See You When You’re 40, NOW

Pues al final ha pasado. Qué iba yo a saber cuando escribí aquel capitulo con 27 años que iba a hacerlo también con 40 recién cumplidos. Y sin embargo aquí estoy. Con esa edad de la que hablaba entonces. Y ha sido divertido recuperar esos escritos y ver cómo pensaba en su día, y como pienso ahora. Si bien algunas cosas no han cambiado, otras muchas sí lo han hecho. Y ya lo sabéis.

Dicen que los cambios de década son donde uno entrar en crisis existenciales. Algunas personas mienten sobre su edad, quitándose años, otros decimos la que tenemos con orgullo. Porque hay algo mucho peor que cumplir años, y es el no hacerlo.

En un mundo donde el edadismo está a la orden del día como nunca antes, ¿qué mérito tiene cumplir años? Cuando la mayoría de la gente recurre a estratagemas varios como filtros en las fotos, Photoshop o incluso cirugía estética para no aparentar su edad ¿por qué algunos estamos orgullosos de tener la edad que tenemos? ¿seguiré pensando lo mismo cuando cumpla los 50?

Con 4 décadas a mis espaldas tengo que admitir que sigo sin saber nada de la vida. Y sin embargo a veces me da la impresión de que he vivido un millón de vidas. Y las puedo organizar en distintos periodos.

Mi infancia fue en su gran mayoría lo que viví en África. Aunque he de dividirla en 2 partes. Yo, hijo único, antes del nacimiento de mi hermana, en Colombia. Pero pocos recuerdos tengo de ese entonces. Aunque los suficientes para poder escribir largo y tendido sobre ello. Pero no es el caso. La segunda sería la que va hasta mis 17 años. Y ya la habréis leído, o al menos eso espero.

Luego otro tramo yo diría que es aquel que incluye mi último año en el liceo francés y mi carrera universitaria. Más que nada porque esa fue mi segunda adolescencia. Más o menos hasta que encontré trabajo y entré en el mundo de los adultos. Que es cuando empecé a escribir. Parece que fue hace un millón de años.

Mi vida laboral ha sido y sigue siendo un caos. Hasta hoy he pasado por tantos puestos de trabajo que pensaba que iban a ser el definitivo que cuando escribo mi curriculum tengo que resumirlo todo , de lo contrario no me cabe en una página.

Pensaba que mi puesto de trabajo definiría quien soy, y a veces sigo pensándolo. Quien soy es lo que hago. He sido administrativo, monitor de pilates, autónomo, auxiliar en el aeropuerto, agente de pasaje, escritor, etc. pero no puedo dejar que un trabajo me defina, porque no sería ser justo conmigo mismo.

Durante ese periodo he pasado mi primera crisis de edad. Con 29, edad que no me gustaba porque estas en tierra de nadie. Generalmente es el año del cambio de década. Pues nada, me hice un piercing en la oreja. El primer pendiente fue con 20 años. Mi primer tatuaje con 26, como regalo de una persona con la que estaba saliendo. Para que nunca me olvidase de él. Bueno, lo llevo en la escápula, así que no lo suelo ver a menudo. Por eso me hice otro pasados los 30, en el brazo, para recordar. Pero una vez más olvidé. Y por eso volví a caer una vez más en relaciones tóxicas. De las que casi no salgo.

Con 31 años pensé que era buena idea irme a vivir fuera. Me fui a Francia. Donde estuve 5 años. Otra vida. Allí puedo decir que mi yo era siempre o casi siempre el mismo. Autónomo monitor de pilates. Y cuando me preguntaban quien era, eso les contestaba. Pensaba que era algo que realmente me definía. Y que siempre sería así. A pesar de las mudanzas, de no tener un hogar de verdad, de vivir de alquiler, y de sentirme constantemente un extranjero. Dicen que la vida da muchas vueltas. Vivimos en un planeta que gira sobre su eje y alrededor del sol, y a su vez el conjunto está en constante movimiento. Pues sí. Las cosas cambian. La gente va y viene, los trabajos, las parejas. A veces nos vemos abocados a tener que dejar atrás esa vida que hemos creado. Es una especie de muerte. O si fuese una serie de televisión, el final de la serie. Los actores van a otro programa, o a un spin off. Pues así ha sido. Después de una terapia que me abrió los ojos sobre mí mismo, de haber estado en la peor relación que haya podido imaginar, me volví a España.

Una nueva vida con 36 años. De nuevo en mi hogar. Conocí a una persona que a día de hoy sigue siendo lo más parecido a un alma gemela que pueda imaginar. Aunque no siempre la cosa funciona como uno quiere. La muerte se hizo una realidad. Perdí una parte de mi que nunca podré recuperar. Pero sobre todo, a la persona que pensaba que siempre estaría conmigo. Nunca me hubiese imaginado que podría sobrevivir. Pero lo hice. Aun así, la lección no había terminado. Desde entonces, soy consciente de que la vida es hoy y ahora. El pasado esta muy bien para recordarlo, pero es solamente eso. El futuro no existe. Hoy estamos aquí, mañana no se sabe.

No quiero hablar de la muerte, pero es algo que los que hemos llegado a 2021 tenemos más presente que nunca. La defunción de mi abuela marcó un antes y un después. Con ella enterré aquel ser al que le gustaba que le hicieran daño. Pensaba que entonces sería feliz. Y entonces llegó la muerte de mi hermana. Una tragedia, como las de las series o las películas, pero sin explicación alguna. Aun me duele, aun siento esa parte de mí, como un miembro fantasma. Aunque me he acostumbrado a sentir ese vacío. Nunca le dije adiós. Nunca nos despedíamos.

