿Realmente si pensamos en positivo nos irá todo mejor? ¿Podemos seguir teniendo fe en que encontraremos a alguien que merezca la pena? O ¿es mejor tirar la toalla y pasar de todo y de todos?
A veces las cosas nos salen mal porque nosotros mismos hemos atraído ese mal funcionamiento por nuestras acciones. Hoy en día estamos todos coaccionados por la máxima que dice que “más vale malo conocido que bueno por conocer” de ahí que nos conformemos, a veces, con cosas que no nos engrandecen. Podemos tener un trabajo que nos aburre o para el que no servimos, con lo cual nos agobiamos de sobremanera ya que pensamos que lo haremos mal. Es posible que nuestra pareja no sea la que nos conviene, que nos trate mal, o que simplemente no le amamos. Y estaremos deprimidos sin saber por qué, cuando la solución está antes nuestros ojos. A veces permitimos que todo esto suceda porque somos cobardes y tenemos miedo a quedarnos solos, a que no encontremos el amor o bien a que no consigamos otro trabajo mejor. Perdemos la esperanza y cuando hacemos eso nos volvemos conformistas y pasotas, y al final acabamos mal.
Muchas veces el propio miedo es el que nos coarta la libertad, ya que pensamos que si renunciamos a un puesto de trabajo que sabemos que nos hace infelices, no seremos capaces de encontrar otro mejor (lo cual es fácil ya que estamos jodidos y peor no nos podría ir). Nos da miedo intentar saltar al vacío en vista de mejorar porque solo pensamos en el batacazo que nos vamos a dar, y no en que es posiblemente una oportunidad para mejorar nuestra calidad de vida.
Lo mismo sucede con las parejas. Es cierto que yo siempre digo que hay que hacer intentos y sacrificar, pero no cuando es en sentido único. Yo soy muy conocido por darlo todo y luego quedarme sin nada, porque la otra persona no se lo curra, sino que se acostumbra a que sea yo el que cede y se lo dé todo sin el menor esfuerzo por su parte, y por lo tanto luego lo único que consigo es que me despojen de todo y no recibo lo que deseaba a cambio. Esto es algo que debo aprender a no hacer. Por eso insisto en que, si bien hay que sacrificarse, no en plan mártir. Debemos aprender a valorar lo que tenemos, y si no nos convence somos libres de poder rechazarlo. El miedo a quedarnos solos y a no encontrar a nadie más (sobre todo en invierno que hace tanto frío), es lo que nos hace débiles y nos impide progresar.
Ahí es cuando debemos darnos cuenta de que lo que nos hace desgraciados es algo que hemos traído sobre nosotros mismos, por lo tanto, somos la clave para salir del mal paso. Somos los únicos que podemos cambiar las cosas para que vayan a mejor. Pero no seamos locos y calibremos los peligros. No se trata de saltar al vacío sin red, y sin saber volar, se trata de arriesgarse de forma prudente, pero sabiendo que merece la pena. Y sino de conformarnos con lo que tenemos y callarnos, dejar de anhelar lo ajeno y ser felices con lo que hay.
Algunas personas piensan (yo mismo a veces me lo creo, y es cuando me doy cuenta de que estoy perdido) que la esperanza lo único que aporta es la infelicidad, porque nos hace creer que hay algo mejor, cuando tal vez no exista. Bueno, en parte es cierto, tener esperanzas de algo imposible es perder el tiempo, porque viviremos en una mentira. Pero en esta vida, prácticamente nada es imposible, con lo cual debemos de mantener una pequeña llamita viva, por si acaso. Más que nada porque si lo que tanto deseamos aparece en nuestras vidas, y estamos cerrados a cal y canto a que eso sea cierto, no lo veremos, lo dejaremos pasar y luego viviremos arrepintiéndonos el resto de nuestra vida.
Debemos darnos cuenta de que las cosas malas que nos pueden suceder lo hacen para que aprendamos a ser más fuertes. No podremos valorar lo bueno que nos suceda si no nos han pasado cosas malas. Muchas veces nos somos capaces de darnos cuenta de que aquello negativo que nos sucede es para que aprendamos a sobrevivir, a ser mejores personas, a no contar con la gente que no sirve, o bien a reconocer a aquellos que nos van a hacer daño. Aprendemos a conocernos mejor, cuales son nuestros puntos débiles y cuales los fuertes. Esto es importante porque si nos conocemos mejor, podemos ser mejores amos de nuestras vidas y hacer lo que deseamos conociendo nuestras limitaciones y posibilidades.