De mis animales, más de lo mismo. Phoebe estuvo conmigo casi 16 años. Ella vivió conmigo, a mi lado, gran parte de lo que aquí está relatado. Y tuve que tomar esa decisión que todos tememos, cuando ya no hay nada más que hacer. Estuve con ella hasta el final. Le debía esa despedida, tuvo la mejor vida que un perro pueda pedir. Y la habría acompañado más lejos si hubiese podido. Porque peor que perder a mi gata, una mañana, a las 4 am, de un infarto, no hubiese podido ser. Kylie murió en mis brazos, como ella quería. Era una gata que me adoraba, y se fue, dejó de respirar en mis brazos. Tuve que meterla en una bolsa en el congelador e irme a trabajar. Poner cara de póker todo el día, evitar las miradas de mis compañeros, las lágrimas, ser fuerte. Después del turno, la llevamos al veterinario. Ahí se quedó. No quise recuperar sus cenizas, ni las de Phoebe. Al fin y al cabo, su cuerpo era solo un envoltorio, sus almas eran libres. Pero sobre todo, pude despedirme de ellas.

El día después de mi cuadragésimo cumpleaños recibo un mensaje de que un conocido mío había fallecido. Ataque al corazón. Después de haber sobrevivido a la pandemia, de haber pasado la Covid y las dos vacunas. Lo peor de todos es que el fin de semana anterior habíamos quedado en vernos, pero me dio plantón. No puedo decir que fuese alguien importante en mi vida, pero me recordó que hoy estanos aquí, pero mañana no lo sabemos. Otra persona de la que no me pude despedir.

La pandemia nos ha quitado una parte de nuestra vida, nos ha alejado de nuestros seres queridos, algunos de ellos para siempre, no nos ha dejado despedirlos. Ha llegado a nuestras vidas como cualquier tragedia. Y nos ha demostrado lo sencillo que es que todo se vaya al traste.

Por cierto, un mes antes de mi cumpleaños, pasé la dichosa enfermedad. Como una gripe. Dolor de cabeza, malestar general, y algunas decimas de fiebre. Todo duró 4 días. Ahora la veo desde el otro lado, detrás de donde rompen las olas. He sobrevivido.

Otro cambio de década fue llegar a los 40. Aunque para mí, fue más bien al cumplir los 39. No pude celebrarlo. Estábamos todos confinados en casa. Los 38 los cumplí en el aeropuerto, trabajando. Nunca antes tantísima gente me había felicitado por mi cumpleaños. Aparte de todos los compañeros, un vuelo entero que fui a embarcar me deseó felicidades. Fue muy gracioso. Pero al llegar a los 39 empecé a mentir sobre la edad, ya que estaba más cerca de los 40 que nunca, y sinceramente la treintena ya estaba más bien atrás. Sin embargo, tuve mi pequeño derecho de paso, que fue hacerme otro piercing,  esta vez en el pezón. La crisis de los cuarenta, o como lo queráis llamar. Aunque dolió, me alegro de haberlo hecho.

Hay gente a la que no le gusta, otros todo lo contrario. A mi me encanta. Porque al final del día eso es lo que cuenta. Siendo más joven, me preocupaba mi apariencia, por lo que los demás pudiesen decir. Quería gustar, quería ser el cisne de la fábula. Hice todo lo que pude para ser atractivo. Pero, allá sobre los 30, me di cuenta de que eso es imposible. No puedes gustarles a todos. Nunca es suficiente, es la historia interminable. Siempre habrá alguien que busque otra cosa, o que no le gustan con pelo largo, o con vello, o que los quieren mayores, o más jóvenes, o depilados, o sin barba, o con más dotación, o con menor tamaño. Más altos o más bajos, más gordos o más delgados. Con pluma, sin pluma… y podría seguir eternamente.

Un día en una sauna, me entró uno, nada más llegar yo, diciéndome que era una lástima lo del pelo largo, porque era atractivo, que la barba me quedaba bien, pero claro había partes de mi cuerpo que merecería la pena afeitar, lo mismo que bueno, tenía buen cuerpo, pero que debería ir al gimnasio a entrenar porque una cara bonita no dura eternamente, pero que había potencial que podría poner en valor haciendo más deporte. Le dije que gracias, pero que nadie le había pedido su opinión, ni consejos de estética. Y al irme me dijo que por qué no pasábamos a un sitio más tranquilo. Le dije que porque obviamente buscaba alguien que no era yo, y que seguramente tendría más suerte con alguien más adecuado a sus gustos si dejaba de perder el tiempo conmigo. Sigo pensando lo mismo. Hoy más que nunca. Estoy orgulloso de poder decir que tengo 40 años. De mis canas, e incluso de algunas de mis arrugas. Hasta diría que de haber tenido que comprarme ropa nueva, porque la que usaba con 30 años ya no me entra ni con calzador. Es lo que hay. Ese estrés por gustar, por cuidarme en exceso, por ser lo que los demás esperan de mí o buscan en mí, no tiene espacio en mi vida. Yo soy como soy. Y sigo sin saber quien soy. Sólo sé que estoy aquí. Que he sobrevivido 40 años, a lo escrito anteriormente, y más cosas que no he contado aún.

(Abril 2021)

3 comentarios sobre “See You When You’re 40, NOW

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