En marketing a esto se le llama hacer un análisis DAFO, es decir, determinar las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades que tiene la empresa. S esto lo aplicamos a nosotros mismos seremos capaces de conocernos mejor. Cuales son nuestros puntos flacos, nuestras fortalezas y qué posibilidades tenemos de mejorar. Ahí es donde entra, en parte, la esperanza, porque sabemos hasta qué punto podemos tener fe y qué cosas no podremos tener nunca y no perder el tiempo deseando cosas que sabemos de ante mano que no van a llegar nunca. Aprender a conocernos es muy importante para evitarnos sufrimientos y para saber hasta dónde podemos llegar, lo que nos merecemos y lo que sabemos que no podemos obtener por mucho que queramos.
Yo creo que en esta vida hay tres tipos de personas, que claro, nosotros adoptamos esas tres posturas antes la vida en el transcurso de nuestra existencia.
Unas son las que viven en el pasado, de los recuerdos de lo que eran. Por lo general solo sienten nostalgia, arrepentimiento de lo que pudo ser y no fue y lamentos de no haber cambiado las cosas a su tiempo. No son capaces de avanzar porque no ven el presente ni el futuro, sino solo lo que ya ha sucedido y que sienten no poder haber hecho de otra forma.
Luego están los que viven en el presente, que viven el día a día, sin preocuparse del mañana ni de lo que han hecho. La vida es corta y hay que aprovechar cada segundo porque podría ser el último. Carpe Diem
Y para terminar están los que viven de esperanza, que son aquellos con la mirada al futuro, sin darse la vuelta a observar y aprender de sus errores, ni de lo que está sucediendo en el momento presente. Por lo tanto, no son capaces de apreciar lo que tienen ahora mismo, sino que anhelan lo que no poseen y desean obtener en el futuro. No valoran el día a día, sino que viven en un mundo que no ha legado y que n se sabe si llegará.
Está claro que nadie es de una sola manera, todos pasamos por esas tres fases, pero lo malo es quedarse demasiado tiempo en una de ellas. Todas tienen sus ventajas y sus inconvenientes, de ahí que debamos hacer un equilibrio entre las tres. Porque si bien la esperanza es buena, no lo es cuando la ponemos en cosas que no existen, porque nos impide ser felices hoy en día (ya que si no sabemos si mañana llegará debemos intentar ser lo más felices a día de hoy, y que nos quiten lo bailado), la ausencia de ella es tan perniciosa como su exceso, ya que nos hace ser unas personas incapaces de avanzar y de progresar, no podremos conseguir lo que queríamos, y eso nos hará infelices. Y por último vivir en la despreocupación total, es algo genial, pero las acciones que realizamos en el presente van a condicionar nuestro futuro. Si no somos capaces de ahorrar algo para un posible momento malo, ni prever que no todo el monte de la vida será orégano, cuando lleguen las vacas flacas lo vamos a pasar mal.
Lo malo siempre nos permite valorar mejor lo que tenemos, ya que por desgracia solamente somos conscientes de lo que poseemos cuando lo perdemos, de ahí que tengamos que pasar algunas veces por malos tragos que luego nos permitirán aprovechar más lo que tenemos y, sobre todo, valorarlo más. Aprendemos a desear lo que tenemos y no a desear aquello que no podremos llegar a tener nunca.
El problema que tiene eso de la esperanza es que no llega nunca cuando queremos, sino cuando ha de ser. A veces nos desesperamos porque queremos que las cosas sucedan cuando nosotros lo decimos y no cuando han de hacerlo. Todo llega, pero no cuando nosotros lo queramos sino cuando lo necesitemos de verdad. Por eso es fácil perder la paciencia y la esperanza, porque nos sentimos frustrados de que aquello que anhelamos no aparece. De hecho, la misma palabra lo indica. Esperanza y esperar tienen el mismo origen en latín, de ahí que debamos tenerlo en cuenta, que una parte del acto va a ser el de aguardar a que suceda. La paciencia se convierte entonces en una verdadera virtud.
Octubre 2006
